
Los mexicanos nunca le perdonamos a Hugo Sánchez que supiera que era Hugo Sánchez. A la fecha, hablar de él conduce con sorprendente facilidad hacia su personalidad. Se recuerda que habla demasiado de sí mismo, que presume sus cinco Pichichis y sus goles de chilena, que se coloca entre los mejores futbolistas de la historia y que rara vez desaprovecha la oportunidad de recordar lo que consiguió en el Real Madrid. Hace poco, incluso, se hizo viral por reclamar que los comentaristas que narraron el gol de chilena de Miguel Borja, durante el América vs Chivas, no mencionaran su nombre.
Algo parecido ocurre ahora con Cristiano Ronaldo. A sus 41 años, su reciente abandono de la concentración de Portugal y su resistencia a aceptar un papel secundario volvieron a colocar la misma palabra en el centro de la discusión: ego. Cristiano, dicen, no sabe retirarse y no entiende que su época terminó. No acepta que ya no puede ocupar el lugar que tuvo durante casi dos décadas.
Pude ser. Cristiano tiene un ego enorme. Hugo Sánchez también. Negarlo sería tan innecesario como intentar convertirlos en modelos de modestia. Pero ¿por qué necesitamos que lo sean?
Hugo Sánchez fue cinco veces máximo goleador de la Liga española. En la última de ellas marcó 38 goles y todos fueron de primer toque. Ganó además cinco campeonatos de Liga consecutivos y construyó una carrera extraordinaria en el Real Madrid. Nada de eso depende de que resulte simpático, discreto o humilde. Tampoco desaparece porque lleve décadas recordándolo. Sus números están ahí y muestran una realidad: no hay ningún jugador mexicano que haya llegado al nivel que tuvo Hugol.
Con Cristiano la escala es todavía mayor. Su carrera pertenece a una categoría reservada para muy pocos futbolistas. Los goles, las Champions, los Balones de Oro, los récords con el Real Madrid y con Portugal forman parte de la historia del juego. Su obsesión por competir, su necesidad de reconocimiento y su dificultad para aceptar un lugar secundario tampoco son elementos ajenos a esa trayectoria. Resulta difícil separar por completo al futbolista que llegó hasta ahí del hombre convencido de que siempre podía llegar un poco más lejos.
Los argentinos, curiosamente, saben bien de esto, pues su mayor ídolo durante décadas fue Diego Armando Maradona, quien no fue el ejemplo de la moderación. Se sabía extraordinario y actuaba en consecuencia. Necesitaba el centro de la escena, cultivaba agravios, señalaba enemigos, exageraba lealtades y podía convertir casi cualquier asunto en una historia sobre sí mismo. Su vida pública estuvo llena de excesos y contradicciones mucho más graves que la vanidad deportiva. Nada de eso impidió que Argentina lo quisiera como quiso a pocos de sus personajes públicos.
Los argentinos nunca necesitaron demostrar que Maradona era una persona sencilla para sostener que había sido un futbolista irrepetible. Tampoco tuvieron que negar sus defectos. Aprendieron, de una manera peculiar y a veces desmesurada, a convivir con ellos. Maradona podía ser generoso y cruel, brillante y absurdo, entrañable e insoportable. Podía equivocarse fuera de la cancha y seguir siendo el hombre que tomó la pelota contra Inglaterra en 1986.
Quizá esa capacidad para aceptar contradicciones explique algo de nuestra relación con Hugo Sánchez. En México hemos dedicado demasiado tiempo a discutir si merece admiración como persona cuando la pregunta debería ser mucho más sencilla: qué lugar ocupa como futbolista. Su ego se convirtió casi en una objeción estadística, como si presumir cinco Pichichis redujera el valor de haberlos ganado. Le reclamamos que mencione demasiado sus hazañas mientras nosotros mismos parecemos incómodos al reconocerlas.
Cristiano enfrenta ahora un juicio parecido, aunque en una dimensión mundial. Se le pide que comprenda que ya no es el mismo. Probablemente lo sabe. Otra cosa es aceptar las consecuencias. Para alguien cuya vida adulta entera se organizó alrededor de intentar y a veces conseguir ser mejor que los demás, asumir que otro merece ocupar su sitio debe resultar especialmente difícil. Esa resistencia puede perjudicar a su equipo y corresponde discutirla como una decisión futbolística. Pero convertirlo en la medida definitiva de su legado conduce a otra cosa. Y parece que ni siquiera su propia selección alcanza a comprender esa diferencia.
Los grandes futbolistas no son personajes escritos para satisfacer una moraleja. Pueden ser extraordinarios y egocéntricos. Pueden comprender el juego mejor que nadie y comprenderse bastante peor a sí mismos. Pueden equivocarse al final de sus carreras sin modificar lo que hicieron durante ellas. Cristiano Ronaldo puede no saber cuándo marcharse. Hugo Sánchez puede hablar demasiado de Hugo Sánchez. Ninguna de esas dos cosas cambia quiénes fueron dentro de una cancha.
Quizá el problema es que, para reconocerlos, quisiéramos cambiarlos. Como si aquello que nos incomoda de su personalidad pudiera separarse por completo de aquello que los hizo extraordinarios.