
Este jueves dará inicio la Copa Mundial de Fútbol 2026 concentrando la atención de la sociedad y evidenciando las poderosas relaciones que se establecen entre este deporte y el mundo de la política. En México, el fútbol nunca ha sido solamente un deporte. También ha sido -y continuará siendo- un idioma político que impacta al conjunto de la sociedad. El fútbol y la política nunca han representado campos separados. En realidad el fútbol se ha constituido como un espejo multidimensional de las tensiones y dinámicas del poder en la sociedad. Por ello, el fútbol es mucho más que un deporte. En las sociedades contemporáneas se ha convertido en uno de los fenómenos culturales de mayor alcance, capaz de movilizar emociones, construir identidades y generar formas de pertenencia que pocas instituciones logran producir. El fútbol puede entenderse como una auténtica política de masas.
Gobiernos, partidos políticos y diversos actores del poder comprendieron que el fútbol constituye un lenguaje universal capaz de llegar a millones de personas. Los estadios se transformaron en espacios de encuentro colectivo donde se expresan sentimientos de comunidad, orgullo territorial y reconocimiento social. La camiseta de un equipo funciona frecuentemente como bandera simbólica que representa una historia compartida, un barrio, una ciudad e incluso una nación. En el fútbol se producen narrativas colectivas, valores y símbolos que influyen en la manera como las personas interpretan la realidad. Además, la pasión futbolística crea vínculos emocionales profundos que fortalecen la cohesión social, pero que también pueden ser utilizados para orientar políticamente a la opinión pública. En este sentido, la cultura popular es un terreno propicio para la construcción de consensos sociales.
El fútbol funciona como una política de masas que produce acción, organización y esquemas comunicativos dirigidos a grandes sectores de la población con el objetivo de movilizar, integrar, representar o influir en amplios grupos sociales. La política de masas busca producir movilización colectiva involucrando grandes sectores poblacionales, generando sentimientos de pertenencia y promoviendo el uso de símbolos y emociones por medio de clubes deportivos, banderas, himnos, ceremonias públicas, discursos y diferentes narrativas. La política de masas no se dirige únicamente a la razón, sino también al sentimiento grupal. Depende de la existencia de medios de comunicación capaces de llegar simultáneamente a millones de personas. La política de masas no es necesariamente democrática, ni autoritaria. Ella puede adoptar formas muy distintas y es peligrosa cuando se basa en la obediencia, el culto al líder y la eliminación del pluralismo.
El fútbol puede ser interpretado como una política de masas no porque sea una actividad gubernamental, sino porque moviliza identidades colectivas, genera emociones compartidas y produce formas de integración a gran escala. Las selecciones nacionales y los grandes torneos crean comunidades imaginarias que comparten símbolos, lealtades y relatos comunes. La famosa expresión de “pan y circo”, heredada de la antigua Roma, suele aparecer en los análisis críticos sobre el fútbol. Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple herramienta de manipulación sería una simplificación excesiva. El fútbol no solo entretiene, también produce memorias y formas de organización social que generan redes de solidaridad y participación con efectos políticos reales. La política y el mercado compiten intensamente por apropiarse de esta enorme capacidad de convocatoria.
Entender el fútbol como política de masas implica reconocer que no se trata únicamente de un juego. Es un escenario complejo donde se disputan significados, identidades y emociones colectivas. Allí se expresan tanto las aspiraciones de integración y pertenencia, como las estrategias de poder que buscan influir sobre la sociedad. El fútbol revela que la política también se produce en aquellos espacios donde las multitudes construyen sentidos compartidos sobre quiénes son y qué comunidades desean representar. La participación masiva puede, asimismo, sustentar algunas formas autoritarias de dominación.