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En México, 95 por ciento de las personas que atienden a adultos mayores son familiares. Mientras la población envejece, trabajadores y jóvenes enfrentan jornadas que modifican sus empleos, carreras, ingresos y vida personal

Cuidar a los mayores: La responsabilidad que recae en las familias

Cuidadores familiares

A las seis de la mañana comenzaba el día de Cristian Brugos. Primero cambiaba el pañal de su mamá, ayudaba a su tía a ir al baño y les administraba sus medicamentos. Después preparaba el desayuno, hacía el aseo, realizaba mandados y volvía a encargarse de su alimentación y atención. Su jornada terminaba alrededor de la medianoche, aunque dos o tres veces durante la madrugada tenía que levantarse para atenderlas.

Durante cinco años, Cristian dejó en pausa su trayectoria profesional para hacerse cargo de su mamá y su tía. Hoy trabaja como operario general en Arca Continental, un puesto que no está relacionado con la licenciatura en Mercadotecnia que estudió.

Su historia es una de las muchas que ocurren dentro de las familias mexicanas ante el envejecimiento de la población. En México, alrededor de 58.5 millones de personas requieren cuidados, equivalentes a 46 por ciento de la población, de acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). De ese universo, 17 millones son personas adultas mayores.

La responsabilidad recae principalmente en las familias. Datos e investigaciones citados por especialistas de TENA México estiman que 95 por ciento de quienes realizan labores de asistencia son familiares, quienes llevan a cabo actividades que van desde administrar medicamentos y dar seguimiento médico hasta apoyar en el aseo y la movilidad.

Para Cristian, la decisión de convertirse en cuidador empezó cuando vivía en otro estado y, durante una llamada con su madre, se enteró de que no había acudido a una cita médica.

“Lo primero es ver en qué estado estaba y organizarme para llevarla a atención médica”, recordó.

Su mamá tenía entonces 60 años y su tía 57. La primera requería cuidados importantes y posteriormente Cristian se hizo cargo también de su tía, quien no contaba con otro familiar que pudiera atenderla.

La atención terminó absorbiendo prácticamente todo su día. Cambiar pañales, ayudar a ir al baño, preparar alimentos, dar medicamentos, bañar a ambas y efectuar terapias físicas se volvieron de una rutina que comenzaba a las 6:00 horas.

“Iba con el tiempo contado, máximo dos horas; lo que pudiera hacer en ese tiempo se hacía”, relató Cristian.

Durante ese periodo no había descansos reales. Una de las escenas que recuerda ocurrió mientras intentaba bañarse. Escuchó gritar a su tía y pensó: “No puedo ni bañarme, no puedo tener 10 minutos ni para asearme”.

El agotamiento terminó por llevarlo al límite. Durante el último año buscó una enfermera y consiguió seis horas semanales para sí mismo. El apoyo duró tres meses y fue financiado entre los recursos de su tía, la ayuda económica de su padre y ahorros propios.

“Estaba completamente roto, mi cabeza ya no podía, hacía todo en automático”, contó.

El trabajo que se queda en casa

El caso de Cristian evidencia una de las consecuencias que puede tener asumir una atención de tiempo completo: la interrupción de la trayectoria laboral.

Después de cinco años fuera del mercado laboral, comenzó a buscar empleo. Tuvo tres entrevistas y encontró dificultades para explicar ese periodo.

Pese a que durante esos años aprendió idiomas y diferentes programas informáticos, se dio cuenta de que esas actividades no necesariamente eran reconocidas como experiencia por los reclutadores.

En una de sus últimas entrevistas decidió ocultar su preparación profesional y reducir el nivel de estudios que presentaba para conseguir un empleo.

Finalmente, obtuvo trabajo como operario general.

“Perdí experiencia. Con sinceridad, solamente puedo rescatar mi conocimiento teórico porque práctico en esa área no creo poder recuperar nada”, comentó Burgos.

No obstante, no considera que los cinco años hayan sido un sacrificio.

“Fue una inversión de mi tiempo de una manera diferente”, afirmó.

Su caso se asemeja con el de Daniela Vázquez, de 26 años, quien actualmente atiende a su abuela mientras intenta ejercer una carrera en Psicología Organizacional y Recursos Humanos.

Daniela trabajaba como capturista de datos en un puesto temporal relacionado con su formación cuando su tío le propuso pagarle por encargarse de su abuela. La decisión se transformó en una jornada de aproximadamente 10 horas diarias.

Su abuela vive con diabetes, diverticulosis y Alzheimer, y requiere asistencia para levantarse, ir al baño, bañarse, vestirse, comer, acostarse y tomar sus medicamentos.

Daniela también se debe encargar de acompañarla a sus consultas médicas. Puede tener entre una y cuatro citas al mes y cada una implica alrededor de tres horas entre traslados y permanencia.

A pesar de que recibe nueve mil pesos mensuales por llevar a cabo estas labores, consideró que contratar a una persona externa costaría alrededor de 20 mil pesos.

Cuidadores

La situación ha limitado sus posibilidades de conseguir empleo

Vázquez se ha postulado alrededor de 10 vacantes de empleo y algunos empleadores le han preguntado por el tiempo que lleva sin trabajar.

Inclusive un empleo de home office no resolvería completamente su situación, explicó, porque mientras trabaja continúa siendo la persona disponible para acompañar a su abuela y atender sus necesidades.

“Muchas veces no es que uno quiera dejar de trabajar, simplemente no hay quien cuide a la persona y creen que uno lo hace por flojo o querer aprovecharse de la gente”, manifestó Daniela.

Trabajar y atender al mismo tiempo

Para quienes cuentan con un empleo, la atención de un familiar tampoco desaparece cuando finaliza la jornada laboral.

