Opinión

Marko Escalante: retratar la calle

Marko Escalante: retratar la calle

En la fotografía que acompaña esta entrega un hombre cruza en bicicleta frente al Zócalo de la Ciudad de México. Lleva a cuestas —o, mejor dicho, sobre la parrilla trasera— dos enormes recipientes metálicos cuya función ignoramos. Frente a él ocurre casi todo: la Catedral, parcialmente cubierta por andamios; una rueda de la fortuna; juegos mecánicos; carpas; vallas; peatones; el Palacio Nacional; y un cielo espectral que se antoja imposible. Una ciudad que parece estar simultáneamente en obras, de fiesta y bajo custodia. Su autor es el fotógrafo y curador mexicano Marko Escalante, y forma parte de la exposición a la que le dedico estas líneas.

El ciclista atraviesa el primer plano sin mirar a la cámara. Probablemente nunca supo que alguien lo fotografiaba. Su sombra se proyecta sobre el asfalto mientras pedalea hacia algún lugar fuera del encuadre. Es un instante insignificante de la vida de la ciudad. Precisamente por eso resulta significativo.

La imagen forma parte de La calle también se enmarca, exposición colectiva de fotografía callejera que se presenta del 31 de agosto al 28 de septiembre en Aguafuerte Galería, en la colonia Roma Norte, bajo la curaduría del propio Escalante y de Israel Alvarado. La muestra reúne a veinte fotógrafos urbanos: diez convocados directamente y otros diez seleccionados mediante una convocatoria abierta que recibió más de ochenta propuestas.

El título contiene ya una pequeña declaración de principios: la calle merece no solo el retrato casual y por lo regular efímero sino el marco que particulariza el instante y lo traduce al lenguaje de lo perdurable.

Acaso habría que invertir los términos: la calle siempre ha estado enmarcada. Lo hacemos cada vez que miramos a través de una ventana, cuando observamos desde la mesa de un café, cuando elegimos detenernos frente a un rostro entre cientos de personas o cuando, caminando, aislamos involuntariamente una escena del ruido visual que la rodea. El fotógrafo callejero simplemente hace consciente ese mecanismo.

La exposición sugiere que fotografiar no consiste únicamente en mirar, consiste en elegir qué mirar. En una época en la que prácticamente todos llevamos una cámara en el bolsillo, esta distinción no es un dato menor. Nunca en la historia se habían producido tantas fotografías y probablemente nunca habíamos dedicado tan poco tiempo a observarlas. Inocua materia para el desecho digital.

Fotografiar se ha convertido en una suerte de registro compulsivo de la nimiedad: fotografiamos lo que comemos, los lugares a los que llegamos, las personas a quienes encontramos, los conciertos a los que asistimos y hasta nuestra propia cara queda expuesta, una y otra vez, en ese gran espejo narcisista en el que, al amparo de un selfie, todos hemos sucumbido a la tentación de abrazar nuestro reflejo en el agua de la vanidad.

La exposición parte justamente de esa paradoja: vivimos saturados de imágenes, pero cada vez vemos menos. Su planteamiento propone recuperar frente a esa abundancia la construcción consciente de una mirada: decidir un encuadre, establecer una distancia, determinar qué entra y qué queda fuera y reconocer en un instante cotidiano la posibilidad de un significado. Allí es justamente don comienza la fotografía artística tal y como la entendió Octavio Paz: “la cámara es, todo junto, el ojo que mira, la memoria que preserva y la imaginación que compone. Imaginar, componer y crear son verbos colindantes. Por la composición, la fotografía es un arte”.

La fotografía callejera tiene en México una genealogía formidable, desde el legado fundacional de Lola y Manuel Álvarez Bravo, las miradas urbanas de Héctor García y Nacho López, hasta autores contemporáneos como Francisco Mata Rosas, Fabrizio León, Gilberto Chen, Eniac Martínez, Rogelio Cuellar y Marco Antonio Cruz. Distintas generaciones unidas por una misma certeza: la calle no es sólo aquello que ocurre frente a la cámara, sino aquello que la mirada del fotógrafo descubre en ella.

2.

Conocí a Marko Eskalante hace ya muchos años, cuando vivía en Dinamarca, donde desarrollaba una doble vocación como artista y promotor cultural mexicano. Yo también vivía entonces en aquel país y pude observar de cerca esa voluntad que le anima por tender puentes, organizar proyectos y colocar a México dentro de conversaciones culturales que ocurrían a miles de kilómetros de distancia.

Años después Marko regresó a México para establecerse aquí como creador y como gestor cultural independiente. No me parece un dato lateral a propósito de esta exposición. Por el contrario: hay algo del gestor cultural en la mirada del fotógrafo callejero y algo del fotógrafo callejero en el trabajo del gestor. Ambos detectan conexiones allí donde los demás vemos acontecimientos dispersos. Ambos seleccionan, relacionan y finalmente construyen un relato.

Precisamente ese relato visual se cumple en la fotografía de Marko del Zócalo. El gran escenario monumental de la nación mexicana aparece al fondo mientras el verdadero protagonista de la imagen es un trabajador que pasa en bicicleta. La historia oficial está detrás; la vida cotidiana, delante. La Catedral y los edificios históricos permanecen inmóviles mientras el hombre pedalea. El patrimonio es sedentario; la ciudad y sus constructos visuales son nómadas.

La fotografía callejera no puede reducirse al documento. Desde luego registra una época: nuestra ropa, nuestros vehículos, anuncios, edificios, gestos, maneras de ocupar el espacio público. Dentro de cincuenta años muchas de estas imágenes serán consultadas también como documentos históricos, pero su potencia artística está en otro sitio: en descubrir un orden secreto en el azar de la calle.

Henri Cartier-Bresson llamó “el instante decisivo” a ese momento fugaz en el que un gesto, un movimiento, una luz y una determinada composición coinciden frente a la cámara. El fotógrafo debe reconocerlo y disparar: un segundo antes la imagen todavía no existe y un segundo después ya desapareció. Esta exposición explora precisamente las múltiples posibilidades de lo imprevisible: ese territorio inagotable donde el azar de la calle se encuentra con la mirada del fotógrafo-demiurgo.

Frente a los ángeles y los demonios de la IA, que puede concebir calles que nunca existieron, multitudes que jamás se reunieron, rostros de personas que nunca nacieron y luces de atardeceres que ningún cielo produjo, esta muestra de nueva fotografía callejera le devuelve a la mirada su condición humana e inimitable.

Quizá sea eso, finalmente, lo que persigue la fotografía callejera: atrapar por un instante las innumerables ciudades que conviven dentro de una misma ciudad. El poeta Efraín Huerta, también él un formidable retratista de la Ciudad de México, lo supo antes que muchos y lo dejó escrito en su “Declaración de odio”: Ciudad negra o colérica o mansa o cruel/ o fastidiosa nada más: sencillamente tibia”.

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