Opinión

El Mundial, herramienta de transformación social

El fútbol nunca ha sido solo un deporte. Es identidad, memoria colectiva y tejido de los barrios que no salen en las primeras planas. En muchos lugares del mundo, el fútbol es también un sentido de pertenencia y un lugar de encuentro de distintas generaciones. Por eso el Mundial tampoco es sólo un espectáculo deportivo. Es política, es economía, es disputa por el relato de quiénes somos y hacia dónde vamos.

En 2026, México volverá a recibir al mundo junto con Estados Unidos y Canadá. Será la primera Copa del Mundo celebrada en suelo mexicano desde aquel mítico 1986: el de Maradona, el de los estadios abarrotados y el de un país que se convirtió, por unas semanas, en el centro de la conversación global.

Pero esta vez el torneo llega en un contexto distinto. Llega en un momento en el que México discute no sólo cómo organizar un Mundial, sino también cómo aprovecharlo para fortalecer comunidades, recuperar espacios públicos y acercar el deporte a las nuevas generaciones. Por eso, nuestra presidenta Claudia Sheinbaum impulsa la iniciativa Mundial Social, con el interés de que el torneo trascienda su temporalidad y deje frutos palpables en nuestras comunidades.

Durante mucho tiempo, los grandes eventos deportivos fueron entendidos bajo una lógica que privilegiaba la rentabilidad inmediata sobre el beneficio colectivo. La atención se concentraba en las cifras de inversión, en los contratos y en la derrama económica, mientras que el impacto social de largo plazo quedaba relegado a un segundo plano.

La Cuarta Transformación ha planteado una visión distinta. Un Mundial no debe medirse únicamente por los turistas que recibe o los ingresos que genera durante unas semanas. También debe evaluarse por la capacidad que tiene para recuperar espacios públicos, fortalecer el tejido comunitario, ampliar oportunidades para niñas, niños y jóvenes, y dejar infraestructura útil para la gente mucho después de que el torneo haya terminado.

¿Qué significa eso en la práctica? Significa que la infraestructura que se construya o rehabilite para 2026 tiene que seguir funcionando para el barrio el día después de la final. Significa que los empleos que genere el Mundial deben ser empleos con derechos, con salario digno, con seguridad social. Significa que los pequeños comerciantes, los artesanos, las cooperativas de mujeres, los músicos callejeros, deben tener un lugar garantizado en la economía del evento, no ser desalojados para hacer espacio a las franquicias transnacionales.

El deporte tiene una capacidad única para construir comunidad. Cuando México anota, no importa si el que grita es de la colonia Tepito o de Santa Fe, si viene de Oaxaca o de Monterrey. En ese segundo, somos uno. Esa fuerza cohesionadora, esa energía colectiva, no puede desperdiciarse.

Hablamos de programas de deporte base en las colonias que recibirán visitantes. De escuelas con canchas rehabilitadas. De barrios con parques dignos. De jóvenes que vean en el deporte no solo un sueño de gloria, sino una disciplina accesible que les dé más y mejores opciones de vida. Si el Mundial 2026 deja ese legado, habrá valido la pena mucho más allá del marcador final.

Y en esa exigencia, la voz de la presidenta Claudia Sheinbaum no puede ignorarse. Sheinbaum ha sido enfática en señalar que el deporte social, el deporte de base, el que se practica en la tierra del potrero y no en el césped de los clubes privados, es un derecho y no un privilegio. Desde su paso por la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México hasta su llegada a la presidencia, ha impulsado la idea de que el acceso a la actividad física y al deporte comunitario forma parte del mismo proyecto de justicia que guía a la Cuarta Transformación. “El deporte es salud, es bienestar, es integración social”, ha dicho.

El verdadero éxito del Mundial no se definirá únicamente por los partidos que se jueguen ni por los visitantes que lleguen al país. Se definirá por lo que permanezca cuando el torneo termine. Si logramos que deje comunidades más fuertes, espacios públicos recuperados y más oportunidades para niñas, niños y jóvenes, entonces habremos entendido que el deporte puede ser mucho más que espectáculo: puede ser una herramienta de transformación social.

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