Opinión

La historia sin disfraces

Hernán Cortés

«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Antonio Gramsci

Cada cierto tiempo reaparecen intentos por revestir de nostalgia la Conquista. Este agosto, la convocatoria para recrear el antiguo Paseo del Pendón en la Ciudad de México vuelve a colocar sobre la mesa una vieja discusión. Aquella ceremonia virreinal no era una fiesta popular: conmemoraba la caída de México-Tenochtitlan, honraba a los conquistadores muertos y reafirmaba la autoridad de la Corona de Castilla sobre los territorios conquistados. Hoy resurge impulsada por organizaciones de corte hispanista y grupos vinculados a la extrema derecha.

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió con una frase que resume el sentir de buena parte de los mexicanos: “No creo que les vaya muy bien”. Recordó que ya hubo intentos recientes de reivindicar a Hernán Cortés que no encontraron respaldo popular. “Si algo celebra el pueblo de México es nuestra Independencia”, afirmó. Conviene, entonces, regresar a la historia, no para justificar la Conquista ni para convertirla en un relato de héroes y villanos, sino para comprenderla con rigor y evitar que el pasado sea utilizado como arma política.

Hernán Cortés, nacido en Extremadura, no emprendió la conquista en nombre de un Estado español como el que hoy conocemos. En 1519 ese Estado nacional aún no existía. La expedición fue reconocida por la Corona de Castilla, a la que jurídicamente quedaron incorporadas las Indias. Aunque Carlos I gobernaba también Aragón y otros territorios europeos, fue en su calidad de rey de Castilla como recibió las Cartas de Relación de Cortés y bajo esa jurisdicción quedaron las nuevas posesiones americanas. En Europa sería conocido como Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. No es una precisión menor: confundir la Corona de Castilla con la España contemporánea termina construyendo una historia útil para las disputas del presente.

La conquista tampoco fue obra exclusiva de unos cuantos españoles. El 13 de agosto de 1521 cayó México-Tenochtitlan tras casi tres meses de sitio. Los europeos eran apenas unos cientos de combatientes; el grueso del ejército estaba integrado por decenas de miles de guerreros indígenas aliados de Cortés. Dichos pueblos participaron de manera decisiva en la campaña. Nada de ello disminuye el hecho fundamental: la caída de Tenochtitlan dio origen a un régimen colonial que, durante casi tres siglos, implicó sometimiento político, explotación económica, profundas transformaciones sociales e imposición de nuevas estructuras de poder. Pero también inició un largo proceso de mestizaje biológico, cultural y lingüístico del que, con el paso del tiempo, surgiría la nación mexicana.

Ese mestizaje explica buena parte de lo que hoy somos. Nuestro idioma, muchas de nuestras instituciones y una parte importante de nuestra cultura provienen del periodo virreinal. Al mismo tiempo, México sería incomprensible sin sus pueblos originarios, que conservaron lenguas, tradiciones y una continuidad histórica muy anterior a la llegada de los europeos. Nuestra identidad nació del encuentro —violento, desigual y profundamente doloroso— entre ambas raíces.

México ya conoció expresiones de ese radicalismo. En 1948, durante actos promovidos por grupos sinarquistas, algunos participantes escupieron la estatua de Benito Juárez, ubicada en el Paseo de la Reforma, y utilizaron la bandera nacional para barrer las calles frente a la Catedral Metropolitana, en una provocación contra el legado liberal. No es casual que hoy algunas corrientes hispanistas intenten resignificar símbolos semejantes para reabrir viejas fracturas históricas.

La historia no necesita apologías ni condenas simplistas. No necesita nostalgias imperiales ni leyendas negras. Necesita documentos, contexto y pensamiento crítico. Comprender la Conquista en toda su complejidad no significa justificarla; significa impedir que el pasado sea utilizado como propaganda al servicio de las disputas del presente.

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