Melissa Cisneros trabaja a medio día, pero su rutina inicia desde las 8:00 horas. Antes de prepararse para salir, despierta a su abuelo, cuya movilidad es restringida; lo ayuda a sentarse, limpia su bacinica, prepara su desayuno y administra sus medicamentos.

Después debe alistarse para el trabajo y estar al pendiente por si necesita algo antes de salir.

En total, Cisneros calcula que de lunes a viernes dedica entre 8 a 10 horas a estas actividades cuando está en casa. Los sábados son alrededor de 10 horas y los domingos la responsabilidad se extiende durante todo el día y parte de la madrugada.

Su madre la releva por las tardes entre semana y ambas comparten las tareas con su hermana.

El resto de la familia no participa de la misma manera. Algunos de los familiares viven en Estados Unidos y, según Melissa, asumieron que la atención correspondía a quienes estaban disponibles.

“Nunca se decidió, esos familiares asumieron que ‘así debe de ser’”, aseveró.

La consecuencia ha sido dejar de un lado su vida personal. Dejó de acudir al psiquiatra, salir con amistades y realizar actividades que antes formaban parte de su rutina.

Incluso el trayecto entre el trabajo y la parada de autobús se convirtió en el único momento que tiene para hacer ejercicio.

Los permisos no son suficientes

Misael Macías vivió otra cara del mismo problema: la imposibilidad de conservar un empleo mientras atendía las necesidades de su abuela.

Entre consultas médicas, asistencia y permisos, terminó renunciando a su trabajo de mesero.

Macías llegó a la conclusión de que “no existe ningún trabajo que te permita compaginar cuidados y tus necesidades familiares”.

Los testimonios verbalizan así una tensión que va más allá del ámbito doméstico. Para algunas personas, acompañar a un familiar significa abandonar temporalmente el mercado laboral; para otras, aceptar empleos alejados de su preparación, reducir sus posibilidades de crecimiento o intentar acomodar una jornada laboral alrededor de las necesidades de alguien más.

El propio Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) advirtió que la acumulación de responsabilidades, los traslados y la atención continua pueden generar cansancio, aislamiento, frustración, desempleo y desgaste; de tal modo que, modifican los hábitos de vida y reducen el tiempo destinado al bienestar propio.

La población seguirá envejeciendo

El desafío puede hacerse todavía mayor durante las próximas décadas.

De acuerdo con proyecciones del Consejo Nacional de Población (Conapo) citadas por el IMCO, las personas adultas mayores pasarán de representar 9 por ciento de la población mexicana en 2025 a 18 por ciento en 2050. A más largo plazo, el INAPAM proyectó que para 2070 representarán 34.2 por ciento de la población.

En 2024, 27 entidades federativas se encontraban en una etapa moderada-avanzada de envejecimiento demográfico, mientras que Estado de México, Ciudad de México, Veracruz y Morelos ya se ubicaban en una etapa avanzada. De mantenerse las tendencias actuales, el Estado de México y la Ciudad de México superarían 21 por ciento de población adulta mayor para 2030, con lo que alcanzarían una etapa muy avanzada del proceso de envejecimiento demográfico.

Al mismo tiempo, la proporción de niñas y niños disminuirá, lo que implica que habrá menos población disponible para proporcionar asistencia mientras incrementará la demanda.

Actualmente, el IMCO indicó que existe un establecimiento de cuidados por cada 8 mil personas de 65 años y más, al igual que una oferta desigual entre las entidades del país.

La dimensión del reto, por tanto, no está solamente en cuántas personas llegarán a la vejez, sino en quién podrá acompañarlas cuando necesiten ayuda para comer, bañarse, trasladarse, tomar medicamentos o acudir al médico.

Personas de la tercera edad Cuartoscuro (Alaín Hernández)

Cuidar también puede ser una forma de agradecer

Pilar Alonso conoce esa responsabilidad desde hace años. Ha vivido con sus padres y durante la última década se ha encargado de su mamá, quien actualmente necesita ayuda debido a sus dificultades para ver.

Su día comienza temprano. Antes de llegar al trabajo debe conseguir alimentos, limpiar la casa y dejar resueltas las necesidades de su madre. Cuando hay una cita médica, solicita permiso con anticipación a su jefa, quien conoce su situación y le permite acompañarla.

No tiene quién la releve.

Esta labor también modificó su vida, ya que dejó de salir a pasear y hacer ejercicio y ahora vive con más responsabilidades que antes.

Pilar reconoció que hay días en que se siente cansada, pero piensa en lo que sus padres hicieron por ella.

“Ellos me cuidaron de pequeña y ahora me toca a mí”, dijo.

A pesar del desgaste, aseguró sentirse satisfecha, contenta y en paz por acompañar a su madre.

También recordó el periodo en que se ocupó a su padre, quien padecía cirrosis. Pensó que después de ser hospitalizado podría recuperarse, pero su enfermedad se complicó y la familia tuvo que enfrentar un desenlace que anticipaban como doloroso.

El recuerdo permanece junto al de su madre y comentó, en parte, por qué continúa a su lado.

Mientras México avanza hacia una sociedad cada vez más envejecida, historias como las de Cristian, Daniela, Melissa, Misael y Pilar muestran que la atención de las personas adultas mayores no transcurre en un espacio separado de la vida cotidiana. Sucede antes de ir al trabajo, después de regresar a casa, durante los fines de semana y, en algunos casos, a costa de una carrera profesional entera.

El envejecimiento poblacional plantea una interrogante que será cada vez más difícil de aplazar: Si la necesidad de cuidados seguirá creciendo, ¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse sobre los hombros de las familias?

La Crónica de Hoy 2026

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