
1. A pesar del reconocimiento del papel que juega la biodiversidad en la vida humana y social, su gestión sigue siendo un complejo proceso sociopolítico. Las personas vivimos dentro y formamos parte de tejidos socio-naturales configurados a partir de los vínculos entre las especies, los ecosistemas, las personas y los grupos sociales, que se combinan de formas muy particulares en cada región de México y del mundo. Contando su propia historia, estos tejidos socio-naturales reflejan valores, prácticas y acuerdos que se han ido construyendo desde el nivel local hasta el global. Por ejemplo, sabemos que en el Bosque de Agua están presentes comunidades agrarias, bosques, milpas, y asentamientos humanos, que experimentan una gran presión hídrica debido al envío de agua para el suministro de la Ciudad de México. La presión se deja sentir en el nivel local y regional, al reducirse el agua disponible en diversas partes -incluso lejanas- de la cuenca. Este fenómeno es recurrente en diversas ciudades a nivel global, generando impactos diferenciados entre los grupos sociales y entre los organismos vivos no-humanos y sus hábitats. Dado que se compromete el agua requerida por los procesos naturales (es decir, los ríos requieren un volumen de agua para poder “funcionar” como tales), se van reduciendo las posibilidades de sostener el territorio, ya que las consecuencias se presentan no sólo en los ecosistemas, sino también en los medios de vida y en la salud de las personas. Claramente, no se trata de escoger entre conservación y buen vivir (citando a los movimientos sociales de América Latina, ver algunas referencias en E. Gudynas), sino de reconocer su interdependencia. En este ejemplo cabría preguntarnos, ¿qué valores están en conflicto en el gobierno del agua? ¿Qué lugar ocupa el cuidado de la biodiversidad en los acuerdos y las prácticas que rigen este territorio? ¿Cómo es que las políticas territoriales pueden orientarse al cuidado de estos vínculos?
2. El cuidado de la biodiversidad requiere una fuerte articulación de los niveles local y global, de la creación de acuerdos sobre lenguajes compartidos, y hacer espacio para sistemas de conocimiento distintos a (y que no requieren ser validados por) la ciencia.En 2025 el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó datos sobre el estado de la biodiversidad planetaria (https://wedocs.unep.org/), reconociendo que la degradación de los ecosistemas y la consecuente pérdida de biodiversidad, impactan la vida de las personas (en sus propios ámbitos territoriales), y debilita la capacidad de los sumideros de carbono amplificando el impacto en el clima (a nivel global). Así es que, aunque el desarrollo e implementación de políticas esté en la cancha nacional y subnacional, dado que los impactos se presentan, retroalimentan y amplifican a nivel global, cada vez es más importante trabajar en ambas escalas. Este informe señala la gobernanza inclusiva, la participación social y la integración de distintos sistemas de conocimiento como aspectos clave para las soluciones. Los pueblos indígenas y comunidades locales (PICL) son dueños y gestores de aproximadamente el 25% de la superficie del planeta (S. Garnett y cols. 2018, Nature Sustainability), con tasas de degradación de la tierra que avanzan a un ritmo menor que en el resto de la superficie (ver informe IPBES 2019, Informe Global). Por supuesto, la participación de los PICL requiere dar lugar a los conocimientos indígenas y locales sobre la naturaleza, los procesos productivos en sus territorios y de sus formas de gobernanza, lo cual alimentaría nuevos imaginarios colectivos que tienen otro senti-pensar la vida social y política (Informe sobre Cambio Transformador, IPBES 2025), y el reconocimiento de epistemologías distintas.
3. La Conferencia de las Partes 17 que se realiza este octubre de 2026 en Armenia, trabaja en la articulación delas decisiones nacionales y globales, enlas formas de medir el avance de las metas de conservación y buen vivir (palabra preferida de la autora), y en las formas de inclusión que no son siempre compartidas por las visiones reunidas en la Conferencia. Sin embargo, hay poco reconocimiento de los territorios vivos como la mejor forma de medir los avances globales, metas y programas que, desde hace décadas, se proponen para lograr una distribución más equitativa del poder sobre los territorios. Las metas del Marco Kunming-Montreal sobre Biodiversidad que están siendo revisadas, muestran avance en temas de cambio climático; uso y comercio de especies silvestres; y datos, información y conocimiento. Sigue presente la idea subyacente de la ciencia como el tipo de conocimiento que debe ser considerado para informar las decisiones, surgiendo entonces quizá, otra forma de injusticia epistémica. Los datos, conocimientos y fuentes de información que son escrutados con cuidado para asegurar la objetividad y neutralidad, requieren ser cobijados con una postura ética que vuelva a recordarnos lo importante de reconocer que las consecuencias de la crisis socioecológica que vivimos son experimentadas de formas distintas por los diferentes grupos sociales. Mientras algunos países defienden las minas de minerales para seguir produciendo fertilizantes y otros defienden las grandes producciones de cultivos genéticamente modificados, los grupos de IPLC siguen alzando la voz, buscando un lugar más digno desde el cual negociar. En esta COP17 está planteado un órgano subsidiario del Convenio de la Diversidad Biológica dedicado a la atención de la agenda de estos pueblos y comunidades.
La vida del territorio se sostiene a partir de la gestión de los tejidos socio-naturales por lo que hablar de biodiversidad es hablar de lo local, ya que todxs somos “locales”; así como también hablar de la historia, las lenguas, la participación en el poder global y en las decisiones sobre el destino territorial. Los territorios y sus modos de crear y recrear la vida, podrían permitirnos construir una forma de seguir el pulso a la naturaleza que sea coherente con los valores que pronunciamos como nuestros.
Los análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana se presentan a nuestros lectores cada 15 días en un espacio coordinado por el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.
Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
La autora es profesora-investigadora del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (Centrus).