En 1836 fue el inicio de la Guerra de Texas. México perdió.
Comprender ahora la raíz de esa rebelión en tan distante territorio del control político del centralismo mexicano de entonces y el papel de Antonio López de Santa Anna al frente del país resulta ahora tan inútil como ridículo.
Basta con revisar el análisis previo hecho por Juan Nepomuceno Almonte, hijo del Gran cura Morelos, cuando ya divisaba la prosperidad de las tierras tejanas, muchos años antes de la rebelión y el abandono. Ya veía la prosperidad anglosajona.
La toma de El Álamo por parte de los mexicanos liderados por Santa Anna tuvo mucho de vergüenza y falsa grandeza: la primera por su dimensión pírrica a la cual sobrevendrían la captura de Santa Anna y la independencia de los colonos.
Lo segundo, porque los mexicanos de entonces festejaron esa batalla con la misma ridícula convocatoria a la epopeya de nuestros días frente a cualquier asunto relacionado con el norte. Siempre expertos en la enormidad de una batalla ganada y el disimulo ante una guerra perdida.
Veamos.
“…Tras la toma de El Álamo, el cabildo de Campeche sobredimensionó la acción de Santa Anna cuando manifestó que el asalto era equiparable a la batalla de Austerlitz o Marengo y que este triunfo pronto sería envidiado por la misma “culta Europa”.
“La prensa capitalina, oaxaqueña, veracruzana y yucateca, por lo menos, insertó odas y apologías a favor de Santa Anna. El asalto era semejante a las acciones de Napoleón Bonaparte, de acuerdo con los diarios nacionales (Costeloe, 1988, pp. 533-543). Por supuesto los testimonios pro bélicos exageraban el papel del ejército mexicano…
“…De acuerdo con Juan Nepomuceno Almonte, quien combatió junto a Santa Anna, 60 soldados y cinco oficiales perdieron la vida, mientras que 198 soldados y 25 oficiales resultaron heridos. El batallón de Toluca perdió 95 hombres entre muertos y heridos (Asbury, 1944, p. 23).
“En Chiapas también se celebró la toma de El Álamo en la catedral.
“Mientras tanto, en San Antonio de Béjar, el general Santa Anna ordenó la ejecución de los prisioneros tomados en El Álamo causando el aplauso de varios mexicanos.
“Joaquín de Muñoz y Muñoz, gobernador del departamento de Veracruz, dijo que “los sublevados, perseguidos y desechos en todas direcciones, han sufrido el castigo que provocaron (¿?)”.
“ Pese a las victorias de los generales Santa Anna, José Urrea y Vicente Filísola, el ejército mexicano resultó derrotado en San Jacinto el 21 de abril de 1836 y el general Santa Anna fue capturado.
Tras conocerse este descalabro en la ciudad de México, el 20 de mayo el presidente interino José Justo Corro, a través de una circular, solicitó colocar “un lazo de crespón negro” en las banderas de los cuerpos militares del país.
“También que “el Pabellón Nacional se pondrá en las fortalezas, plazas de armas y buques nacionales, a media asta, entretanto no obtenga su libertad el presidente de la República…”
Fue un antecedente de Nicolás Maduro. Muy presidente, mucha serenidad de altura; pero no pudo hacer nada cuando Sam Houston lo sacó en calzones de la tienda de campaña.
Este largo preámbulo da pie al análisis de hoy cuando libramos otro tipo de escaramuza contra los Estados Unidos.
El discurso de la semana pasada de nuestra señora presidenta y sobre todo la tonante voz del Júpiter de Macuspana, han sido vistos por algunos como si se tratara de una nueva versión del Álamo. Les hemos ganado la batalla.
Y sí, yo también lo creo.
El atrincheramiento nacionalista y la propágación de las perversas intenciones de intervención continental, con los casaos de Argentina, Venezuela y Colombia en contra de las naciones progresistas (zurdas, pues) le van a permitir a México un respiro temporal mientras sus aliados se derrumban como Petro y pronto el elusivo Pedro Sánchez a quien el caso Leire Díez lo trae a mal traer. Ya ni hablemos del joven Rtaúl Castro.
Si hace unas semanas Trump y sus halcones estaban ocupados en Irán (para lograr muy poco) hoy se entretienen jugando al gato y al ratón con Cuba.
En cuanto a nosotros, no se sabe hasta donde los estadounidenses permanecerán inactivos ante los desplantes mexicanos en contra de sus pedimentos judiciales de extradición (así los consideran) o si ensayarán otras formas de presión sin especificar la finalidad última de ese comportamiento cuya inconfesable naturaleza va más allá de negociar un tratado comercial bilateral o trilateral. Con o sin él.
Las economías están interconectadas e interdependientes después de tantos años.
Pocas cosas pueden ahora afirmarse con certeza pero yo me atrevo con una:
Ni Alfonso Durazo, ni Rubén Rocha Moya (Mayo); Marina del Pilar o Américo Villarreal serán secuestrados o entregados a Estados Unidos. Trump no termina las cosas. Habla demasiado. Y estos casos no serán la excepción en su errático comportamiento. Todo se irá en verbales pérdidas de tiempo aunque el embajador Ronald Johnson, llamado a consulta piense distinto. Igual obedece.
Por ahora dos cosas bastan en el ámbito interno: el jefe de la oficina presidencial de López Obrador, Poncho Romo ya fue señalado como operador bursátil y financiero del crimen organizado desde el Palacio Nacional.
Cerró su casa de bolsa y puso piés en polvorosa. Y en cuanto a Durazo, las filtraciones son suficientes para empatar simbólicamente, al menos, los cartones con Felipe Calderón. Hoy van parejos él y Andrés. Sus secretarios de seguridad, embarrados aunque uno de ellos todavía no purgue las consecuencias y se conforme con sudar agua bendita.
Y en cuanto a la carta con cuya muleta Andrés López se tiró al ruedo no fue sólo para respaldar a la presidenta ni para reclamarle a Trump correspondencia por los viejos servicios. Fue para evitar el empaquetamiento con los demás integrantes del neo narco sistema político fundado por él. O al menos, alimentado durante su periodo de abrazar sin balaceras.
En ambos sentidos fracasó. Los abrazos no pacificaron el país y los balazos asesinaron a más de 200 mil personas en el sexenio más cruel de nuestra historia reciente.
Las acciones militares directas de EU están descartadas abiertamente. Caldo caro; miserable albóndiga. No habrá batalla en San Jacinto porque tampoco la ha habido en El Álamo.
VERACRUZ
Rubicelia Ramírez, aferrada al marco de la camioneta habla con la presidenta de la República y le expone su desesperación por el secuestro de su hija Roxana, periodista y madre. Ella fue testigo impotente.
“…La tiraron al piso, la esposaron, la arrastraron, la jalaron de los cabellos. A mi nieta le apuntaron con armas largas.”
Y con más impotencia todavía se pregunta:
-¿En manos de quien estamos?
-Señora, en esas. En esas.
CULPABLES
Si en el derrumbe de la línea dorada del Metro la responsabilidad la tuvieron los inimputables pernos, en el descarrilamiento del tren del Istmo la culpa fue del maquinista y hasta del despachador.
En el primer caso se reconstruyó parte de la obra. Slim no cobró el parche, pero a él tampoco le cobraron lo mal hecho antes.
En el segundo desastre mortal, ahora se modifican las curvas y el trazado del tren.
-¿Entonces el maquinista fue culpable de la mala ingeniería en el diseño de la ruta, tan deficiente como para modificarlo?
Se puede repetir la pregunta:
¿En manos de quien estamos? Misma respuesta.
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