Opinión

Israel y su política de la muerte administrada

Ataque continuo israelí a Líbano sigue dejando victimas mortales (HAITHAM IMAD/EFE)

Mientras seguimos con nuestras vidas cotidianas, en Gaza continúan la guerra, las masacres y un sufrimiento humano de enormes proporciones. La distancia geográfica no disminuye el peso moral de esa tragedia. Cada día que pasa, nuevas vidas se pierden, nuevas familias son desgarradas y nuevos niños ven truncado su futuro. La normalización de ese dolor constituye uno de los mayores fracasos éticos de nuestro tiempo, que se presenta cuando la violencia deja de conmovernos y el sufrimiento ajeno se vuelve parte del paisaje informativo. Así, todos perdemos una parte de nuestra humanidad. El verdadero drama de Gaza no consiste únicamente en la enorme cantidad de muertos. Consiste en la transformación de millones de personas en vidas prescindibles y descartables.

Después de meses de bombardeos, desplazamientos forzados, destrucción sistemática de hospitales, escuelas e infraestructura civil, bloqueo prolongado de ayuda humanitaria, de una catástrofe humanitaria sin precedentes y de acusaciones -cada vez más frecuentes- de una política genocida orientada específicamente contra las infancias, resulta extremadamente complicado sostener que estamos únicamente frente a una guerra convencional. La magnitud del sufrimiento humano provocado a un pueblo desarmado ha desplazado el debate, desde la estrategia militar hacia las responsabilidades éticas y jurídicas del Estado judío. De esta manera, la mayor derrota del actual gobierno israelí no es militar. Es básicamente moral.

El gobierno encabezado por Benjamin Netanyahu ha convertido la seguridad nacional en un principio absoluto, dejando de reconocer los límites impuestos por el derecho internacional humanitario y por la dignidad humana. Se ha transformado en una Razón de Estado capaz de justificar cualquier acción. Precisamente aquí reside la gravedad del actual momento histórico. La tragedia de Gaza solamente puede entenderse mediante una categoría filosófica particularmente poderosa, representada por la producción de seres humanos como excedentes. Sobre esto, conviene recordar a Hannah Arendt quien advirtió que los regímenes más violentos del siglo XX produjeron seres humanos “superfluos”, es decir, personas cuya existencia deja de ser política, social y culturalmente relevante. Ya no son ciudadanos, sino obstáculos; ya no son sujetos de derechos, sino problemas administrativos.

El poder soberano alcanza su expresión extrema cuando decide quien merece vivir y quien puede morir. En Gaza esta lógica adquiere una dimensión estremecedora.

Cuando una población deja de ser tratada como un conjunto de individuos con nombre, historia y derechos, para pasar a ser considerada únicamente un problema de seguridad, comienza el proceso de deshumanización. Esta deshumanización no consiste solamente en matar. Se proyecta sobre todo, en dejar de reconocer la humanidad del otro. En este contexto, recordar el Campo de la Muerte de Auschwitz significa impedir cualquier política que normalice la destrucción sistemática de civiles, independientemente de quien la ejecute. La memoria del sufrimiento debe universalizar la compasión, nunca monopolizarla.

Además, el genocidio que Israel lleva a cabo en Gaza ilustra a la perfección el desarrollo del neofascismo contemporáneo. Este modelo autoritario de nuevo tipo no mira al pasado sino al futuro, articulando un discurso de protección violenta de la diferencia nacional, étnica, racial, religiosa y de otro tipo en contextos de conflicto extremo. No se trata del renacimiento de los antiguos modelos del fascismo, sino de una reformulación cultural y política del mismo, que busca conquistar el sentido común, para redefinir las prioridades políticas colectivas y para orientar en su favor a la opinión pública.

El viejo fascismo que ahora renace en Israel se ha transformado con éxito, manipulando lo social y lo identitario por medio del uso estratégico del lenguaje, dado que controlar los significados equivale a manipular a la sociedad. Es posible afirmar que existen momentos trágicos en la historia del planeta en los que la política deja de administrar la convivencia para administrar la muerte. Palestina representa hoy uno de esos momentos.

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