Opinión

Nicaragua y su sueño norcoreano

Daniel Ortega

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, en su discurso oficial durante el acto conmemorativo del aniversario de la Revolución Sandinista, declaró textualmente: “Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones”. Con ello, le quitó la máscara a la dictadura familiar que ha instaurado. Lo curioso, por decir lo menos, es que, al hacerlo, pone a su país en ruta a seguir el modelo político de Corea del Norte, que se caracteriza por el carácter dinástico del régimen totalitario. Somocismo, nada más que en versión turbo.

Ortega afirmó abiertamente que la medida buscar evitar que los partidos de oposición “intenten atrapar el gobierno”. Su justificación fue decir que las fuerzas opositoras son todos títeres de Estados Unidos y unos vendepatrias. Lleva al extremo la idea de que una facción política, la suya, tiene la representación exclusiva de los intereses populares y, por lo tanto, quienes disienten son enemigos del pueblo y aliados a intereses hostiles extranjeros. La polarización excluyente.

Para lograr ese cometido, Ortega tiene una dócil Asamblea Nacional a su servicio (ese órgano legislativo es producto de elecciones fraudulentas, en las que el dictador nicaragüense mandó a la cárcel o al exilio a todos los candidatos opositores), que se encargará de imponer leyes que sirvan de barrera a la participación política de la oposición.

Muchas naciones en el mundo han reaccionado condenando la medida. Ortega, fiel a su estilo, se ha peleado con todos ellos, retirando embajadores y lanzando andanadas retóricas. Una lamentable excepción ha sido el gobierno mexicano. Claudia Sheimbaum ubicó la decisión unilateral como parte de la autodeterminación del pueblo nicaragüense, aunque recalcó que el modelo mexicano defiende la vía electoral para llegar al poder y también para renovarlo o revocarlo.

La autodeterminación, o la “soberanía nacional”, son parte nodal de la justificación que usan Daniel Ortega y su esposa, la copresidenta Rosario Murillo, para sostener su decisión. En un guion ya visto en otros lados, se ponen como víctimas: se están defendiendo de una conspiración internacional, que pretende un golpe de Estado (eso de la oposición “golpista” es un leit motiv en muchas partes). En el mismo guion apelan a una frase cada vez más manida como pretexto para acciones antidemocráticas: la seguridad nacional. Detrás, se maneja la idea de que el país está en guerra ante fuerzas extrañas, cuando en la mayor parte de las ocasiones, es el gobierno que está en guerra en contra de los intentos de transparencia, de rendición de cuentas o de participación plural.

La gran mayoría de los regímenes autoritarios modernos mantienen procesos electorales restringidos o simulados, que les permiten, a veces, conservar una fachada de legitimidad institucional. Hasta el totalitarismo cubano, con todo y su partido único, las tiene. Ortega y Murillo han ido más allá: consideran que las elecciones mismas son herramientas del imperialismo: son el camino del “golpe” y de la inestabilidad política.

Hay un elemento adicional en esta trágica vuelta de tuerca. El carácter familiar de la sucesión en la cabeza del poder. Se trata de una copresidencia de la pareja. Daniel Ortega tiene 80 años y, si llegara a morir sin un cambio de régimen, la sucesión legal recaería sobre su esposa, Rosario Murillo, quien cuenta ya con el control operativo de la Policía Nacional, con el control de las alcaldías y con el aparato de propaganda del Estado.

La pareja dictatorial ha dejado claro que tiene un heredero designado: Laureano Ortega Murillo, su hijo predilecto, cuya presencia pública y exposición en medios oficiales ha crecido en los últimos meses, donde aparece en las reuniones de más alto nivel del Estado. Laureano ha sido el puente directo del régimen en los acuerdos estratégicos que Nicaragua ha firmado con China y Rusia. Todo indica que el plan apunta a que la Asamblea al servicio de los Ortega establezca un sistema institucional cerrado, en el modelo de Corea del Norte. Una sucesión controlada para generar una dictadura dinástica.

Hay que decir que Corea del Norte tiene tal vez la dictadura más exitosa del mundo, en términos de su estabilidad. Ya son tres generaciones de los Kim y no parece que haya visos de cambio próximo. Pero ello se debe al menos a cuatro factores: la fuerza de la Idea Juché de Kim Il Sung, que sustituyó a la religión; el aislamiento total de la población norcoreana al resto del mundo; las garantías que le da China, que usa a Norcorea como zona de colchón militar y, finalmente, el poder de disuasión nuclear del régimen.

En Nicaragua no hay nada de eso. Sigue dependiendo económicamente de su relación comercial con Estados Unidos y otros países capitalistas; su control de la población no es comparable, porque la información fluye y las personas entran y salen del país; no hay unidad ideológica (Ortega se encargó de encarcelar o exiliar a figuras icónicas del sandinismo, pero no logró la unanimidad entorno a su figura); la lealtad del ejército depende de las prebendas; Nicaragua no tiene mayor importancia geopolítica ni fuerzas disuasivas.

¿Qué podemos esperar en el futuro próximo? Una creciente cerrazón y un mayor endurecimiento y enloquecimiento del régimen, pero no que el sueño norcoreano de los Ortega Murillo pueda realizarse. Mientras tanto, es muy triste ver que un país como México no condene este atentado contra la autodeterminación de los pueblos y más triste, todavía, es recordar en lo que se han convertido las esperanzas que, en distintos momentos, desencadenó la Revolución Sandinista.

Posdata: Esta columna se tomará unas merecidas vacaciones de un par de semanas.

Twitter: @franciscobaez

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