Opinión

La costumbre del calor

Calor extremo (Andrea Murcia Monsivais)

Lo más peligroso del calor extremo no es que el termómetro llegue a 50 °C. Es que llegue el día en que dejemos de llamarlo extremo. Una vieja fábula cuenta que una rana arrojada al agua hirviendo intenta escapar, pero si el agua se calienta poco a poco permanece dentro hasta que es demasiado tarde. Biológicamente, el relato es discutible —una rana sana trataría de huir—; como metáfora de nuestra conducta, resulta devastador: cada verano desplazamos un poco más el límite de lo tolerable y confundimos adaptación con resignación. A diferencia de la rana, nosotros conocemos el fuego, medimos la temperatura y, aun así, permanecemos dentro. Ese es el peligro moral de la “nueva normalidad”: lo que la ciencia nombra para describir un cambio, la política puede convertirlo en una manera de administrar la resignación.

La Gaceta UNAM documenta que el verano de 2026 llegó a temperaturas de hasta 50 °C, incendios en Europa y más de 30 mil muertes por encima de lo esperado durante la reciente ola de calor. El dato más elocuente no es un récord, sino una comparación: Francia registró 26 olas de calor entre 1947 y 2010 y casi la misma cantidad entre 2011 y 2025. Sesenta años comprimidos en quince. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que América del Norte, África y Asia registraron su julio más cálido, mientras Europa occidental atravesó su periodo junio-julio más caliente. No son accidentes locales, sino una crisis simultánea: calor, sequía, fuego, pérdida agrícola, presión energética y enfermedad. El clima ya cambió de lenguaje; somos nosotros quienes insistimos en llamarlo “señales” para no tener que responder.

En México, la advertencia debería encender todas las alarmas. Investigadores de la UNAM han calculado que el país se calentó 1.8 °C, entre el periodo preindustrial y 2024, que su tasa de calentamiento supera el promedio mundial. Aquí, adaptarse no puede significar que quien pueda compre frío y quien no pueda quede abandonado bajo el sol. Debe significar árboles nativos, corredores de sombra, techos claros, horarios laborales protegidos, bebederos públicos, refugios climáticos, alertas tempranas, hospitales preparados y una política hídrica que deje de tratar los acuíferos como cuentas bancarias sin fondo. Y debe significar reducir emisiones: adaptarse sin mitigar sería aprender a respirar dentro de una casa que sigue incendiándose.

Esta semana, el calendario parece escrito como una advertencia. Mientras la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación se reúne en Mongolia —cuando el hasta 40 % de la superficie terrestre ya está degradada—, el 27 de agosto se conmemora el Día Mundial de los Lagos y el 29, el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares. Tierra, agua y memoria de la destrucción humana reunidas en unos cuantos días.

Las efemérides sirven de poco si sólo iluminan edificios de verde y producen mensajes oficiales. Una fecha que no mueve un presupuesto, modifica una obra pública o cambia una norma corre el riesgo de convertirse en coartada. Un lago que se seca, un suelo que deja de alimentar y una atmósfera recalentada forman parte del mismo fracaso: creer que la naturaleza es escenario y no condición de nuestra existencia. Llamar “normal” al calor extremo no lo vuelve inevitable; solamente vuelve menos visibles a sus víctimas.

La ciencia explicó las causas y advirtió las consecuencias. La ignorancia ya no puede ser coartada política. Todavía podemos elegir entre una normalidad construida con prevención, justicia y cuidado, u otra hecha de apagones, incendios, cosechas perdidas y funerales evitables. El desafío no es recuperar el clima de nuestra infancia —quizá ya sea imposible—, sino impedir que, para la infancia que viene, la sombra sea un privilegio, el agua un lujo y el verano una amenaza.

La temperatura del planeta se mide en grados. La temperatura moral de una sociedad, en las vidas que protege antes de que el calor las convierta en estadística.

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