Opinión

Búmerangs

(La Crónica de Hoy)

Una de las características de las actuales campañas electorales ha sido el exceso. Exceso en el gasto, exceso en el discurso, exceso en los ataques, exceso en el tiempo, exceso en los ánimos.

La evolución de las preferencias, medida por las encuestas, se ha encargado de generar un clima de polarización que está empezando, claramente, a generar rendimientos negativos para todos los que en él participan.

Empiezo con los ejemplos más obvios: las brigadas que lanzan propaganda por Internet. Todos los días, cualquier mexicano con Hotmail o Yahoo, recibe varios mensajes de parte de seguidores de Calderón o de López Obrador. Algunos intentan ser simpáticos, otros están llenos de vitriolo. En la medida en que se desarrolla la campaña, el mensaje promedio va perdiendo inteligencia y, como sucede en los foros no regulados de la red, va dominando la ultra de ambos bandos. He recibido mensajes pro-Calderón que insultan soezmente a la UNAM y mensajes pro-AMLO que amenazan con incendiar la pradera si la burguesía no se pliega a la victoria irresistible de su gallo.

Supongo —quiero ser racional— que estas brigadas, al tiempo que sirven para calentar los ánimos de los militantemente decididos, enfrían los de cualquier otro ciudadano.

Paso a otro ejemplo. Tengo un conocido que es empleado de una empresa en el Bajío. Siempre ha votado por Acción Nacional y estaba dispuesto a hacerlo de nuevo. Pero en su empresa han prohibido expresamente cualquier propaganda a favor de López Obrador, cada día les llega un memorando de los jefes recordándoles que el 2 de julio tienen que cruzar el logo del PAN y hay —según cuenta— un ánimo que identifica los intereses de la compañía con los del candidato panista. Me dice: “creen que no tenemos criterio, que vamos a votar por quien ellos nos ordenen”. Ha decidido, por primera vez en su vida, no sufragar por los blanquiazules. Capaz que lo hace por El Peje, nomás por joder.

Sigamos nuestro recorrido, ahora por las pantallas de televisión. Ya casi no se ven promocionales con propuestas. Estamos ante una dinámica constante de ataque vulgar-defensa vulgar- ataque vulgar.

Le están diciendo al elector promedio, con todas sus letras: escoge al menos malo, porque mi adversario es el peor. Y encima el ciudadano queda bombardeado por la propaganda de: “si no votas no te quejes”.

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Se pensaba que el Mundial de futbol iba a traer una suerte de tregua. Que los equipos de campaña, considerando que buena parte de los votantes se desentienden de la política, para seguir el balón, iban por una estrategia de consolidación de imagen. Que utilizarían las pantallas como vehículo privilegiado. Para nada: la estrategia es pegar con tubo, aunque todos acaben deshechos.

La pregunta es: ¿están los electores ahí? Basta con tener oído aguzado. Basta con salir a la calle. No están ahí y están cada vez más hartos.

Se entiende que la disputa entre los dos punteros está cerrada y cualquier puntito porcentual que se mueva puede hacer toda la diferencia. Ese indeciso al que puedo pasar a mis huestes, o cuando menos a la abstención, echándole lodo a mi adversario.

A mí me queda la impresión de que es un búmerang. De que si Roberto Madrazo no ha repuntado es porque él empezó el golpeteo antes de rezagarse y porque le falta credibilidad personal. De que empieza a parecer factible que Patricia Mercado logre algo más que la conservación del registro de su partido.

Pero, sobre todo eso, me queda la impresión clarísima de que se está apostando demasiado a un puesto, la Presidencia de la República, sin tomar en cuenta que el desarrollo institucional del país la ha acotado de manera notable.

Andrés Manuel López Obrador tendría que hacer verdaderos malabares, y romper, en los hechos, el pacto en el que se basa la Constitución, para llevar a cabo todo lo que promete.

Felipe Calderón tendría que tener el tamaño de un gran estadista para, después de toda la polarización que él también ha ayudado a generar, encabezar un gobierno más plural y funcional que el de Fox (y vaya que el gobierno saliente queda a deber).

Es necesaria una reforma del Estado que pase no sólo por lo electoral, que sería, cuando menos, la disminución del tiempo absurdo de las campañas y del lapso larguísimo que hay entre la votación y la toma de posesión del Presidente Electo.

Es necesaria una reforma que fije un nuevo equilibrio entre el Ejecutivo y el Legislativo. Es necesario construir una especie de semi-presidencialismo mexicano.

Requerimos una reforma que de verdad asuma nuestra pluralidad, porque lo que hay ahora es que el ganador toma todo, un “winner takes all” que dejará al 60 por ciento de los votantes, o más, sin representación alguna en el Ejecutivo.

Es necesaria una reforma que nos permita, a todos, tener un voto útil. Un voto por el proyecto de país que más se parece a lo que deseamos ver en el futuro. No nada más un voto en contra del peor o a favor del “menos peor”.

En ese sentido, los búmerangs propagandísticos que hemos presenciado no sólo han sido contraproducentes para los candidatos que los lanzan, sino también para nuestro sistema político y de convivencia.

Y eso es mucho más grave que la victoria o la derrota de uno u otro aspirante a ocupar la silla presidencial.

fabaez@gmail.com

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