Opinión

Tan lejos de Dinamarca, pero no tanto de Francia

Personal del IMSS marcha a oficinas centrales ( CUARTOSCURO)

El fin de semana circuló en redes sociales una serie imágenes que llamaron poderosamente la atención: una botarga de la Pantera Rosa, icónico personaje de caricatura de la cultura francesa, participando en las protestas sociales que desde hace semanas se han instalado en aquel país europeo. Poco tiempo después se supo que todo esto había sido producto de la inteligencia artificial, pero el símbolo, tan chusco como emblemático, representa la frescura con la que miles de jóvenes franceses y personas en general han salido a las calles del país de la revolución a manifestar su inconformidad con una serie de políticas que no comenzaron con los problemas en las universidades y los liceos, sino mucho tiempo atrás cuando se decidió hacer política sin el respaldo de la cartera ni el presupuesto. Francia, sus calles repletas de manifestantes, fuego y barricadas retratando en fotos, las notas de La Marsellesa y La Internacional inundando el aire de ‘liberté’, ‘égalité’, ‘fraternité’ y una imagen hecha con inteligencia artificial de una botarga de caricatura, son el síntoma y la expresión de los males que aquejan a un sinnúmero de naciones que parecen aún no darse cuente de lo que viene.

Tras el fin de la Guerra Fría, la explosión de la globalización, el desarrollo incesante de la tecnología y la profundización de las desigualdades, el mundo como todo – como modelo político, económico, cultural y social – y los Estados como partes – con sus peculiaridades que los hacen únicos, distintos y distantes – han cambiado y es complejo asimilarlos sin comprender los nuevos paradigmas respecto de temas que superan épocas y contextos por tratarse de los de siempre. Porque la dominación y el sometimiento, la desigualdad y la exclusión, el egoísmo y el individualismo nos han acompañado desde el momento en el que alguien asumió que podía mandar por encima de otros, pero las formas y los efectos han cambiado y hoy no se parecen casi nada a las que conocimos hace muy poco. Los temas están ahí y siguen sin moverse, pero hoy son provocados de maneras distintas y, por lo tanto, las consecuencias varían de lo que asumíamos como conocido y, por lo tanto, aprendido. Allí, en el espejo más grande y brillante que hoy tenemos frente a nosotros, el de Francia, tendríamos que mirarnos para entender que aquello que por efecto óptico parece distante, en realidad nos respira en la nuca.

Sin pretender hacer paralelismos irresponsables y excesivos, en los últimos días México ha vivido protestas encabezadas principalmente por el personal médico del Instituto Mexicano del Seguro Social. Muy poco tiene que ver una protesta con la otra tanto en causas, efectos o dimensiones, pero en el fondo lo que coincide es el malestar generalizado de amplios sectores de la población que no encuentran en sus gobiernos respuestas a demandas que no solo consideran justas, sino particularmente enterradas en el olvido de la burocracia que devora la vida cotidiana y arrastradas por la vorágine de nuevos asuntos que, quizá por novedosos más que por trascendencia, se colocan todos los días como prioritarios. Si en Francia la protesta se encendió por la falta de aulas y profesores en los centros educativos, en México la chispa de este momento que podría incendiar la pradera es la de los salarios del personal médico y la falta de insumos y medicamentos para atender la salud de millones. Como sucede en este tipo de situaciones, es fácil identificar el origen del fuego, pero no la rapidez, la extensión y la dirección con la que se propagará.

Insisto: lo que sucede en nuestro país nada tiene que ver con lo que pasa en Francia, pero quizá no sería mal momento para que quienes forman parte del poder – político, económico, cultural y social, y no solamente del gobierno o mucho menos del órgano hegemónico de nuestro sistema presidencial – miren con atención lo que sucede en la nación cuna de los derechos humanos. Tal vez, solo tal vez, convendría que voltearan a ver hacia abajo y guardaran silencio para escuchar la voz de un pueblo – acaso apenas murmullo que zumba inquieto – que clama por sus olvidados de siempre. Entonces, con la humildad de quien calla para comprender y atender y no con la soberbia de quien pontifica desde la soberbia para explicar los problemas y la necesidades ajenas, podremos avanzar para que la siguiente botarga que aparezca en una imagen creada con inteligencia artificial no sea la del Doctor Simi, protestando por un mejor ingreso e insumos para hacer su trabajo y cuidar la salud de un pueblo que queda muy lejos de Dinamarca pero que puede pronto acercarse a Francia.

Profesor de la UNAM

Twitter: @JoaquinNarro

Correo electrónico: joaquin.narro@gmail.com

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