
En editoriales previas propuse que en este espacio revisaría las diez razones para ser científico que escribió en uno de sus últimos libros el maestro Ruy Pérez Tamayo. En la primera ocasión me referí a la razón número 3: para no tener horario en el trabajo (Crónica, 5-08-24). En la segunda me enfoqué en la 7: para hablar con otros científicos (Crónica, 10-02-25) y en la tercera oportunidad reseñé la 6. para que no me tomen el pelo (Crónica, 23-06-25). En esta ocasión me ocupo de una de mis favoritas, la 2: para no tener jefe en el trabajo. En este capítulo, Ruy comenzó diciendo “el investigador científico es su propio jefe”, posterior a lo cual aclaró que dicha frase debe tomarse con reservas, pero luego explicó por qué la frase es válida.
Por supuesto que en mi tarea como investigador y académico yo tengo varios jefes. Uno es el jefe del departamento al que estoy adscrito. Pero este jefe es puramente administrativo. Si voy a tomar vacaciones o un permiso de comisión para acudir a un congreso, necesito de su visto bueno. En la Facultad de Medicina, cuando me toca dar el curso que imparto, tengo una jefa, de quien dependen algunos aspectos relacionados, como el horario de mi curso y el proceso de las calificaciones. Cuando paso visita de medicina interna en el instituto, tengo una jefa en la dirección de medicina que también regula aspectos administrativos del hospital. Pero ninguno de ellos es mi jefe en mi labor más importante, que es la creativa. Yo soy el que decide en qué y cómo hago investigación, cómo imparto mi curso y califico a mis alumnos o cómo veo a mis pacientes e integro diagnósticos o tratamiento. Con un ejemplo parecido, el maestro Ruy así lo dijo en su capítulo: “Lo que significa no tener jefe es la independencia intelectual, que es un elemento indispensable en la vida del científico”
Cada investigador científico decide el tema de su interés y, dentro de este, cuál o cuáles son las preguntas que quiere abordar y cómo lo va a hacer. En cambio, decía Ruy, un diputado debe pensar y hacer lo que dicta su partido; un contador del banco, lo que le diga el gerente o un químico de una fábrica debe seguir los procesos ya establecidos para obtener el número y calidad de productos que le ordena su jefe.
Hay un aspecto importante a tomar en cuenta y es que, para aspirar a esa independencia intelectual, el investigador debe tener un entrenamiento y conocimiento del tema a profundidad que le permita ejercer en forma autónoma su propia creatividad. Aunque Ruy lo tocó apenas por encima, yo creo que la mejor forma de lograrlo es que quien termina un doctorado realice en otra universidad e idealmente en otro país un posdoctorado en el que aprenderá lo que le dará la independencia total. Un nuevo tema, una nueva estrategia, nuevas metodologías y preguntas.
En este sentido, un error frecuente es contratar tempranamente en el mismo grupo en el que se formó a quien termina un doctorado, o inclusive antes de terminarlo, sin darle la oportunidad de hacer un posdoctorado en otro país. Esto condena al nuevo investigador a seguir trabajando bajo la independencia intelectual de su jefe, antes de desarrollar la propia, lo cual le roba al joven la oportunidad de gozar de esta segunda razón de la que hablaba Pérez Tamayo para ser científico, ya que su jefe no solo lo será en lo administrativo, sino también en lo intelectual, quitándole la opción de la independencia.
Generar un Doctor en Ciencias y no promover su independencia intelectual es un sin sentido.
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM