
En las últimas semanas, la Universidad Nacional Autónoma de México vivió uno de sus episodios más críticos de los años recientes: una aplicación inequitativa del examen de ingreso a la licenciatura dejó fuera a miles de aspirantes que se prepararon durante meses para dar paso a tramposos que se aprovecharon de la tecnología y la falta de supervisión. En una decisión más que honesta y de enorme valentía, el Rector Leonardo Lomelí Vanegas determinó convocar a cerca de 60 mil aspirantes para un examen de control que permitiera dilucidar quiénes contaban con los merecimientos para ingresar a la educación superior. Distintas autoridades y entidades, entre ellas la Auditoría Superior de la Federación, la Auditoría Interna de la Universidad y la Comisión Técnica de Personas Expertas convocada por el Rector, ya investigan, desde distintas aristas, qué sucedió, dónde se presentaron las fallas y omisiones y cuáles pueden ser las posibles rutas futuras para el ingreso a la Universidad Nacional.
En mis más recientes colaboraciones – pero también en otros momentos – me he referido a la ética como una condición que las sociedades modernas han dejado de lado. Los hechos recientes de trampa y fraude que muchos para garantizar el ingreso a una licenciatura, así como la falta de reflexión y autocrítica de grandes sectores de la sociedad, dan cuenta de ello y tendrían que sacudirnos. Por ello, la manera en la que la Universidad y sus autoridades y funcionarios enfrentaron la coyuntura deben de destacarse como ejemplo: se reconoció el error acompañado de una disculpa, se asumieron los costos académicos, sociales, políticos y reputacionales con entereza y sin cortapisas, se ofreció una alternativa que concilió lo deseable con lo posible, y seguramente muy pronto se inaugurará una nueva manera de hacer frente a la más que legítima aspiración de miles de jóvenes de ocupar un espacio en la mejor universidad de México.
Quizá para muchos se trató de tapar el pozo una vez ahogado el niño. Para otros, acaso, el resultado fue el de haber salido “lo menos raspados posible” de una crisis que pintaba para peor. Para mí, en cambio, como profesor y funcionario universitario se trató de una lección de fortaleza institucional y de priorización de lo fundamental al preferir asumir el error, que buscar barrer la suciedad debajo del tapete y hacer como si nada hubiera pasado. Formo parte de esta institución desde hace más de un cuarto de siglo cuando ingresé a sus aulas como estudiante y nunca había sido testigo de algo tan maravilloso como extraño: el rechazo prácticamente unánime de su comunidad – de palabra y de acción – a asumir resultados contaminados por el engaño y la estafa que contradicen la esencia de la Universidad, aquella basada en la verdad, la honestidad, la equidad y la justicia. El ardid de unos cuantos se ahogó en el valor de quienes amamos a la Universidad.
El proceso aún no ha concluido – antes de que termine la semana se publicarán los resultados y las investigaciones solicitadas por el Rector continuarán – pero la etapa más crítica ha sido superada. En medio de ello, queda el esfuerzo coordinado y dedicado de cientos de universitarias y universitarias que hicieron posible un examen de control en tres sedes foráneas y una en la Ciudad de México, 18 turnos de aplicación de la prueba a cerca de 37 mil estudiantes y el diseño, la logística y la operación preparadas y ejecutadas con excelencia en tan solo tres semanas, cuando el proceso en condiciones normales implica varios meses de trabajo. Difícil imaginar una lección de fortaleza institucional similar que aquella que, de manera coordinada entre sus estructuras e integrantes, asume una falla, plantea opciones e implementa soluciones. Infinitas gracias a todas y todos quienes formaron parte de esto.
Por otra parte, la priorización de lo fundamental por encima de lo práctico merece señalarse. Cuando algunas voces pretendieron sembrar la posibilidad de voltear hacia otro lado, las miradas de la institución y del Rector se mantuvieron fijas en lo trascendental: la Universidad basa su grandeza, tradición y relevancia en principios que antaño le dieron origen y hoy confirman su vigencia. Imposible transigir con la trampa y el engaño en cualquier circunstancia, máxime cuando estas generan injusticia y exclusión. Con seguridad, la decisión, aunque compleja, debió de haber resultado obvia y evidente. Para cualquier universitaria o universitario de los de verdad, ningún costo o riesgo era mayor que el de ignorar lo evidente. No lo fue para el Rector y hoy, como siempre, pero sin duda más que hasta ahora, ¡qué orgullo ser parte de la comunidad y la institución universitarias!
En tiempos de vacíos éticos, gracias, UNAM.
Profesor de la UNAM
Twitter: @JoaquinNarro
Correo electrónico: joaquin.narro@gmail.com