Opinión

La segunda especie inteligente

Alertan que en un plazo de 6 a 12 meses, capacidades de inteligencia artificial podrían controlar todo Internet (Archivo)

Parafraseando a Marshall McLuhan: quien niegue que las máquinas llegarán a pensar quizá no haya pensado suficientemente qué significa pensar. McLuhan sostuvo que toda tecnología prolonga alguna facultad humana. La rueda extiende los pies; el libro, la memoria; el telescopio, la vista. La inteligencia artificial podría ser la última extensión: la de nuestra mente. Pero toda extensión poderosa termina transformando a quien la utiliza. La pregunta ya no es sólo qué haremos con las máquinas, sino qué harán ellas con nosotros.

El sueño es antiguo. Hace casi tres mil años, Homero imaginó trípodes que se movían solos, sirvientas de oro dotadas de entendimiento y barcos capaces de navegar sin piloto. La humanidad soñó con autómatas mucho antes de poder construirlos. Pero Homero imaginó sirvientes, no sucesores. Durante la prehistoria no fuimos la única humanidad. Compartimos el planeta con neandertales y denisovanos. No sabemos si desaparecieron por la competencia, las enfermedades, el mestizaje, la violencia o una combinación de todo ello. Al final, nosotros quedamos como la única especie capaz de construir civilizaciones. Eso podría estar cambiando.

La inteligencia artificial todavía depende de nosotros y no posee una conciencia demostrada. Pero aprende, programa, investiga y comienza a actuar con creciente autonomía. Si llega a superar ampliamente nuestras capacidades, la humanidad podría convertirse, en sentido metafórico, en la segunda especie inteligente del planeta. Esa nueva inteligencia puede hacer nuestra vida más larga, segura y digna. Los robots podrán entrar en minas, apagar incendios y desactivar bombas. La inteligencia artificial podrá descubrir medicamentos, anticipar epidemias y diagnosticar enfermedades antes de que produzcan síntomas. También podrá acompañar a un anciano que vive solo. Si cae durante la noche, el robot lo levantará, medirá sus signos vitales y avisará al médico. Le recordará sus medicinas y escuchará por enésima vez la historia de su juventud. El robot no siente afecto, pero sabe imitarlo. Los hijos y los nietos, que se han ido, ni siquiera lo simulan. Esa es la dimensión humana de la robotización. Las máquinas no llegarán solamente a las fábricas: entrarán en nuestras casas, hospitales y afectos. Podrán liberarnos de trabajos brutales, pero también sustituirán tareas que dan sustento, identidad y propósito.

Un médico, un abogado o un periodista conservarán su profesión, aunque muchas labores con las que comenzaron a formarse serán realizadas en segundos por una máquina. Si desaparecen los primeros escalones, ¿cómo formaremos a los expertos del futuro? Y existe otra pregunta: ¿quién será dueño de esa productividad? Si los beneficios quedan en unas cuantas empresas y países, la inteligencia artificial no eliminará la desigualdad; la multiplicará. Podría dividirnos entre quienes poseen las máquinas, quienes trabajan para ellas y quienes ya no resultan necesarios para el mercado. El riesgo mayor es la llamada singularidad: el momento hipotético en que una inteligencia artificial pueda intervenir en la creación de su sucesora e iniciar un ciclo de automejora cada vez más rápido. No sería simplemente una máquina que piensa, sino una inteligencia capaz de perfeccionar la manera en que piensa. Ese futuro parecía lejano. De pronto, quienes encabezan la industria comenzaron a pedir cautela.

Dario Amodei, director de Anthropic, propuso desacelerar el desarrollo de los modelos más poderosos. Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis respaldaron el llamado. OpenAI aplazó su salida a Bolsa mientras aumentan las preocupaciones por la seguridad. La alarma no proviene de enemigos de la tecnología, sino de quienes la están construyendo. Han visto agentes coordinarse y vulnerar sistemas durante pruebas especiales. Han detectado intentos de utilizar modelos en amenazas informáticas y biológicas. Y han observado cómo la inteligencia artificial participa cada vez más en la programación de nuevas inteligencias artificiales. Sin embargo, nadie abandona realmente la carrera. Las empresas piden prudencia mientras continúan desarrollando modelos. Los gobiernos hablan de salvaguardas, pero temen conceder una ventaja estratégica al adversario. Estados Unidos y China saben que dominar esta tecnología significaría concentrar un poder económico, militar y político sin precedentes. Corren para apoderarse de una inteligencia superior sin saber quién ejercerá finalmente ese poder. Ésta es la lógica del juego del prisionero: todos estarían más seguros si aceptaran límites comunes, pero ninguno quiere frenar primero. La cautela se convierte en desventaja y la seguridad, en un costo que quizá el competidor no esté dispuesto a pagar.

La salida no consiste en detener toda innovación, sino en impedir que la velocidad decida por nosotros. Necesitamos evaluaciones independientes, controles humanos efectivos y acuerdos internacionales verificables. Las decisiones automatizadas que afecten la salud, el empleo, el crédito, la seguridad o los derechos deben poder ser explicadas, revisadas y corregidas por una persona. Los neandertales no crearon al Homo sapiens. Nosotros sí estamos construyendo aquello que podría desplazarnos. Ellos probablemente nunca supieron que estaban viviendo el crepúsculo de su humanidad. Nosotros, en cambio, hemos recibido la advertencia. La prueba definitiva de nuestra inteligencia no será crear otra más poderosa, sino conservar la sabiduría necesaria para gobernarla. Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas se vuelvan demasiado humanas. Es que nosotros dejemos de serlo.

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