
Hillary Clinton y Donald Trump tienen algo en común: ambos se sienten con derecho de regañar a los mexicanos. La aspirante demócrata y el especulador republicano ganaron la elección primaria en Nueva York, con lo que están más cerca de obtener la nominación presidencial de sus respectivos partidos. Todavía no la tienen amarrada, es cierto, pues Berni Sanders y Ted Cruz no han tirado la toalla, pero ya casi.
Clinton se atrevió a regañar a México por dos casos sonados: el video en el que fuerzas federales mexicanas torturan a una presunta delincuente y por el asunto de Ayotzinapa. No hay manera de salir en defensa de los responsables, pero extraña la crítica viniendo de una política norteamericana. El gobierno de ese país hizo de la tortura una rutina escalofriante en la cárcel de la base militar de Guantánamo. El desdén del Tío Sam con respecto a la tortura no tiene parangón.
En Guantánamo también se simuló la asfixia con bolsas de plástico. Se aterrorizó a los detenidos con ataques de perros rabiosos. Se aplicaron choques eléctricos. Se amontonaba a los presos y los guardias orinaban sobre ellos. No les permitían dormir, pues ponían en sus celdas música de heavy metal a todo volumen. Eso fue lo que vimos, vaya usted a saber qué más cosas indecibles hacían. Hillary ejemplifica mejor que nadie aquello de ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Hay un agravante, los torturadores de Guantánamo tenían la simpatía de sus jefes en el Pentágono y en Washington. La tortura era un método rutinario de trabajo.
La abogada Clinton fue primera dama de Arkansas y estuvo dos periodos en la Casa Blanca. Fue secretaria de Estado y senadora. Tiene muchas posibilidades de regresar a la Casa Blanca, pero ahora para ocupar la silla principal en el Despacho Oval. Cuando era secretaria de Estado tuvo un serio desencuentro con el entonces presidente mexicano Felipe Calderón por los cables escritos por el embajador Carlos Pascual y que fueron revelados por WikiLeaks. Calderón pidió la cabeza de Pascual y se generó un enfriamiento notable en las relaciones de México con Estados Unidos, con Obama como presidente. La verdad, aunque les duela a sus fans, para Obama México es irrelevante. En los tiempos de Clinton en la Secretaría de Estado el desinterés hacia nuestro país fue evidente.
Una porra para Hillary.—Claro que comparada con Trump, Hillary es la mejor estadista de los tiempos modernos. El especulador republicano no tiene carrera política. Ese es precisamente parte de su encanto entre un amplio sector del electorado gringo que está harto del establishment, una de cuyas más conspicuas representantes es precisamente la señora Clinton, a la que le ha dado por aparecer como tía regañona de los mexicanos. A pesar de eso, es la candidata preferida del gobierno de Peña que, por cierto, ya se metió de manera abierta a la campaña norteamericana para combatir a Trump, con lo que en los hechos se ha puesto la camiseta de Hillary.
El nuevo gobernador mexicano en Washington, Carlos Sada, va con la encomienda de parar en seco las agresiones de Trump a los mexicanos que radican allá y también a los viven aquí. El discurso antimexicano le ha dado a Donald espléndidos resultados. Es de esperar que de aquí a las elecciones de noviembre lo haga todavía más virulento, lo que supone un peligro imposible de soslayar. Parar a Trump incluye echarle porras, con matracas y confeti, a la tía Hillary.
@soycamachojuan
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