Uno de los errores más comunes que cometemos es confundir el dinero con alguna de sus manifestaciones concretas: billetes, monedas, cheques… Quien ha jugado al Monopoly ha vivido la extraña sensación de creer que eso es real, al menos por un microsegundo. Al terminar la partida, la ilusión se disipa y los billetes vuelven a ser lo que siempre fueron: papelitos de colores.
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He mencionado que el dinero es energía concentrada. Ahora precisaré y extenderé más su potente siginificado: dado que es energía, no se puede ver, no es palpable, es etéreo, tal como la imaginación no es propiamente una obra de arte o un libro. O de manera similar a que la fe es una profunda convicción más allá de las religiones. Así, resulta necesario comprender que el dinero pertenece a lo inmaterial o intangible, que se hace manifiesto forzosamente en una arquitectura monetaria que puede ser, principalmente, un sistema centralizado, el más común: el dinero fiat (que es la moneda corriente que se usa todos los días), el cual es dependiente de los bancos centrales y el sistema financiero tradicional. Asimismo, podría tratarse de un sistema descentralizado que no depende de los gobiernos, como el caso del bitcoin. En el primero, quien decide que el dinero vale es una institución; en el segundo, una comunidad organizada a través de nodos que componen una cadena de bloques.
El dinero requiere una aceptación que vaya más allá de su apariencia concreta. En su naturaleza está que el dinero que recibes en forma de monedas pueda servirte después para obtener algo de otros. Es decir, dar y recibir genera la energía, mediante el movimiento, de la que se habló en la ley 2.
Quien sólo observa el objeto (la manifestación del dinero) podría confundirse y concluir que conserva dinero, porque estamos muy acostumbrados a reconocerlo en monedas, billetes y tarjetas, pero el dinero necesita algo más que una forma reconocible para cumplir su función. Por supuesto que un billete sirve para pagar. No pretendo negar lo evidente. Más bien me interesa señalar que su condición monetaria depende de relaciones que van más allá del material con el que fueron fabricados. El papel, por sí solo, no explica por qué alguien acepta entregarte un producto a cambio de él. El objeto lleva una denominación, pertenece a un sistema y es aceptado bajo determinadas condiciones. Todo eso forma parte de lo que se posee, aunque no sea evidente a la vista. Si al dinero únicamente se le reconoce por su apariencia, entonces apenas se conoce una parte de la historia.
Conozco una historia todavía más extraña que ayuda a comprender esta separación entre el objeto y la relación que sostiene su valor. En Yap, una isla en el Mar de Filipinas, para los pagos significativos o ceremoniales, los pobladores utilizan grandes discos de piedra, conocidos como rai; los más grandes alcanzan a medir cuatro metros y tener un peso de cinco toneladas. La mayoría de esas piezas son tan pesadas que no pueden trasladarse. Permanecen estáticas en un mismo sitio. Aun así, pueden cambiar de propietario: la comunidad reconoce la transmisión aunque el disco permanezca en el mismo lugar.
Quiero detenerme en ese detalle. Visto desde nuestra costumbre de pagar con papel impreso, con tarjeta o mediante una pantalla, tal acuerdo nos parece una rareza. Sin embargo, permite distinguir algo esencial: mover el soporte no es la única manera de transferir una posibilidad económica dado que también importa que exista un acuerdo sobre quién puede disponer de ella. Y algo todavía más importante, puesto que flota de manera inmaterial la característica sine qua non del dinero: la confianza.
