
Los alacranes o escorpiones son artrópodos que llevan millones de años viviendo en el planeta. Son temidos por su apariencia y el riesgo de daño que implica su veneno, y, a la vez, protagonistas de mitos y adoraciones en algunas culturas. En la Ciudad de México, te los puedes comer solos o en tacos en los mercados de San Juan y de Coyoacán. Una publicación reciente en la Gaceta Médica de México del grupo del doctor Carlos Castillo Salgado, destacado abogado, médico y salubrista mexicano, me dio la idea de escribir sobre este tema de interés nacional.
Según los autores, existen 2,808 especies de alacranes, distribuidas en 208 géneros y 22 familias. Todos los alacranes producen veneno; sin embargo, la gran mayoría de ellos no es de importancia médica, ya que su efecto es leve y local. Se considera que solo 104 especies, que corresponden al 3.8 %, son relevantes para la salud. Contrario a la creencia popular, el color y el tamaño del alacrán no tienen nada que ver con lo peligrosa que pueda ser su picadura. En nuestro país hay una gran biodiversidad de alacranes, con 281 especies que representan el 10 % del total en el planeta, pero de estas solo 19 (6.8 %) son relevantes para la medicina.
Las toxinas que producen los alacranes son proteínas que ejercen diversos efectos sobre la apertura de canales de sodio o de potasio, por lo que alteran la forma en que se generan y conducen los impulsos eléctricos en las neuronas. El veneno de la mayoría de los alacranes solo produce dolor en el sitio de la picadura y, si acaso, una sensación de adormecimiento alrededor del piquete. Cuando el veneno es peligroso, se presentan síntomas sistémicos como dolor e inflamación abdominales, dolor retroesternal, salivación excesiva, adormecimiento de brazos y piernas, sensación de cuerpo extraño en la garganta y síntomas neurológicos graves, como convulsiones, ceguera transitoria y movimientos anormales, que pueden conducir a la muerte.
De acuerdo con el estudio que mencioné, en el que se analizó la incidencia de picaduras de alacrán en un período de 23 años, de enero de 2000 a diciembre de 2022, se registraron en nuestro país 6,254,379 picaduras de alacrán, con un promedio de 270,420 por año. Es probable que la incidencia sea mayor, ya que en sitios endémicos las personas que conocen del asunto quizá no acuden al médico ante las picaduras leves, que constituyen la mayoría. La edad más frecuente es entre los 25 y 45 años y la población con la menor frecuencia es la de menores de un año, que representa el 0,7 % de los casos. Los estados con la mayor prevalencia son Morelos, Colima, Nayarit y Guerrero, seguidos de Michoacán, Jalisco y Guanajuato.
En el período analizado ocurrieron 973 defunciones, que representan el 0.015 % de las picaduras; sin embargo, el 75.3 % de las muertes ocurrieron en menores de 10 años. Es decir, los niños tienen menos riesgo de picaduras, pero son quienes presentan los cuadros más graves. Afortunadamente, las muertes se han reducido. De las 973, el 85 % (826) ocurrieron antes de 2015. En el período 2021-2022, fueron solo 51, la gran mayoría en Guerrero, Nayarit, Jalisco y Michoacán. Investigadores de la UNAM han estudiado y desarrollado antídotos eficaces para aliviar los síntomas graves y prevenir la muerte.
Ante la picadura de un alacrán en los estados con mayor prevalencia de casos graves, se recomienda acudir de inmediato al centro de salud o al hospital, especialmente en niños. En los estados con baja prevalencia de casos graves, aplicar compresas frías sobre el sitio del piquete y monitorear el dolor y el adormecimiento durante los minutos siguientes. Ante cualquier aumento o aparición de nuevos síntomas, acudir al hospital.
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM