
Es recurrente que cuando está por iniciar un proceso electoral nuestra atención la centramos en las actividades de los partidos políticos, los nombres de sus posibles candidatos y el posicionamiento del que gozan entre la opinión pública; con estos datos nos sentamos en la mesa para conversar, hacer nuestros pronósticos sobre los posibles triunfadores y también de los perdedores, así como las sorpresas que pudieran registrarse, pero muy pocas veces nos detenemos a analizar los grandes temas nacionales que influyen en el ánimo ciudadano para ir a votar por algunas de las opciones que aparecen en la boleta o definitivamente no acudir a votar ese día.
La inseguridad y la corrupción han dominado en los últimos años la conversación pública y no es de otra manera si cada día escuchamos noticias de algún hecho violento en distintos puntos geográficos del país, a tal grado que hemos aprendido a vivir con ella no por convicción sino por necesidad y porque no tenemos otra alternativa, lo cual no quiere decir que esta situación haya dejado de preocuparnos o simplemente no nos interese; lo hacemos por salud mental pero también tal vez, por nuestra propia seguridad, aún sabiendo que nos afecta como personas y como nación.
Algo parecido sucede con la corrupción, cuando pensábamos que habíamos tocado fondo, que no podíamos estar peor, la realidad nos golpea al darnos cuenta de que estábamos equivocados; que sí es posible que estas prácticas continúen dándose a gran escala, que cada vez conocemos casos de presumibles vínculos de funcionarios públicos con actividades ilícitas mediante el diseño y construcción de complejas y muy sofisticadas redes de complicidades que atentan en contra del patrimonio del país.
Pero junto a estos dos grandes temas existen otros a los cuales les hemos puesto poca atención, pero que en un futuro pueden ser igual o más destructivos que los anteriores, destaco en primerísimo lugar el de la deuda pública, la cual ha venido creciendo a niveles tan altos, que pudiéramos llegar a un escenario de que sea impagable, o peor aún, que deje de crecer nuestra economía con depreciación de nuestra moneda y altos niveles de inflación, repitiéndose de alguna manera la historia de mediados de la década de los años noventa del siglo pasado.
El saldo histórico es del 51.5 % de Producto Interno Bruto, con un costo financiero cercano a los 760 mil millones de pesos; quienes defienden esta política nos dicen que es un endeudamiento moderado frente a otras economías emergentes como la de Brasil, la India; Polonia y algunas otras más; pero lo que no se nos dice es el valor de la producción de cada uno de estos países, así como el volumen de inversión tanto extranjera como nacional que los coloca con menos vulnerabilidades que las nuestras.
El otro gran problema es el de la inversión pública; no podemos aspirar a mayores niveles de crecimiento económico si el gobierno no invierte más recursos financieros a la construcción de infraestructura y con ello, generar confianza y certidumbre entre el capital privado tanto nacional como extranjero; el gobierno federal debe poner el ejemplo, los recursos existen solo hace falta reorientarlos y pensar seriamente en una reforma fiscal de gran calado que genere los recursos necesarios para fomentar el desarrollo nacional; ampliar la base de contribuyentes es importante pero insuficiente si los multimillonarios no pagan impuestos proporcionales a sus ganancias.
Ojalá y no suceda, pero si no se adoptan las medidas adecuadas en materia económica, seguramente será este tema el que más esté influyendo en el ánimo ciudadano para las elecciones del 2030.
*Dra. Sayonara Flores PalaciosConsejera Electoral del IEEM