Opinión

La imagen inetrnacional, vapuleada

Trump en su participación en la Asamblea de la ONU (EFE)

Si bien no es la primera vez, en esta ocasión las agresivas palabras del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en relación con la impotencia mexicana frente a la criminalidad en la frontera común, van más allá del agravio –o la afrenta– binacional.

Ahora DT expone a México en términos (exactos o imprecisos, lo mismo da), en la tribuna internacional más notoria del mundo, sin capacidad nacional de articular una respuesta diplomática, ya no digamos política, mucho menos una réplica formal o un acto de correspondencia.

Trump habló ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas donde --por cierto- en noviembre México pasará por otro momento amargo: la reunión convocada para tratar en ese foro el no resuelto fenómeno de las 200 o 300 mil desapariciones de seres humanos en este país.

Sin contemplaciones ni cortesía alguna –y tras explicar el secuestro del dictador venezolano, Nicolás Maduro y su peculiar visión del continente americano--, Trump dijo:

“Estados Unidos ya no permitirá que las amenazas contra el país se afiancen en ningún lugar del continente americano.

“Y, si es necesario, utilizaremos nuestro poderío militar sin igual para proteger los intereses nacionales de Estados Unidos”.

La bravata siguió en este tono con el hipócrita pegote de una intrascendente relación (telefónica, para más) con la presidenta de México (con A):

“...Estoy muy orgulloso de decir que tenemos una muy buena relación con el gobierno mexicano. Hemos tenido grandes avances con México. Ellos tampoco quieren a los cárteles”.

Pero ese no es el mensaje de peso; éste sí:

México es “el epicentro de la violencia de los carteles. Lamentablemente, es inaceptable que Estados Unidos comparta una frontera de 2 mil millas con un territorio controlado por carteles enemigos. Por lo tanto, México debe recuperar el control de su territorio de manos de los enemigos de la humanidad”.

La respuesta mexicana es insignificante: el canciller Roberto Velasco hace muecas y el embajador Héctor Vasconcelos mira con desagrado e infinito. Bien pudieron ambos abandonar el salón como manifiesto repudio a los señalamientos calumniosos, inexactos, imprecisos, falsos o como se les quiera calificar.

Hoy ya es demasiado tarde para pensar en ese desplante, pero todo eso quedará reducido en una feble respuesta mañanera a toro pasado.

Cuando estuvieron frente a Trump disimularon su inconformidad. Pudieron haberle dado la espalda o de menos tirarle un cacahuate.

En ese mismo escenario otro país latinoamericano (a cuyo régimen absolutista la 4.T-2., le guarda todo tipo de consideraciones), puso el ejemplo. Su pequeñez no resultó obstáculo para su actitud.

Cuba fue agredida en el discurso trumpiano. ¿Y qué ocurrió?

La delegación cubana abandonó la asamblea.

“La delegación de Cuba –dice la memoria--, se retiró de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) luego de que el presidente estadounidense, Donald Trump, calificara a la isla como un “Estado fallido” y advirtiera sobre un inminente cambio político impulsado por su administración.

“La información fue dada a conocer este martes por la agencia EFE, durante la semana de Alto Nivel de la Asamblea General de la ONU, donde se registró la salida intempestiva de los representantes diplomáticos cubanos como protesta tras el discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump”.

El presidente de Estados Unidos señaló que la isla lleva décadas coordinándose con redes comunistas y grupos de izquierda en territorio estadounidense. Entre los señalamientos, Trump mencionó al Partido Comunista de Estados Unidos, al grupo Antifa —al cual calificó como organización terrorista— y al partido Socialistas Democráticos de América (DSA), vinculándolo con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.

Asimismo, recalcó que el comunismo no prevalecerá en su país, pero prometió que la libertad llegará a territorio cubano.

Los cubanos se salieron y Díaz Canel contestó casi de inmediato: no somos una amenaza. Somos un país víctima de ustedes. Palabras más, palabras menos. Pero no se quedaron ni con las ofensas ni con las injurias. Ciertas o no.

La respuesta de México no existió. Al menos no hasta las 16.00 horas de la tarde de ayer.

Si fue una estrategia de cabeza fría, no parece ser la mejor cuando las ofensas se reciben (dicen en el pueblo) “en público y de la gente”. El foro internacional más destacado obliga, por el peso de la asamblea, a un reclamo diplomático y una protesta contundente contra quien trata al país como “punching bag” o piñata.

“La delegación mexicana de las Naciones Unidas (ONU) siguió desde el pleno de la Asamblea General el discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien se refirió a México y a la situación de seguridad relacionada con los cárteles”, dicen los medios.

“En imágenes difundidas desde la sesión se observa a integrantes de la representación mexicana, entre ellos Jennifer Feller, representante permanente alterna de México ante la ONU; Enrique Ochoa, subsecretario de Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos; y Porfirio Thierry Muñoz Ledo, representante permanente alterno de México ante la ONU”, (todos con cara de impotente resignación, puchero y mohín, pero nada más).

Independientemente del recurso resignado en cuyas líneas básicas el gobierno escurre el bulto en vez de presentar firmeza, no basta con justificar las características pendencieras del discurso trumpista como una situación inocua. La perpetua (e incumplida) expresión presidencial, “no somos piñata de nadie”, resulta en este caso insuficiente por reiterada e ineficaz.

¿No? Ayer México fue calumniado en la asamblea internacional y nadie alzó la voz. No importa si Trump hablaba en serio o hacía alardes histriónicos como acostumbra. No. Tampoco México debería resignarse como patiño para el lucimiento oratorio de alguien y sus bromas pesadas, si eso fueron o querían ser.

Al menos la repetitiva condena al intervencionismo o injerencia en abstracto deberían también sentirse cuando hay casos concretos como este.

Trump alardea con un discurso impracticable.

Dijo textualmente: “es inaceptable que Estados Unidos comparta una frontera de 2 mil millas con un territorio controlado por carteles enemigos”. Pues si fuera inaceptable, inaceptable, ¿por qué lo acepta todos los días?

Y aseguró también:

“Estoy muy orgulloso de decir que tenemos una muy buena relación con el gobierno mexicano”. Lo cual es una verdad a medias, porque una buena relación requiere un comportamiento respetuoso. Y no es el caso.

Trump se luce a costillas del gobierno de México y éste no le responde con hechos. Nada. Resignación y discursos.

La respuesta, tardía, cajonera, tibia y pomposa, vendrá quizá esta mañana cuando la presidenta (con A) escurra el paquete como una trucha enjabonada. Ni una protesta formal, ni una consecuencia o una exigencia de disculpa ante la amenaza de intervención militar en su territorio.

Tampoco alguna acción reprobatoria, ni siquiera un argumento de compensación o desagravio, como no sea la paradójica confesión de nuestra corrupción aduanera para el contrabando de las armas fabricadas en Estados Unidos.

Los cubanos, para regresar al ejemplo inicial, tienen una larga tradición defensiva en el campo diplomático. Sus embajadores son profesionales y tienen una escuela bien lograda. Nosotros también la tenemos, pero el gobierno (aldeano y soberbio) prefiere practicar la patraña de una política exterior como extensión, consecuencia y reflejo de la política interna.

Y así nos va. De tropiezo en ridículo colgados como piñata en el gran salón de las Naciones Unidas.

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