Escucha bien: el dinero necesita que una persona acepte hoy lo que confía en poder transmitir a alguien más mañana. Goethe exploró la fragilidad de esa promesa en el primer acto de Fausto II. El emperador necesita recursos y Mefistófeles impulsa una solución seductora: emitir papeles cuyo respaldo serían los tesoros que supuestamente permanecen enterrados en sus dominios. El detalle es decisivo: esos tesoros todavía no han sido extraídos ni están disponibles para pagar. Sin embargo, los billetes comienzan a circular y la corte celebra la llegada de una prosperidad que parece haber surgido de la nada. Ahí está la advertencia: una promesa aceptada puede movilizar la economía, pero la aceptación inicial no demuestra que su respaldo sea suficiente ni que su valor vaya a perdurar. Goethe permite ver el peligro de confundir la capacidad de emitir dinero con la capacidad de crear riqueza. Shakespeare plantea una dificultad distinta en El mercader de Venecia. Antonio garantiza un préstamo para su amigo Bassanio, aunque su fortuna depende de barcos y mercancías que todavía están en el mar. Tiene riqueza esperada, pero carece del dinero disponible para responder de inmediato. Cuando sus barcos se dan por perdidos, la promesa de pago queda amenazada y Shylock reclama la terrible garantía pactada: una libra de su carne. Esta obra no explica el dinero fiduciario; muestra la distancia que puede abrirse entre comprometerse a pagar y disponer de los medios para hacerlo. De ahí que la confianza resulte tan importante y, al mismo tiempo, necesite límites. Confiar no debería significar renunciar a preguntar. Una promesa puede ser sincera y no cumplirse; un documento puede ser auténtico y no representar recursos disponibles de inmediato. Conocer esas diferencias evita exigirle a una manifestación del dinero algo que no puede asegurar.
He aquí la lección que permite reunir ambas historias: la confianza pone en movimiento recursos antes de que todas las promesas se hayan cumplido; por eso exige responsabilidad, capacidad de respuesta y límites. En el dinero, esa confianza alcanza una escala colectiva, comunitaria: aceptamos una moneda porque sabemos que otros también la aceptarán, debido a que confiamos en las instituciones que sostienen su funcionamiento. La confianza es una característca que exige responder por lo prometido; cuando alguien sostiene una moneda y reconoce su valor, permite que millones de personas generen esa misma confianza. A eso le llamo energía concentrada.
Abordaré un caso concreto. La historia de Yap permite precisar la importancia de la confianza: a una piedra inmóvil se le confiere el valor incuestionable de validar una transacción porque quienes participaban reconocen su función y su propiedad. Así como en las relaciones personales, en la concepción del dinero la confianza lo es todo.
En 1970, una prolongada huelga bancaria en Irlanda obligó a personas y empresas a buscar maneras de seguir realizando pagos. Durante el cierre se continuaron emitiendo y aceptando cheques, con la expectativa de que los bancos reabrieran y pudieran liquidarse. El conocimiento de la solvencia de quienes los firmaban ayudó a sostener esas operaciones. Al aceptar los documentos, sus receptores asumían el riesgo de tener que esperar el pago.
El hecho histórico muestra hasta qué punto importa distinguir un documento de la obligación que contiene. Un cheque no es lo mismo que efectivo: es una instrucción de pago. Durante aquella interrupción, recibirlo significaba aceptar una espera y confiar en que, cuando llegara el momento, hubiera recursos suficientes para cobrarlo. Era energía en pausa.
Dicho fenómeno también existe en la economía doméstica. Alguien poseedor de una casa podría no tener recursos suficientes para afrontar un gasto inmediato. El inmueble tiene valor, desde luego, pero disponer de ese valor requiere forzosamente de una venta o una renta. Contar con un patrimonio significa tener dinero pero nunca significa tener efectivo disponible. Son posesiones relacionadas, aunque diferentes.
Esto no convierte a la casa en una mala decisión ni al efectivo en la solución de todo. Significa que ambas son manifestaciones del dinero pero cumplen funciones distintas. La tercera ley exige hacer esa distinción sin caer en el extremo de despreciar las formas. Las cuentas bancarias, las propiedades y los documentos con valor son igual de importantes porque son las manifestaciones precisas del dinero.
Ahora bien, sería igualmente equivocado concluir que todas las manifestaciones del dinero terminarán siendo inútiles. Una moneda guardada no pierde necesariamente todo su valor; tampoco un billete antiguo carece siempre de posibilidades de canje. El riesgo está en suponer que el objeto garantiza por sí mismo, para siempre y en cualquier circunstancia, aquello que hoy puedes obtener con él. Es más, es muy válido conservar un billete como recuerdo y disfrutarlo durante décadas. En ese caso, su función es distinta porque quizá representa una época, una primera venta, un viaje o una persona. El problema aparece si esperas que ese recuerdo conserve también, sin atención alguna, la misma capacidad económica en el tiempo.
Tercera ley: el dinero no es su manifestación, no los confundas o podrás perderlo todo.