
La reunión de la izquierda oficial en la denominada “IV Cumbre en Defensa de la Democracia”, celebrada en Barcelona y a la que asistieron distintos líderes políticos del progresismo actual -entre ellos la Presidenta Claudia Sheinbaum y el anfitrión del encuentro y Presidente del Gobierno de España el socialista Pedro Sánchez-, invita a una reflexión sobre lo que actualmente queda de la izquierda en cuanto concepción y modalidad alternativa de la política. Es necesario reflexionar sobre la identidad, los dilemas y el futuro de la izquierda en el mundo contemporáneo. Se debe partir de la constatación de que los conceptos tradicionalmente vinculados a la izquierda como solidaridad, libertad, equidad, fraternidad y trabajo, entre otros, tienen hoy significados inciertos y se enfrentan a tensiones prácticas profundas respecto a la política real y las exigencias sociales.
La izquierda tradicional ha perdido su función histórica porque ha dejado de situarse del lado de los excluidos, marginales, vulnerados y perdedores del sistema. Por ello, lo primero es plantear una cuestión decisiva: ¿sigue teniendo sentido hablar de “izquierda” como categoría política sustantiva? La distinción clásica derecha-izquierda ha perdido claridad tras el colapso del bloque soviético, la crisis de los partidos comunistas, la hegemonía del neoliberalismo y la transformación del trabajo y del Estado social. Las dudas no son solamente conceptuales sino principalmente políticas: ¿después del movimiento obrero la izquierda representa algún sujeto histórico?, ¿respecto de la igualdad y la emancipación la izquierda solo es una posición ética?, ¿cuál es la función de cuestionamiento permanente de la izquierda frente al poder?
Urge una reflexión crítica sobre las dificultades de la izquierda realmente existente para adaptarse a las nuevas realidades sociales, económicas y políticas del siglo XXI. La izquierda clásica imagina un “Estado ideal” donde se alcanza simultáneamente la equidad y el bienestar general. Sin embargo, la realidad política y económica caracterizada por globalización, inmigración, competencia internacional y necesidad de invertir en capital humano e instituciones, obliga a enfrentar elecciones difíciles. El problema radica en que muchos discursos de izquierda solamente reivindican derechos adquiridos o defienden el “statu quo” sin explicar cómo alcanzar esas metas en la práctica.
Otro aspecto a considerar es cómo la izquierda integrada al sistema piensa sus prioridades. Solidaridad, igualdad y empleo son palabras que tienen múltiples interpretaciones y que sin estrategias viables, no ayudan a avanzar. Muchas decisiones políticas de gobiernos autodefinidos de izquierda frecuentemente se
traducen en compromisos pragmáticos que parecen contradecir sus ideales, lo que genera frustración dentro y fuera del campo progresista. La izquierda necesita de un enfoque racional y no retórico que incorpore la eficiencia y la competitividad sin renunciar a la justicia social.
La reconstrucción de la identidad actual de la izquierda debe incorporar temáticas como la relación entre justicia social e igualdad democrática, ofrecer estrategias sobre cómo enfrentar la movilidad social, el mercado laboral, la educación y la innovación, así como definir el papel del Estado frente a las fuerzas del mercado en un mundo global. También debe ofrecer respuestas a la tensión entre pragmatismo político y fundamentos ideológicos. Un problema central es la relación entre izquierda y modernidad.
La izquierda nació como expresión política del proyecto moderno representado por la racionalización, el progreso y la emancipación. Pero la modernidad misma ha entrado en crisis con la complejidad social, el debilitamiento de los grandes relatos y la transformación del Estado-nación. Debemos pensar la izquierda más allá de la nostalgia del sujeto revolucionario clásico, en un mundo donde el poder se dispersa y se complejiza. No existe una esencia única de la izquierda, porque las izquierdas –al plural- representan tradiciones históricas concretas. Ellas no desaparecen, pero su supervivencia depende de su capacidad para reformular el principio de igualdad en un mundo fragmentado.