
En estos días de acoso y penuria profesionales resulta paradójicamente reconfortante pensar en Manuel Buendía, a pesar –o quizá por eso mismo--, de la forma aleve como fue asesinado. Después de él muchos periodistas han sido muertos a tiros en este país y la autoridad política solamente se ha alzado de hombros. Su memoria acompaña la de otros tantos muertos sin justicia.
Elliot, en “La tierra baldía”, dice:
“...pienso que estamos en el corredor de las ratas, donde los hombres muertos, perdieron sus huesos.” “En algo andaría metido”, dice el infame sistema sin ley ni compromiso cuando asesinan a un periodista. Así se desentiende. Al poder -- insaciable uróboro-- no le importa nada excepto devorar su propia cola.
Es más, la indiferencia y el desprecio, le allanan el camino de su comodidad mientras recita sin convicción ni compromiso las huecas palabras en defensa y garantía de la libertad de expresión. Puro teatro.
Como pocos, Buendía dejó una generación de hombres y mujeres dispuestos si no a emularlo, sí a recordarlo. Alguien cuyo trabajo mezcla ambas cosas, es Miguel Ángel Sánchez de Armas quien ha puesto a circular --en el papel y el ciberespacio--, un estupendo ensayo sobre el periodismo de Manuel Buendía. “La red privada”, se llama.
Libro bien estructurado, pleno de datos y certezas, seguridad y confirmaciones sobre todos los altibajos del camino profesional de Buendía. Toda una aventura.
Me permito reproducir --sin haber solicitado autorización para tal divulgación--, el prólogo del dicho libro, tan nuevo como pan recién horneado en la tahona de la memoria y el ejemplo.
“Este libro no es una biografía del periodista ejecutado el 30 de mayo de 1984 para silenciar su pluma. Tampoco es un estudio crítico de su obra. Es un álbum de recuerdos, instantáneas de la trayectoria de un hombre que fue mi amigo y mentor y que vi como ejemplo de eficacia y rectitud profesional. Aquí están entremezcladas citas de sus conferencias, estampas de su
desempeño como profesor, redactor, reportero, director, editor, columnista, documentalista y jefe de prensa, y reflexiones y reseñas de algunos de los temas que presentó en sus columnas,
“Para muchos de mi generación Manuel Buendía es el arquetipo del columnista. Su obra fue y sigue siendo relevante porque los temas que abordó permanecen en el centro de la vida pública mexicana, porque ejerció un periodismo que buscaba develar lo que el poder se empeña en ocultar y porque su asesinato en 1984 se convirtió en el símbolo de los riesgos que enfrenta el periodismo independiente en México, hoy el país más peligroso en el mundo para el ejercicio de esta profesión.
“Su trabajo es un punto de referencia ético y profesional para comprender el papel crítico del periodismo en una sociedad democrática. Buendía sigue entre nosotros porque la esencia del periodismo en el que él creía sigue siendo la misma.
“Mostró cómo el poder manipula la verdad mediante el control del lenguaje y la información. Expuso la relación entre política, seguridad y crimen, y los mecanismos mediante los cuales se oculta o distorsiona la información pública.
“Si otros han explicado teóricamente cómo opera la manipulación del poder sobre la verdad, Buendía la documentó empíricamente en la práctica política mexicana.
“Su obra no ha perdido vigencia. Las columnas que escribió hace medio siglo mantienen una claridad de juicio que sigue dialogando con el presente. Demuestran que la defensa de la verdad, la independencia frente al poder y el escrutinio público de las estructuras políticas siguen siendo tareas esenciales del periodismo.
“La pregunta que nos hicimos en 1984 y nunca tuvo respuesta, “¿Quién mató a Manuel Buendía?”, no tiene sentido hoy si no entendemos primero quién fue Manuel Buendía. Eso puede aclarar por qué fue él y no otro periodista el blanco de la mente asesina.
“Mi propósito es abonar a ese conocimiento.
