
Casi todos los gobernantes se van a la cama con un personaje que se disfraza de patria, de justicia histórica, de ardor cívico, y de inmortalidad, cuando en verdad tiene otro nombre más sencillo y mundano: vanidad y delirio megalómano. Si los emperadores romanos dejaron inscrito su nombre en los meses del calendario, por qué no un modesto presidente municipal o un egregio gobernador va a dejar de probar los licores embriagantes de la inmortalidad, poniéndole su nombre o el de sus ídolos privados a las calles que gobierna.
Si los ricos de antaño se conformaban con ver su nombre y el de su familia inscrita en una banca del parque del pueblo, en testimonio de su noble donación a la comunidad, qué se puede esperar de un gobernante de nuestro tiempo que, como Julio Cesar, se sabe fundador de una nueva era. El gobernante que bautiza las calles, avenidas, plazas y edificios inflamado de ardor cívico, en verdad le está haciendo la corte a su majestad la Historia, para después meterle mano y abusar de ella sin ningún recato.
El PRI fue el campeón de este torneo. A su inspiración y obra pertenecen casi todas las tumbas y los mausoleos del panteón cívico mexicano. No olvidemos la avenida Hank González, el viaducto Miguel Alemán, la colonia Gustavo Díaz Ordaz y ese otro de horrendo nombre que uso el vocablo “plan sexenal” para bautizar un deportivo. La estatua ecuestre de José López Portillo en un municipio de Nuevo León hace algunos años, o los numerosos asentamientos de colonos que heredaron el nombre de “Solidaridad” en recuerdo del programa social de Carlos Salinas, son apenas un mínimo ejemplo de un universo abrumador.
Si alguien abusó por décadas de la historia y del civismo patriotero fue el PRI y sus dirigentes, son ellos quienes demostraron su adicción por la historia de bronce y el civismo de cartón. Fue el PRI y sus gobiernos quienes detentaron sin ningún límite el monopolio de los festejos cívicos y las efemérides oficiales. La pila bautismal de la patria tenía pirograbada el emblema tricolor; y la historia “patria” misma, dosificada en ceremonias escolares de los lunes donde se veneran los símbolos nacionales, llevaba el sello indiscutido del régimen No solo detentaron el poder, por ocho décadas expropiaron el paisaje y su cartografía.
La galería de los héroes nacionales que cuelga con letras de oro en la Cámara de Diputados, es un ejemplo elocuente de cómo la historia del siglo pasado fue escrita y seleccionada por el PRI, cada nuevo nombre que terminó impreso en el “altar cívico” de San Lázaro, eras menos un homenaje al pasado que un reflejo del ejercicio obtuso del poder.
Hijo de profesores de primaria, durante muchos años viví y crecí en una unidad habitacional construida por el Fondo de Vivienda del ISSSTE. Ubicada al sur de la ciudad de México, el nombre de aquella unidad no puede ocultar el tufo priista, corporativo, echeverrista, matraquero y demagógico que le dio origen a la mitad de la década de los setenta: Alianza Popular Revolucionaria. Dividida originalmente en tres secciones, a cada una de ellas algún genio urbanista les impuso la nomenclatura sectorial del PRI: Sector Obrero, Sector Popular y Sector Campesino. Yo vivía en el Sector Popular, y durante muchos años crecí con la sospecha de que mi familia y yo pertenecíamos sin saberlo a alguna Federación de Colonos Revolucionarios adscrita a la CNOP, y que un mal día nos obligarían a asistir a algún mitin del partido tricolor si queríamos que los elevadores del edificio de 18 pisos siguieran funcionando.
Cerca de ahí, pero en este caso a cargo del INFONAVIT, se construyó la que hasta hoy se considera la unidad habitacional más grande y poblada del país y aún de América Latina, su nombre: CTM, es decir, la central obrera que pertenece al PRI y que de forma vitalicia dirigió Fidel Velázquez: un vasto conglomerado de casas y edificios convertido con el paso de los años en la versión nacional y ampliada del Bronx, donde reina la inseguridad, el vandalismo y el deterioro urbano. A un costado de la unidad CTM, en condiciones todavía más lamentables, un grupo de pepenadores y de los llamados “paracaidistas” fundó desde hace dos décadas una colonia miserable, su nombre: José López Portillo, cruel paradoja entre el presidente dueño de la mansión plutocrática de la Colina del Perro, y las viviendas contrahechas de este íntimo rincón de nuestras miserias urbanas más profundas.
¿Quién decide los nombres de las calles, los edificios y las poblaciones, quién las efemérides oficiales, el panteón de los próceres nacionales, la galería de los mártires y la de los villanos, las batallas históricas, las ceremonias cívicas y sus contenidos, los días festivos, quién?
Se trata de una mezcla de tradiciones históricas legitimadas a lo largo del tiempo, pero también de decisiones arbitrarias de aquellos que detentan el poder. Por más que parezca un lugar común, sigue siendo válida la frase que indica que la historia es escrita por los vencedores. Y no sólo la historia como explicación, podríamos agregar, sino todo el montaje escénico y cívico que la respalda y ritualiza.
La aspiración de un gobernante o de todo un régimen de pasar a la historia por la vía de inscribir su nombre en una calle de la ciudad que gobierna, no es nueva ni rara en la historia. Especialmente los emperadores de la antigüedad vivieron como una verdadera obsesión el tema de la posteridad. Se hacían construir templos colosales, mausoleos, y réplicas exactas en piedra o en bronce de su figura. Alejandro Magno, por ejemplo, puso su nombre a la ciudad más resplandeciente de su tiempo: Alejandría; El emperador Adriano fue más lejos: bautizó con su nombre todo un océano: el Adriático; Julio Cesar y Augusto añadieron su nombre a los meses del calendario, no es pues una tentación novedosa.
La versión mexicana de la historia a lo largo del siglo XX privilegió o una visión y una versión que era la de un grupo triunfante. Por ello las calles y las escuelas llevan sus nombres, los monumentos y las celebraciones cívicas son en su recuerdo y glora. Nadie pondría el nombre de Miramón a una calle, pero Melchor Ocampo goza de no menos de 400 distinciones entre calles, pueblos, colonias y edificios públicos. Hay 39 calles Luis Echeverría en la Ciudad de México, y por lo menos 15 con el nombre de José López Portillo.
¿Cómo va a resistir la nomenclatura urbana de las grandes ciudades o los poblados rurales a un escenario electoral cambiante e impredecible? No podemos hacer a las calles, ni mucho menos a la historia, el botín por excelencia de las pasiones políticas del presente.
Al parecer el desarrollo de las sociedades democráticas no ha logrado sustituir del todo esas necesidades artificiales que genera el ejercicio del poder y que nos hace pensar que el hecho de gobernar bien y con responsabilidad debe convertir a los hombres en “beneméritos”, “salvadores” y “consagrados”. Aún en países modélicos para la democracia lo vemos. Así, por ejemplo, el aeropuerto principal de Francia se llama Charles de Gaulle, uno de los principales museos del país tiene el nombre del ex primer ministro George Pompidou. En Estados Unidos tampoco se salvan: el principal aeropuerto de Nueva York se llama John F. Kennedy, y no hay ciudad por pequeña que esta sea que no tenga una avenida Roosevelt.
Mientras haya humanidad habrá también formas religiosas y rituales de entender y de procesar el poder, y mientras existan políticos persistirá la tentación de la posteridad. En México la tentación de la posteridad no es nueva ni parece que tenga remedio pronto.