Opinión

Acapulco después del Otis

Libro

Tal es el título de una antología recién publicada por Mauricio Bares en su sello editorial Nitro/Press, que reúne cuentos y crónicas escritos para pensar y reimaginar al puerto de Acapulco a dos años del huracán Otis.

De entre los muchos esfuerzos individuales y colectivos que se fueron encadenando para llegar a su publicación, la iniciativa principal se la debemos a las escritoras Citlali Guerrero, Claudia Marcucetti y Marxitania Ortega, las tres a cargo de la compilación de los textos; como también a la periodista Libana Nacif ,a la poeta Roxana Cortés y a la diseñadora Vanessa Hernández, responsables de la convocatoria promovida entre escritores acapulqueños, cuyos trabajos conviven en el volumen con los textos de un muy nutrido grupo de escritoras y escritores mexicanos: Ana Clavel, Rocío Cerón, Juan Villoro, Julian Herbert, Socorro Venegas, Antonio Ramos Revillas, Ethel Krauze, Juan José Rodríguez, Eduardo Vázquez Martin, y yo mismo, además de las cinco autoras arriba mencionadas.

Este libro es la respuesta desde la literatura a una tragedia mayor. Frente al infortunio del huracán, se fueron sucediendo una cadena de eventos afortunados que no terminan con la aparición del libro: el dinero de su venta se destinará por completo a la restauración de la biblioteca municipal de Acapulco, severamente dañada en aquella noche terrible del 25 de octubre de 2023.

A ese encuentro feliz entre el azar y la voluntad se suma la participación decidida del Museo del Antiguo Colegio de San Ildefonso, bajo la dirección del poeta Eduardo Vázquez Martin, cuyo interés por apoyar a la comunidad artística de Acapulco permitió la organización de una subasta con obra de artistas locales, la cual se llevó a cabo un par de meses después de la tragedia; y tras lo cual el tema de Acapulco, en tanto fenómeno urbano complejísimo, fue incluido como uno de los aspectos centrales en la edición 2024 del festival internacional de arquitectura y urbanismo Mextrópoli, a cargo de la revista Arquine, y cuya sede principal fue San Ildefonso.

Las mesas redondas y conferencias destinadas al tema, dieron pie a la elaboración de un documento interdisciplinario de un gran valor para comprender y resignificar a Acapulco como un territorio que refleja y padece muchos de los males atávicos de nuestro país: falta de planificación urbana, crecimiento desordenado, desigualdad social extrema, violencia de diversos signos, corrupción y, sobre todo, la persistencia de un modelo de desarrollo turístico que aplastó por décadas la posibilidad de encontrarle otras vocaciones y otras alternativas de crecimiento al que fuera un destino turístico internacional venido a menos, y al que fuera, además, el punto de llegada de las embarcaciones que desde finales del siglo XVI y hasta principios del siglo XIX conformaron la ruta comercial del océano Pacífico, primer gran experimento globalizador de la historia moderna. “Es momento de botar de nuevo el galeón de Acapulco -nos dice Eduardo Vázquez Martin en el texto introductorio de la antología- de resistirse a la fatalidad como único destino: es momento de resignificar el territorio”.

Y finalmente se suma la enorme fortuna que tuve al conocer a la poeta Citlali Guerrero cuando visité Acapulco a los pocos días del huracán para escribir una crónica de lo sucedido. Fue ella quien nos mostró Acapulco al fotógrafo Rogelio Cuellar y a mí. A partir de este encuentro fortuito y feliz se fueron derivando el resto de los esfuerzos que culminan con la publicación de esta antología.

2.

Con astucia editorial la antología ordena los textos en tres tiempos: antes, durante y después del huracán. Congrega además un abanico generacional extremo: el autor más joven es un chico de 13 años de edad, mientras que los más veteranos nacieron a mediados de la década de los cincuentas.

El texto del joven José Miguel Galeana Robles, acapulqueño nacido en 2011, es una revelación y un himno a la precocidad. Un adolescente en segundo de secundaria traza con buena mano de escritor novato una crónica de la noche en el que Otis pego con toda la fuerza destructiva en su casa. Tiene el tono desenfado y la mirada transparente de un chico de su edad y comienza con una afirmación irrefutable: a mi generación la han llamado “la generación de cristal”, pero al menos en mi caso he sobrevivido a un terremoto, otros huracanes de menor fuerza, una pandemia y un huracán mayor.

Julian Herbert, cuya infancia transcurrió en Acapulco como lo cuenta en su novela autobiográfica Canción de tumba, escribió la crónica de un regreso a Acapulco a las pocas semanas del Otis. Muy pronto advirtió que junto al desastre natural otros males aquejan al puerto: “El verdadero desastre natural que aqueja a Acapulco no es ningún huracán: es su condición de viejo y terco boxeador capaz de asimilar en un sólo asalto hasta diez ganchos al hígado”. En este viaje al terruño regresó al barrio donde se encontraba La Huerta, el prostíbulo célebre hoy convertido en un terreno baldío y un estacionamiento, que era donde trabajaba su madre: “Hicimos la última parada en casa de doña Ricarda, la señora tuerta que fue mi nana cuando yo era niño y mi madre se iba a trabajar a los puteros. Tocamos a la puerta. La mujer abrió; lucía anciana, pero con el cabello negro aún. Le dije: «Soy yo, doña Ricarda, Cacho». Me miró un rato con su único ojo. Dijo: «¿Y hasta ahorita vienes? Añadió: «y mira pues como vienes chamaco cabrón»”.

La escritora guerrerense Marxitania Ortega traza, con una soltura notable para fabular a partir de la memoria, un relato del viejo acapulco donde se conocieron y enamoraron sus abuelos: “es la historia del inicio del amor, y los principios, en Acapulco más que en ningún otro lugar, suelen ser felices”. Antonio Ramos Revillas, muy en su condición de escritor norteño, ubica en Acapulco el desenlace sorpresivo de una historia oscura alrededor de la violencia familiar y el maltrato.

Rocío Cerón brinca de la poesía a la prosa de intensidades con una crónica que describe sus múltiples vínculos con Acapulco: el de sus vacaciones familiares de la infancia, el de su regreso como escritora para participar en diversos eventos literarios, y especialmente el Acapulco que la vincula al amor, como un sentido homenaje al artista sonoro Abraham Chabelas, quien murió durante la pandemia de Covid en 2020: “hay siempre lugares de enunciación donde el territorio se hace propio, se transforma incluso en mapa afectivo, en recordatorio de lo que se adentra”.

Claudia Marcucetti propone un relato post huracán desde su propia experiencia, y lo ubica en Coyuca de Benítez. Cuenta la historia de dos mujeres, fieles visitantes de Acapulco, que intentan recuperar la dicha y la paz del turista regular tras la destrucción del Otis, a pesar de que sea una ciudad donde campea a sus anchas el crimen organizado. El escritor sinaloense Juan José Rodríguez escribe una crónica de un viaje en búsqueda del fantasma de Johnny Weiusmuller, el famoso tarzán que hizo de Acapulco su segunda casa y su manicomio. Es un texto que mantiene el ritmo y las formas que podemos reconocer en la gran novela mexicana sobre Acapulco: Se está haciendo tarde, final en laguna. de José Agustín. “¿A buscar fantasmas? ¿A eso vamos a Acapulco? Ya hay muchos entre nosotros. Kafcapulco es la evasión, la invasión de las grandes pasiones, mejor vamos solo a divertirnos en esa inversión de la realidad que provoca la cercanía del mar y la leyenda”.

Ana Clavel escribe un texto original trenzado como un laberinto de espejos donde Ana Clavel, la novelista, le pide a Ana Clavel, el personaje, que escriba un relato sobre Acapulco: “si fuera una de las ciudades invisibles que imagina Italo Calvino, podría llamarse Acapulcara. […] A la dorada ciudad de Acapulcara se arriba a través de los sueños y los deseos imposibles…”.

Las páginas finales de la antología son a su vez el principal sostén literario de todo el volumen: un extraordinario relato de Juan Villoro, donde la narradora y protagonista es una mujer que habla, escribe y piensa como Juan Villoro, y que es, además de un relato sobre el amor, un paseo memorioso por el Acapulco de todas nuestras infancias: “el sitio que en los años cincuenta del siglo pasado representaba todas las posibilidades del trópico. Un país con más de once mil kilómetros de litorales sólo tenía un destino de playa relevante: Acapulco”.

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