
Hubo una época en la que el teléfono servía para hablar con otras personas. Lo hacías desde tu casa u oficina y, cuando la gente te llamaba, jamás te preguntaba dónde estabas, porque ya lo sabía. Después llegó el teléfono celular, que nos pareció un excelente avance tecnológico. Podías hablar desde cualquier lugar en movimiento. Al principio era carísimo, lo que lo convirtió en un símbolo de estatus. Con los años, la tecnología lo hizo accesible para todas las personas. Pasó de ser muy grande a ser lo más pequeño posible. Y luego salió el teléfono inteligente que, paradójicamente, está convirtiendo a los humanos en torpes. Hoy lo que menos haces con un teléfono celular es hablar con otras personas.
La dependencia de la tecnología, tanto para el entretenimiento como ahora para resolver asuntos laborales, amenaza el desarrollo cognitivo de la humanidad. De por sí, no mucha gente dedicaba tiempo a la introspección, pero ahora el asunto se ha vuelto demasiado peligroso. Todas las mañanas, por diversas razones, en algún momento dejo lo que estoy haciendo en mi oficina y camino por el pasillo que conecta el departamento de nefrología, donde está mi laboratorio, con los departamentos de bioquímica y gastroenterología. Invariablemente, lo que veo son los mismos personajes de intendencia, una empleada de la compañía de limpieza y, en ocasiones, alguien más, completamente absortos en lo que ven en las pantallas de sus teléfonos celulares. En salas de espera de hospitales o consultorios, en aeropuertos y en oficinas, la mayoría de las personas mira sus teléfonos celulares. Incluso en un momento fugaz, como en la fila para pagar las compras del supermercado o en un semáforo en rojo, con frecuencia las personas están entretenidas con sus teléfonos celulares. Con algunas es imposible mantener una conversación sin interrupciones, porque no pueden evitar ver el mensaje recibido y contestarlo, aunque sea por algo que no tenga importancia ni urgencia.
Un estudio publicado la semana pasada en la revista Science (DOI: 10.1126/science.aef7249) muestra lo que se veía venir: lo que ya sabíamos, pero faltaba un estudio bien hecho y con una muestra suficiente para demostrarlo. Es un estudio aleatorizado y controlado en una población de 16.683 estudiantes de 10 instituciones educativas de Orissa, estado de la India donde viven 40 millones de personas y se sabe que más del 70 % de los estudiantes de entre 15 y 29 años tienen teléfono celular. La edad promedio de los participantes en el estudio fue de 19 años, con un rango de 16 a 22 años. Se instalaron mil cajas de madera reciclada en la entrada de los salones y se asignaron aleatoriamente a los alumnos para que dejaran o no su teléfono en ellas antes de entrar a clase. El estudio se realizó durante un año y los alumnos fueron evaluados de diversas formas al inicio y en varios momentos posteriores.
Los resultados ya se los imaginarán. Los alumnos que no tenían teléfono celular durante las clases tuvieron un mejor desempeño que quienes sí lo tenían. Pero el resultado más importante fue que el efecto deletéreo del uso del celular fue particularmente significativo en los alumnos de bajo rendimiento, mientras que en los de alto rendimiento no se observó una diferencia significativa. Esto sugiere que el teléfono celular tiene el potencial de hacer que una desventaja social sea más difícil de superar.
Es preocupante ver que muchas personas pasan la mayor parte de su tiempo libre mirando la pantalla del teléfono celular. Dejamos de pensar. Ahora consumimos la información que los algoritmos saben que nos va a atrapar.
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM