Opinión

El país que estamos llegando a ser

Juventudes
Juventudes (Universidad Nacional Autónoma de México)

La publicación del Programa Nacional de Población 2026-2030 en el Diario Oficial de la Federación no es un simple acto administrativo. Es una advertencia serena, un espejo colocado frente a la nación para mostrarnos que México está cambiando de rostro.

Durante generaciones nos acostumbramos a pensarnos como un país joven. Las imágenes eran familiares: patios escolares desbordados de niños, familias numerosas reunidas alrededor de una mesa, colonias enteras creciendo a la velocidad de los sueños. México era una nación que se expandía hacia delante con la fuerza de la juventud.

Pero mientras discutimos elecciones, crisis económicas o problemas de seguridad, una transformación silenciosa avanzaba sin hacer ruido. Hoy somos casi 133 millones de habitantes, pero ya no crecemos al ritmo que definió gran parte del siglo XX. La tasa de crecimiento demográfico cayó de 3.2 por ciento anual en la década de los setenta a menos de uno por ciento en la actualidad. Al mismo tiempo, la esperanza de vida alcanzó los 79.24 años para las mujeres y 72.74 para los hombres.

Vivimos más. Y esa es, quizá, una de las mayores victorias colectivas de nuestra historia. Significa que millones de personas lograron sobrevivir a enfermedades que antes eran sentencia, que la medicina avanzó, que la alimentación mejoró y que generaciones enteras pudieron llegar a edades que sus abuelos apenas imaginaban.

Pero cada conquista trae consigo nuevas responsabilidades. Las estadísticas parecen frías hasta que descubrimos los rostros que habitan detrás de ellas. Vivir más significa que cada vez veremos a más abuelos asistir a la graduación de sus nietos. Significa más cumpleaños celebrados después de los ochenta años. Más personas enfrentando la soledad, más familias preguntándose quién cuidará de sus seres queridos cuando la fragilidad sustituya a la fortaleza.

La Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica reportó 38.9 millones de hogares en 2023, con un promedio de apenas 3.3 integrantes. Los hogares unipersonales continúan creciendo.

Detrás de esos números hay puertas que se abren y se cierran cada noche sobre personas que envejecen solas. Hay parejas que deciden tener menos hijos. Jóvenes que aplazan la formación de una familia porque las condiciones económicas les obligan a posponer sus proyectos de vida.

Por eso, el envejecimiento no debe verse como una amenaza. Debe entenderse como una prueba de civilización. La grandeza de una sociedad no se mide por la velocidad con la que crece, sino por la dignidad con la que acompaña a quienes han recorrido el camino antes que nosotros.

El desafío no consiste en que haya más personas mayores. El verdadero desafío es lograr que esos años adicionales estén llenos de salud, autonomía, seguridad económica, espacios accesibles y afectos duraderos. En 2026, las personas de sesenta años y más representan ya el 13.24 por ciento de la población. Hacia 2034 serán más numerosas que las niñas y los niños menores de doce años. La Ciudad de México cruzó ese umbral desde 2019. Lo que hoy observamos en algunas regiones será mañana la realidad de todo el país.

Sin embargo, la historia demográfica de México no es únicamente la historia del envejecimiento. También es la historia de una oportunidad que todavía permanece abierta. Actualmente, las personas de entre 30 y 59 años representan el 38.56 por ciento de la población. Es la llamada ventana de oportunidad demográfica: el momento en que la mayor parte de la sociedad se encuentra en edad productiva.

El bono demográfico no se convierte por sí solo en prosperidad. Necesita escuelas que no expulsen a sus estudiantes, empleos formales que otorguen seguridad social, sistemas de salud robustos y regiones capaces de ofrecer oportunidades más allá de las grandes ciudades. Exige también reconocer una realidad que durante demasiado tiempo permaneció invisible: una parte sustancial del bienestar nacional descansa sobre millones de horas de trabajo de cuidados que realizan las mujeres sin remuneración ni reconocimiento suficientes.

Cuando el futuro que hoy anuncian estas cifras llegue definitivamente a nuestras puertas, México tendrá que responder a preguntas esenciales: ¿Habremos construido un país donde nadie tema envejecer?, ¿un país donde la longevidad sea una bendición y no una preocupación?

Las respuestas no están en los censos ni en las proyecciones demográficas. Están en las decisiones que tomemos hoy. Porque el país que seremos mañana ya comenzó a construirse. Y, en realidad, el gran desafío no es cuántos mexicanos habrá en el futuro, sino qué tan capaces seremos de cuidarnos unos a otros cuando ese futuro finalmente llegue.

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