
La tarde del 9 de mayo, mientras caminaba hacia el Alicia —histórico foro alternativo en Ciudad de México— apareció la incertidumbre de ver por primera vez a The Chameleons. Llegué al recinto después de cruzar varias calles de una colonia que parece debatirse entre lo que fue y lo que intenta convertirse ahora.
Entre cafeterías iluminadas y edificios remodelados, comenzaba a reunirse una pequeña multitud vestida de negro. Todavía faltaba para que abrieran las puertas, pero nadie tenía prisa. Algunos aprovechaban una cerveza; otros escondían botellas mientras se unían a la fila.
El Alicia quizá perdió parte del caos accidental que lo definía, pero sigue siendo un refugio urbano donde la música importa más que el espectáculo. Por eso The Chameleons —surgidos en la escena postpunk inglesa de los años ochenta— sigue tocando en espacios íntimos donde la barrera entre artista y público se diluye.
Había personas que rondaban los cuarenta, mezcladas con jóvenes en sus veintes; parejas, grupos de amigos y gente solitaria mirando hacia la entrada como si regresaran a un lugar reconfortante. Las gabardinas, botas y delineados intensos convivían con estilos más simples; no era una competencia, sino una sensibilidad compartida.
Cuando abrieron las puertas, el calor quedó atrapado mientras sonaba Killing Joke y Echo & the Bunnymen desde la consola. Poco a poco, el espíritu dark entraba al foro: algunos apenas se movían, otros reconocían canciones como un mismo lenguaje. Todo anticipaba lo que la banda confirmaría después: el postpunk sigue vivo cuando deja de intentar parecer eterno y simplemente se permite ser humano.
The Chameleons se mantiene lejos del gótico afinado que hoy circula. No hay ningún disfraz “aesthetic” ni glamour inaccesible. Lo que aparece sobre el escenario es autenticidad.
Cuando se apagaron las luces y el humo cubrió el escenario, Mark Burgess apareció sin artificios, a contraluz y con los brazos abiertos, siendo consciente del cariño que provoca. Más que ser una figura de culto, subió dispuesto a compartir el momento. Entonces comenzó “Where Are You?”, y el primer acorde bastó para que la compostura se rompiera y todos nos volviéramos uno.
Quizá así se entiende mejor a The Chameleons: personas que sienten profundamente sin necesidad de convertirlo en personaje.
El concierto avanzó sin dramatismo escénico. Canciones como “Soul in Isolation”, “Less Than Human” o “Feels Like the End of the World” conectaban al público con facilidad. En la literalidad de sus títulos se anuncian condiciones humanas, vulnerabilidades que explican por qué The Chameleons ocupa un lugar distinto en el género.
A diferencia de otras bandas fundacionales del postpunk, como Joy Division que construía tensión desde el bajo y dando la sensación de encierro; aquí esa densidad se vuelve calidez humana a través de los riffs envolventes de guitarra. Reg Smithies creaba capas que convertían el lugar en una corriente eléctrica.

Mark tomaba manos y acercaba el bajo al público, mientras Reg rompía la solemnidad con ojos móviles de camaleón pegados a su guitarra, como si se hubiera camuflado y nos estuviera observando, y él haciendo gestos juguetones. Incluso Burgess, al notar la cremallera abajo, soltó un simple “oh-oh” y siguió tocando entre risas. Nos recordaban que detrás de la profundidad seguía existiendo el humor.
Lejos de quedar congelados en los ochenta, el grupo conserva esa actitud rockera entendida como la posibilidad de seguir siendo joven, sin vivir atrapado en el pasado. Su regreso no se siente como un museo ni como imitación de sí mismos; esa era la nostalgia que atravesaba el concierto: no la de restaurar una época, sino la de seguir encontrándose.
En definitiva, es una banda para mirar fijamente. Había uno que otro celular levantado, pero el concierto exigía presencia. Cerca de mí, un hombre permanecía inmóvil con una mano sobre el pecho mientras observaba el escenario sin distraerse. Como si “Second Skin” le estuviera acomodando algo por dentro.
El cierre con “Don’t Fall” fue el momento de comunión más intenso. La marea de cuerpos saltando hacía casi imposible mantenerse de pie. El verdadero reto era no caer por la ola energética. Parecíamos duendes atravesados por el impulso salvaje y el éxtasis musical.
Cuando la banda se despidió entre aplausos prometiendo volver, las luces rompieron lentamente el anonimato. La gente salió despacio, todavía mareada de emoción, cerveza o calor. Afuera, la ciudad seguía en movimiento, con sus transformaciones ya a la vista, pero algo distinto nos acompañaba.
The Chameleons no fue nostalgia, sino la respuesta a la incertidumbre inicial: una banda que sigue ocurriendo en el presente y que todavía puede volver a posicionarse —sin perder su esencia— en nuevos contextos.