
Lee Miller, que había pasado dos semanas sin bañarse, recorriendo y fotografiando los paisajes macabros de los campos de concentración... descubre que el baño de Hitler conserva el suministro del agua, por lo que decide quitarse la ropa y darse una ducha.
Este fin de semana concluye una de la principales exposiciones que se organizaron en México con motivo de la celebración del Año Dual del Reino Unido y México. Se trata de la exposición de la fotógrafa británica de origen estadunidense Lee Miller, que desde el pasado mes de septiembre y hasta mañana domingo se presenta en el Museo de Arte Moderno (MAM).
Al cierre de la exposición habrá sido vista por más de 125 mil visitantes. El pasado mes de octubre la agencia Bloomberg la mencionó como una de las 10 exposiciones más relevantes a nivel mundial durante 2015, y realmente vale la pena visitarla en este que será su último fin de semana, antes de regresar al Reino Unido.
Lee Miller. Fotógrafa surrealista es la primera exposición en retrospectiva del trabajo de esta fotógrafa en México y reúne obra producida a lo largo de seis décadas siendo una de las figuras femeninas más importantes que han sido asociadas a la fotografía surrealista del siglo XX. Su vida misma es un recorrido por el siglo XX y su dramática historia.
Lee Miller nació en 1907, originaria de New York; desde muy joven su temperamento insumiso y curioso provocó que sus padres la enviarán por una temporada a París cuando tenía apenas 17 años. Regresó al año siguiente a Estados Unidos para iniciar una carrera como modelo, y llegó a ser uno de los rostros más famosos en la década de los veintes.
A la edad de 27 se mudó de nuevo a París y conoció entonces al gran fotógrafo surrealista Man Ray, entonces de 43 años de edad, con quien estableció un romance tórrido e intenso, además de una relación profesional muy estrecha por la cual ella misma se convertiría en una fotógrafa profesional.
Tras su ruptura regresó a Estados Unidos por segunda ocasión, y fundó por un periodo corto un estudio de fotografía además de mantener su carrera como una modelo de gran prestigio. El resultado de su trabajo fotográfico, lo mismo para campañas de publicidad que retratando jóvenes actrices aspirantes a Hollywood, es una síntesis extraordinaria de su visión estética y la apropiación de los valores y experimentos del surrealismo. Poco tiempo después cerró su estudio tras haberse casado con un acaudalado empresario egipcio, con quien se mudó a El Cairo. En este periodo de relativo aislamiento, su acusado ojo fotográfico logro documentar con gran fortuna su visión del paisaje y la realidad egipcia, desde una mirada íntima y reflexiva.
Una segunda ruptura amorosa la llevó a Francia al final de la década de los 30, en la antesala de la gran guerra, ahí conoció a sus amigos de toda la vida: Pablo Picasso, Andre Bretton, Max Ernest, Leonora Carrington, entre muchos otros artistas de la época. Se reencontró, ya como amigo, con Man Ray, y más importante aún, conoció a un joven inglés crítico e historiador de arte, que habría de ser su esposo el resto de su vida y padre de su único hijo: Roland Penrose. Al estallido de la guerra Miller trabajó para Vogue como corresponsal en Londres, y finalmente aprovechando su nacionalidad norteamericana logró enrolarse oficialmente en el ejército americano durante el desembarco en Normandia como fotógrafa de guerra. Miller retraso el desembarcó norteamericano y los últimos momentos de la guerra hasta la derrota del Tercer Reich en 1945.
Visitó y retrató el horror de los campos de concentración, abandonados por las tropas alemanas en los momentos finales de la guerra. Y el mismo día que Hitler y Eva Braun se suicidaron en su bunker de Berlín, Lee Miller hizo un hallazgo sorprendente caminando por el centro de la ciudad de Múnich: el departamento privado de Hitler en esta ciudad abandonado ya en ese momento crucial de la historia del siglo XX.
La foto que ilustra este artículo y que forma parte de la exposición, capta ese momento. Lee Miller que había pasado dos semanas sin bañarse, recorriendo y fotografiando los paisajes macabros de los campos de concentración, los cadáveres de los prisioneros, los oficiales nazis suicidados o ejecutados, descubre que el baño de Hitler conserva el suministro del agua, por lo que decide quitarse la ropa y darse una ducha, con el retrato oficial de Hitler en segundo plano, y sus brotas pringadas de lodo y de sangre sobre el tapete límpido a los pies de la tina. Una imagen surrealista en todo el sentido de la palabra, un testimonio histórico de un valor enorme para la historia del arte y para la historia misma del siglo XX.
Lee Miller nunca se pudo recuperar emocionalmente de haber visitado los infiernos, regresó a Londres al final de la guerra, parió un hijo, y paso tres décadas sometida a la depresión y el alcoholismo. Murió sin que la crítica reconociera o aun recordara su aportación al surrealismo. A su muerte en 1976, en el sótano de su granja en East Sussex su hijo descubrió centenares de cajas con miles de negativos y un archivo de un valor formidable para la historia del arte. Los últimos veinte años han representado su reivindicación plena como una figura central del arte del siglo XX, esta exposición así lo demuestra. Hay que verla.
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