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Un gangster en la silla presidencial

Peligrosos. El gangsterismo en democracia se creía un fenómeno en extinción, hasta que el populismo más radical lo ha resucitado. A la espera de si Donald Trump logra colarse en este “club de maras”, rescatamos a algunos de sus más insignes socios

El presidente Rodrigo Duterte de Filipinas
El presidente Rodrigo Duterte de Filipinas El presidente Rodrigo Duterte de Filipinas (La Crónica de Hoy)

Ha sido el último en llegar, pero ha llegado como una apisonadora. Tiene prisa en demostrar al mundo que no sólo sus palabras y su aspecto son repulsivos, sino su estilo de gobernar, más semejante al de un capo mafioso que ordena asesinatos desde la cárcel que al de un presidente elegido democráticamente, precisamente para garantizar a sus ciudadanos que vivirán bajo un sistema democrático de garantías procesales y no bajo un estado policial o de terror.

Nada más asumir el cargo declaró la guerra total al crimen y dio a sus fuerzas policiales y a los llamados “vigilantes” —cuerpos parapoliciales armados y creados para la ocasión— licencia para matar a quienes ellos señalen como narcotraficantes. “Mataremos a tantos que engordaremos a los peces de la bahía de Manila”, dijo para animar a las hordas.

La semana pasada informó, inflamado de orgullo, que sus “escuadrones de la muerte” ya habían abatido a más de 3 mil 500 “narcos” en menos de tres meses. Horrorizados, muchos gobiernos y organizaciones humanitarias denunciaron la arbitrariedad de estas ejecuciones sumarias, no sólo contra sospechosos de traficar con estupefacientes, sino contra drogadictos. En repetidas ocasiones, Duterte ha dicho que “sería más doloroso pedirle a los padres que maten a sus hijos drogodependientes”, y ayer mismo, respondió con un “que se chinguen” a las denuncias de la Unión Europea por su permanente violación de los derechos humanos más elementales. En la pasada cumbre Asia-Pacífico, no dudó en llamar “hijo de puta” a Barack Obama, cuando le llegó a sus oídos que el presidente de EU le iba a llamar la atención por su autoritarismo.

También la semana pasada, Edgar Lobato, ex miembro de un “escuadrón de la muerte” creado por Duterte cuando era alcalde de la ciudad de Davao, confesó ante un comité investigador del Senado filipino que el ahora presidente remató con un fusil a un presunto narco herido de bala.

La inquietante paradoja es que, cuanto más hace Duterte por actuar como un cabecilla de los “mara salvatrucha”, más es aclamado por su pueblo, hasta lograr un histórico 91 por ciento de popularidad. Todo apunta a que tenemos Duterte para rato.

Su nombre y su currículum se perderían en el anonimato de los dictadorzuelos africanos que todavía mandan con mano de hierro en muchas naciones del continente negro. Pero este ex militar, que llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1994 y luego se reconvirtió en “demócrata” con un partido con el que ganó las elecciones en 2001, se distingue de sus pares por su agresividad.

Tiene una particular obsesión con los homosexuales, a los que amenazó a principio de año de la siguiente manera: “Si lo hacen aquí, les rajaré la garganta”.

Tras asegurar que “los gays son una plaga peor que el mosquito de la malaria”, el mandatario gambiano dijo que “si usted es un hombre y quiere casarse o acostarse con otro hombre en este país, como les capturemos, nadie los volverá a ver y ningún blanco podrá hacer nada al respecto”.

Jammeh, acusado de convertir a su pequeña nación en uno de los países más represores del mundo, en el que “la tortura, las desapariciones y las ejecuciones extrajudiciales de políticos, periodistas y simples ciudadanos son el pan de todos los días”, como denunció Human Rights Watch hace dos años, ha prometido que “gobernará mil millones de años, si Alá quiere”.

Para ganarse el favor del Dios musulmán, el presidente de Gambia está reprimiendo la versión africana del islam que practica su pueblo (más festiva y colorida) y ha prohibido mediante decreto los bailes y la música en cualquier evento religioso… y con el genio que tiene, más vale no llevarle contraria.

Es nuestro representante “mara” del continente americano. La conocida ineptitud para gobernar de este antiguo conductor de camiones la transformó en una creciente represión contra todo el que se le oponga, a él o a la revolución socialista que heredó del fallecido Hugo Chávez (en vida presidente y, tras su muerte, reencarnado en un “pajarico” que a veces pía en el oído de Maduro).

Se desconoce si Maduro sigue órdenes de Chávez desde “el más allá”, pero nunca hubo tantos opositores en la cárcel como bajo su mandato, algunos menos conocidos por la opinión pública internacional, como Gerardo Carrero, Gabriel Valles y Lorent Saleh, líderes estudiantiles a los que el presidente mandó, sin que le temblara el pulso, a la siniestra “Tumba”, como se conocen a las frías celdas subterráneas de los servicios de inteligencia, donde están aislados, incomunicados, monitoreados las 24 horas del día y sin derecho a salir al patio o ver nunca la luz del sol, actos todos ellos considerados tortura por la ONU, y del que se supo porque pudieron filtrar una carta hace un año, en la que anunciaron que se ponían en huelga de hambre, para pedir un trato humano.

El magnate no ocupa ningún cargo de jefe de Estado, pero podría hacerlo a partir de enero, si gana las elecciones del 8 de noviembre. Su comportamiento en campaña no deja margen de dudas sobre cuál sería su estilo de gobernar, una mezcla de gamberrismo e incitador de las masas para que hagan el “trabajo sucio”, como perseguir a las minorías que ha criminalizado, como los hispanos o musulmanes, y llegado el caso, recurrir a las armas.

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