
Conocer los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 (EIC) del INEGI no es un mero ejercicio estadístico, es mirarnos en el espejo como país. Este ejercicio, que solo fue posible gracias a la participación de millones de mexicanas y mexicanos, nos actualiza el volumen y la distribución de la población, pero, sobre todo, nos permite medir con precisión dónde estamos parados en materia educativa: quién va a la escuela, quién sabe leer y escribir, y hasta dónde llega la escolaridad.
Y lo que nos dice la EIC 2025 es contundente, la educación sigue siendo el gran igualador. El dato es claro y potente, el promedio de hijas e hijos nacidos vivos en mujeres de 12 años y más, bajó de 2.1 en 2020 a 1.9 en 2025. Pero cuando se cruza con la escolaridad, la brecha se vuelve reveladora. Las mujeres sin escolaridad tienen en promedio 4.9 hijos; aquellas con educación media superior o superior, 1.2. Esto es la prueba de que a mayor educación, mayor autonomía, mayor proyecto de vida y mayor desarrollo para el país.
Entender esto es fundamental para saber por qué el anuncio hecho por la Jefa de Gobierno, en su Segundo Informe ante el Congreso local, no es una obra más, es justicia territorial.
Anunció la construcción de tres nuevas universidades y cinco preparatorias en pueblos y barrios originarios, y zonas alejadas, y lo más relevante: un acuerdo histórico con la UNAM para construir un nuevo gran plantel de la Escuela Nacional de Estudios Superiores, ENES, en el suroriente de la Ciudad de México, con capacidad para 20 mil estudiantes.
Por primera vez en más de 50 años se construirá un plantel completo de la UNAM en el suroriente. El esquema es inédito y virtuoso, el Gobierno de la Ciudad construye, y la UNAM equipa y opera. Se habla de Medicina, Ciencia de Datos, Nanotecnología y carreras ambientales pertinentes para la zona.
Para dimensionar la relevancia hay que conocer la historia de esta demarcación. Quienes impartimos clases aquí lo vivimos a diario.
Desde mediados de los años 80, Tláhuac experimentó un crecimiento demográfico explosivo que se desbordó hacia los límites con el Estado de México como Chalco, Valle de Chalco, Ixtapaluca, Chalco Solidario. Colonias enteras nacieron de la noche a la mañana sin servicios, mucho menos sin universidades.
Esa mancha urbana sigue creciendo. Hoy tengo alumnos que vienen desde Amecameca, Juchitepec, Ayapango, entre otros. Son jóvenes que salen a las 4 de la mañana para llegar a C.U. Es tan grande la demanda, que ya existe transporte universitario que va y viene desde esa zona hasta Ciudad Universitaria. El derecho a la educación se ha sostenido con un enorme sacrificio personal y familiar.
Por eso, este plantel no es un gesto, es una necesidad de medio siglo. Hay que decirlo con claridad, la UNAM amplió su matrícula en las últimas décadas, pero no había crecido en infraestructura de esta magnitud desde el periodo 1973-1976, cuando se crearon las cinco ENEP -hoy FES-, y desde 1979 con las entonces escuelas de Enfermería y Artes Plásticas. Se habían hecho ampliaciones de salones y laboratorios, pero no planteles completos en el Valle de México. Este proyecto de la ENES Suroriente es, por su dimensión, el primero en 50 años.
Y debe entenderse en su contexto correcto, no compite, conjuga. Se suma al esfuerzo federal y local de los últimos años con la Universidad Rosario Castellanos, con las Universidades para el Bienestar Benito Juárez y con el fortalecimiento del bachillerato. No se trata de duplicar esfuerzos, sino de articular un verdadero sistema público de educación superior que por fin mire al suroriente.
Aquí es donde vale la pena hacer una pausa necesaria. Se ha informado que esta nueva escuela -que hay que recordarlo, es una escuela externa adicional de la UNAM, una ENES más- ofrecerá licenciaturas que hoy resultan atractivas, como Medicina o Mecatrónica. Sin embargo, si esa oferta no se adecua en el transcurso del tiempo a las nuevas necesidades, el proyecto corre el riesgo de fracasar.
Ya hubo, por ejemplo, la intención de impulsar una universidad agrícola en la zona. De hecho, la unidad Rosario Castellanos tiene carreras relacionadas con producción agrícola en una demarcación donde el sistema-producto emblemático es el nopal, hoy en riesgo por la presión urbana.
Por eso, carreras como las que hoy se anuncian deberían sustentarse en un estudio mucho más profundo, que no responda solo a la coyuntura, sino a las necesidades del futuro. Entre que esta escuela se concluye e inaugura, pueden pasar tres o cuatro años. Las generaciones de jóvenes que seguirán yendo a Ciudad Universitaria a formarse lo harán atraídas por lo que se les ofrece hoy, pero esa oferta podría ya no ser atractiva mañana. Es un proyecto pensado a 6 o 7 años; si no se planea con visión prospectiva, cuando vea la luz podría nacer obsoleto.
La EIC 2025 nos advirtió que las diferencias entre grupos de población y entidades federativas persisten. El suroriente de la CDMX ha sido históricamente una de esas zonas con mayor rezago en infraestructura universitaria.
Construir una universidad para 20 mil jóvenes que hoy son excluidos, es la forma más concreta de cerrar esa brecha. Es entender que cada salón que se abre, es un promedio de hijos que baja, es un proyecto de vida que sube, es una familia que se transforma. El dato del INEGI ya está sobre la mesa. La decisión política también. Ahora toca construir, pero construir con futuro.