
Las remesas constituyen una fuente de ingresos fundamental para la economía mexicana. El crecimiento que se había venido observando en las mismas y que se aceleró después de la pandemia, comenzó a tambalearse en 2024 y en mayo de 2025 inició un período de ocho meses de contracción sostenida. Este comportamiento muestra la fragilidad de estos flujos ante el deterioro de las condiciones laborales de los mexicanos en EEUU, de donde provienen la mayor parte de los mismos. En 2026 se observa una recuperación moderada que seguramente ha dado un respiro a los hogares que dependen de este ingreso para su bienestar.
Ante la situación incierta sobre el futuro del flujo de remesas, es importante cuestionarnos sobre como la disminución de recursos fundamentales para el bienestar puede afectar a las familias y en general al entorno económico.
El efecto de las remesas en las economías ha sido un tema debatido. Sin duda, en el corto plazo, las remesas alivian la situación familiar y permiten a los hogares con carencias sufragar sus gastos más apremiantes. Para el caso de México se ha encontrado evidencia (Esquivel, Taylor y Ramirez) de que las remesas reducen significativamente la pobreza y que el efecto es mayor en comunidades con una larga tradición migratoria. Inicialmente la recepción de remesas en una comunidad puede aumentar la desigualdad porque los primeros en emigrar suelen ser los menos pobres, con el tiempo el acceso a la migración se amplía y se da una mejor distribución de los ingresos (Mishra).

De hecho, hay evidencia de que las remesas no sólo benefician a los hogares que las reciben directamente, sino que también generan efectos multiplicadores en las economías locales al aumentar la demanda de bienes y servicios. Esto puede traducirse en mejores oportunidades laborales para un conjunto más amplio de trabajadores. En un estudio de 2009, realizado a nivel estatal, Orrenius (et.al) encuentran que las remesas aumentan el empleo formal y reducen las tasas de desempleo y la proporción de trabajadores que reciben una remuneración igual o menor al salario mínimo. De esta manera, la distribución salarial se desplaza hacia niveles más altos. Esta evidencia sugiere que la remesas pueden funcionar como un mecanismo de desarrollo regional y no únicamente como una transferencia privada destinada al consumo familiar. De hecho este tipo de hallazgos podrían explicar que los municipios que presentan altas tasas de emigración tengan una mayor probabilidad de reducir sus niveles de marginación en comparación con municipios que no son altamente expulsores (Escobar).
En la literatura también se encuentra evidencia de que las remesas, al ayudar a aliviar las restricciones crediticias, elevan el gasto de las familias en educación (García). Aunque, por otro lado, el impacto de las remesas en el logro educativo no siempre es positivo debido a que la aspiración de migrar puede hacer que los jóvenes no perciban a la participación escolar en el sistema educativo mexicano como una inversión que le de movilidad social (Meza).
De la misma manera, la literatura ha apuntado que las remesas promueven la inclusión financiera básica, asociada al propio proceso de recepción de dinero. Los hogares que las reciben utilizan en mayor medida las sucursales bancarias y tienen más cuentas de ahorro para administrar estos recursos. Sin embargo, no se observa una integración más profunda al sistema financiero que podría incluir otros productos de crédito o de inversión (Li).
La evidencia muestra también que las remesas desempeñan un papel importante en la creación y expansión de pequeños negocios. Un trabajo de Woodruff estimó que cerca de una quinta parte de la inversión en microempresas urbanas mexicanas se financiaba con recursos enviados por migrantes. En los diez estados con mayor emigración hacia EEUU, la proporción asciende a casi un tercio del capital invertido, revelando una estrecha relación entre migración e inversión productiva.
En cuanto a los efectos negativos que las remesas podrían tener sobre el desarrollo, algunos autores han expresado preocupación por el posible efecto de las remesas sobre la oferta laboral. Desde una perspectiva económica, si los ingresos provenientes del exterior permiten que algunos miembros del hogar reduzcan sus horas de trabajo o abandonen el mercado laboral, la disponibilidad de mano de obra disminuye. En la medida en que el trabajo constituye uno de los principales factores de producción, una menor participación laboral puede traducirse en una menor capacidad para generar bienes y servicios, limitando el crecimiento económico. Además, cuando la reducción de la oferta laboral ocurre entre personas en edad productiva, las empresas pueden enfrentar mayores dificultades para contratar trabajadores, lo que puede afectar la productividad y la expansión de ciertas actividades económicas.
Para el caso de México, el trabajo de Cox-Edwards encuentra poca evidencia de que las remesas permanentes reduzcan significativamente la participación laboral. Este hallazgo podría sugerir que los recursos enviados por los migrantes sustituyen el ingreso que habría generado el familiar ausente más que desincentivar el trabajo de quienes permanecen en el hogar. Aun cuando las remesas redujeran la oferta laboral, este efecto podría verse compensado si los recursos recibidos se utilizan para financiar educación, salud o inversiones productivas. En este caso, una menor oferta oferta de trabajo en la actualidad podría llevar a una fuerza laboral más productiva y a mayores niveles de crecimiento en el futuro.
La evidencia disponible para México muestra que las remesas, además de aliviar las necesidades inmediatas de las familias, han contribuido a reducir la pobreza, mejorar las condiciones de vida, modificar las aspiraciones educativas, impulsar pequeños negocios y dinamizar las economías locales. Aunque algunas de estos efectos podrían colocar a las remesas como factores de desarrollo, no sustituyen la necesidad de generar empleos productivos, fortalecer las instituciones o ampliar las oportunidades económicas dentro del país.
A pesar de que las políticas anti-migrantes puestas en marcha por el segundo gobierno de Donald Trump han provocado que el flujo migratorio de México a EEUU se encuentre detenido, es muy probable que se reactive cuando haya un cambio de presidente en EEUU. El contexto actual de México en donde las perspectivas de crecimiento económico continúan siendo inciertas, propiciará la permanencia de las enormes diferencias salariales entre ambos países y, ante un panorama migratorio menos restrictivo, las estrechas redes migratorias provocaría que los flujos migratorios vuelvan a aparecer.
Sin embargo, no debemos de perder de vista que México se encuentra ya en un proceso acelerado de envejecimiento poblacional y que las cohortes de jóvenes que tradicionalmente alimentaban los flujos migratorios son cada vez menos numerosas. Esto sugiere que, aun cuando los incentivos económicos para emigrar permanezcan vigentes, la capacidad de México para seguir enviando grandes contingentes de trabajadores podría verse limitada por factores demográficos. Irónicamente, el envejecimiento poblacional también ha ido avanzando en EEUU, subrayando la necesidad de trabajadores que realicen las tareas que ya venían realizando los mexicanos en EEUU en la agricultura, la construcción y los servicios y con una mayor necesidad de trabajadores en el sector salud y de cuidados.
Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad
Iberoamericana Ciudad de México.
Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
La autora es profesora-investigadora del Departamento de Economía.