
A finales del siglo XIX, en las casas de veraneo de la huerta alicantina, alguien tuvo una idea sencilla: colgar lamas de madera por fuera de la ventana para frenar el sol antes de que tocase el cristal. Aquel invento popular, hecho con materiales de la zona, terminó bautizándose como persianas alicantinas —hoy fabricadas por talleres especializados como Comprogar y cuelga de fachadas en Marsella, Roma, Lisboa y hasta en barrios bien de Berlín.
Una idea nacida en la oligarquía del veraneo
La historia hay que buscarla en una época concreta. Durante el XIX, la burguesía de Alicante compró las mejores fincas de la huerta y empezó a usarlas como residencias de verano para escapar del calor de la ciudad. Aquellas villas se llenaron de soluciones constructivas pensadas para un clima cada vez más exigente, y la persiana exterior de lamas fue una de ellas.
No fue un invento patentado ni el capricho de un arquitecto. Fue carpintería popular: madera de la zona, cuerda, un sistema de poleas y la observación de lo que ya hacían siglos atrás otras culturas mediterráneas con celosías y contraventanas. La diferencia es que aquí se simplificó hasta convertirlo en algo barato, replicable y fácil de instalar en cualquier hueco.
Por qué se llaman alicantinas y no valencianas
La denominación es uno de los debates eternos del oficio. Se las conoce como persianas alicantinas, pero en muchas zonas se llaman cortinas alicantinas, persianas valencianas o, simplemente, “persianas de cuerda”. El nombre se impuso por la huerta donde se popularizaron y por la fabricación local que durante décadas concentró el oficio en talleres de la provincia.
Hay otro factor curioso: la palabra “persiana” viene del latín persa, ae, originario de Persia, porque las primeras persianas modernas que llegaron a Europa en el XVIII pasaron por Venecia procedentes de Oriente. De ahí salieron las venecianas. La versión alicantina, en cambio, no copió ninguna importación: nació de la necesidad y se quedó.
Cómo funciona algo tan simple que sigue ganando a la tecnología
El mecanismo de las persianas alicantinas no ha cambiado en siglo y medio. Lamas horizontales de madera unidas por cuerda que se enrollan sobre sí mismas mediante una polea fijada a la pared. Se sube tirando, se baja soltando. Sin motores, sin cables, sin programaciones que se estropean al tercer verano.
Lo que sí ha cambiado es la materia prima. Las primeras se hacían con maderas locales como el pino y se ataban con esparto. Hoy las versiones de gama alta usan pino tratado en autoclave o maderas tropicales certificadas, y la cuerda sintética ha sustituido al esparto por durabilidad. El alma del producto, sin embargo, es exactamente la misma que la de hace 150 años.
La razón por la que arquitectos contemporáneos las recuperan es física pura: bloquear el sol antes de que toque el vidrio elimina hasta el 90% de la ganancia térmica de la ventana, frente al 30-40% que consigue cualquier sistema interior. Ningún estor, ninguna cortina, ningún cristal con cámara compite con frenar la radiación a 30 centímetros del muro.
El salto a Europa: de la fachada del Mediterráneo a Berlín
El boom internacional empezó tímidamente en los 90, con turistas centroeuropeos que veraneaban en la costa española y descubrían que las casas con lamas de madera por fuera estaban a 25 grados sin aire acondicionado mientras el termómetro marcaba 38 en la calle. Volvían a sus países, pedían algo parecido y se encontraban con que no existía en su mercado.
La crisis energética de 2022 aceleró todo. Cuando los precios del gas y la electricidad se dispararon en Alemania, Francia e Italia, los buscadores se llenaron de búsquedas de “shading exterior”, “persiennes provençales” o “frangisole esterno”, y los talleres españoles empezaron a recibir pedidos de exportación que antes no existían.
Hoy la persiana alicantina aparece en revistas de arquitectura sostenible francesas como ejemplo de low-tech mediterráneo, y la Asociación Italiana de Arquitectos las cita en guías de rehabilitación pasiva. Estudios alemanes que diseñan casas pasivas en zonas cálidas las incorporan directamente como protección solar exterior preferente, en lugar de los estores motorizados habituales.
Un patrimonio sin Denominación de Origen
La paradoja es que un producto tan identificado con un territorio no tiene ninguna figura de protección. No existe Denominación de Origen, ni Indicación Geográfica Protegida, ni un sello que distinga las persianas alicantinas fabricadas en la provincia de las copias industriales que llegan de Polonia o China.
Esto preocupa al puñado de talleres tradicionales que quedan en Alicante y Valencia. Algunos llevan años pidiendo a las administraciones una figura similar a la del calzado de Elche o la cerámica de Manises, pero el debate no ha pasado de tertulias gremiales. Mientras tanto, el oficio se sostiene por la tercera y cuarta generación de familias que aprendieron a montar y atar a mano en talleres de barrio.
El otro frente es el de las imitaciones. En el mercado conviven persianas auténticas, montadas con criterio carpintero y maderas tratadas, con productos que reproducen la estética pero usan PVC barato, cuerda mala y ensamblajes que no aguantan dos veranos. La diferencia se nota en la primera tormenta de levante.
Lo que dice de nosotros un objeto tan simple
Que un invento popular de la huerta del XIX haya terminado siendo referencia en arquitectura sostenible europea dice algo interesante sobre cómo entendemos el patrimonio. Los objetos que mejor resisten el tiempo no suelen ser los más sofisticados, sino los que resuelven un problema cotidiano con materiales locales y ningún ego de diseñador.
Las persianas alicantinas hicieron lo mismo que las casas blancas griegas, los riads marroquíes o las celosías mudéjares: leer el clima del lugar y responder con lo que había a mano. El mérito de quien las inventó, anónimo y sin patente, fue darse cuenta de que el sol del Mediterráneo no se combate desde dentro, se frena fuera. ¿Cuántos otros inventos populares estarán esperando, en pueblos que no leemos, a que media Europa los redescubra?