“Su asesinato el 30 de mayo de 1984 desató una ola de dolor, indignación y temor. La sensación de que “si pueden matar a Buendía pueden matar a cualquiera” fue la confirmación de la impunidad en que vivíamos y que hoy sigue entre nosotros.
“Sabemos que fue ejecutado para silenciarlo y que el o los verdaderos autores intelectuales quedaron impunes y muy probablemente los gatilleros eliminados. Lejos estoy de probar esto, pero los personajes que fueron enjuiciados y sentenciados por su presunta participación en el asesinato nunca aceptaron su responsabilidad.
“Y fueron preliberados sin cumplir sus condenas.
“Lo dijo José Emilio Pacheco: la muerte de Buendía fue “la prueba trágica e irrefutable del poder de las palabras”.
“Yo tenía veinte años cuando conocí a Manuel Buendía y treinta y cinco cuando lo asesinaron. Nuestra amistad no fue automática, pero una vez establecida se hizo firme, con los altibajos propios de estas relaciones. Don Manuel fue un mentor estricto, generoso y paciente. Lo recuerdo de muchas maneras: la calidez y el sentido de humor de su trato; el valor que daba a la amistad y a la solidaridad y la certeza de que vivía en el mejor de los mundos
profesionales.
“Siempre estaba disponible para sus amigos, aborrecía los vicios y
corruptelas del periodismo y tenía un alto sentido de la gratitud.
“Fue fiel a sí mismo, a su vocación y a sus principios.
“Que tuvo una personalidad compleja y de claroscuros, sin duda. “Que juntó su cuota de detractores, también.
“Buendía fue asesinado seis meses después de publicar “La CIA en México”, una exploración periodística sobre las actividades en nuestro país de una de las más pugnaces y letales herramientas de desestabilización de Washington -cuyas operaciones entre nosotros recién saltaron a las primeras planas con la muerte de
dos de sus agentes en Chihuahua-, hoy encarnada en la figura de un alto oficial de la agencia colocado como embajador.
“Mi ejemplar guarda una dedicatoria trazada en su letra nítida y segura:
“Para Miguel Ángel, cuyo afecto para mí se vuelve fortaleza de ánimo en la lucha cotidiana de un combatiente por México”.
“Al temor y desasosiego levantados por el asesinato siguió una ola de marchas, protestas, plantones y desplegados para exigir el esclarecimiento del crimen. Se integraron comités de seguimiento de las investigaciones y se formó una fiscalía especial del caso.
“Hubo homenajes a la memoria de Manuel Buendía, mucha tinta e imágenes en los medios, un premio, una estatua y su nombre en calles y escuelas.
“El 30 de mayo se convirtió en una suerte de día del periodismo.
“Yo promoví una institución dedicada a las tareas en las que él creía. Y cuarenta años después cumplí el encargo que me hiciera Benjamín Wong la noche del crimen: “Escriba la crónica”.
“Por fortuna la memoria no sabe de tiempos.
“En mayo de 2026 conmemoramos el centenario del natalicio de Manuel Buendía y el 42 aniversario de la ejecución que quiso silenciarlo.
“Lo recordamos siempre”.
El libro termina con las palabras de José Emilio Pacheco. Vale la pena citarlas porque guardan relación con algo frecuentemente pasado por alto en este tiempo del gozoso analfabetismo de las redes: la calidad de la herramienta. La palabra escrita y bien escrita.
Dice JEP:
“El periodismo podría definirse como literatura practicada bajo presión: las emociones, las circunstancias, la tiranía del reloj aumentan la dificultad de crear con el lenguaje los valores de la exactitud, la brillantez, la eficacia y aun el disfrute estético.
“Un escritor puede tomarse semanas, meses y hasta años para terminar una obra. Un periodista tiene que vérselas todos los días con sus apremios. De ahí que constituya un mérito la redacción simplemente correcta de una noticia o un reportaje y se alcance un estadio superior cuando el periodista, con la simple alquimia de su estilo, crea arte literario…”
Un libro conveniente, oportuno y para muchos, indispensable. Gracias a Sánchez de Armas por hacerlo.
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