Opinión

¿Debe la ciencia hablar con la religión?

(La Crónica de Hoy)

En el número de julio del presente año, se publicó en Scientific American, una revista norteamericana de difusión científica, el resumen de una conversación entre el físico L. Krauss y el biólogo-escritor R. Dawkins, sobre cómo debían los hombres de ciencia conversar con las personas religiosas y sus líderes. La plática tuvo lugar en los intermedios de una reunión realizada a finales de 2006 en La Jolla, California, dedicada al tema de los conflictos entre la ciencia y la religión. Podría pensarse que éste es un tema secundario en México, pero la verdad es que resulta crucial, no por consideraciones meramente abstractas de cuál forma de ver al mundo es correcta, si la verdad revelada o la que se deriva de evidencias empíricas, sino por su trascendencia social. Ahora mismo, por ejemplo, la Suprema Corte de Justicia está por decidir si procede el recurso de inconstitucionalidad interpuesto por la Comisión de Derechos Humanos y la Procuraduría General de la República, sobre la recientemente aprobada ley de despenalización del aborto antes de la semana 12 del embarazo. Aun cuando no se usan en México de manera pública consideraciones de tipo religioso entre quienes se oponen al procedimiento, la verdad es que están claramente subyacentes. No es difícil que la legislación sobre la eutanasia siga un camino semejante al aborto y con los mismos actores, por lo que los científicos interesados en estas cuestiones, tenemos que aprender a hablar y buscar convencer a personas con fuertes convicciones religiosas.

Ambos personajes arriba mencionados, están del lado de la ciencia y la han defendido en numerosas ocasiones, pero difieren un poco en la forma de hacerlo, y si lo conveniente es promover a la ciencia o intentar desacreditar a la religión. En realidad están de acuerdo en lo fundamental, pero difieren en el cómo hacerlo. Me pareció interesante difundir esta conversación que tiene conceptos interesantes para el público en general, en particular a quienes no están acostumbrados a que se discutan de manera abierta estos asuntos.

Primero el contexto, la plática ocurrió en los Estados Unidos de Norteamérica (EU), país un tanto raro y diferente a México, porque por un lado tiene un gran desarrollo científico realizado por talento local e importado, como lo demuestra su posición de liderazgo en muchas áreas de frontera de la ciencia y por el otro, están inmersos en una sociedad francamente conservadora, y yo diría un tanto ignorante, como lo sugieren los siguientes datos: a) en 2005, una encuesta realizada entre los miembros de la asociación de profesores de ciencias de EU reveló que 30% de ellos señalaron que eran presionados para omitir la teoría de la evolución en sus clases, y 31% que les pedían incluir en sus materias ideas no científicas como alternativas a la evolución; b) en 2006, el estudio Baylor sobre religión realizado en 1,721 adultos mostró que 69% pensaban que se debería permitir rezar en las escuelas públicas, 25% dijo que algunas de las observaciones descritas de objetos voladores no identificados, eran probablemente naves espaciales de otros planetas y 88% afirmó, sorprendentemente para mí, que rechazaban la idea de que Dios favorecía a uno de sus partidos políticos en particular, y c) una encuesta de la revista Newsweek realizada el presente año en 1,004 adultos, mostró que 48% de ellos creía que Dios había creado a los humanos en su forma actual en los últimos 10,000 años; 30% que los humanos habíamos evolucionado de formas de vida más simples con la guía de Dios, y en relación a la teoría de la evolución, 48% pensó que está bien sustentado por los datos; y 39%, que no.

Krauss es director del Centro de Cosmología y Astrofísica de la Universidad Case Western y ha escrito 7 libros y numerosos comentarios para los medios de comunicación sobre el tema que nos ocupa. Su planteamiento inicial es preguntarse qué es más importante, si contrastar lo que son la ciencia y la religión, para enseñar esta última, o buscar poner a la religión en su lugar de manera directa. Argumenta que él prefiere lo primero porque para enseñar hay antes que seducir al público, lo que no se logra con un ataque frontal. Dawkins, quien es profesor de la Comprensión Pública de la Ciencia en la Universidad de Oxford ha escrito 9 libros sobre el particular y participado en numerosas discusiones sobre el tema, tiende a ser más directo y aun cuando acepta que podría mejorar su técnica para seducir al público, no lo hace porque cree que nadie admira a un seductor deshonesto, implicando que en eso se convertiría de cambiar su estilo.

Conforme se avanza en el escrito, es claro que Krauss, el de modales “suaves”, no siempre lo es y en algún lado señala que como científico, su papel es el de objetar cuando las creencias religiosas conducen a enseñar mentiras sobre el mundo en que vivimos, a lo que Dawkins contesta que mentir es una palabra demasiado fuerte pues implica la intención de engañar, lo que no necesariamente es cierto. Cree que la palabra adecuada es ignorancia, que no es un término peyorativo, pues todos somos ignorantes de muchas cosas que se saben y, además digo yo, es algo que tiene remedio. Para Dawkins, decirle ignorante a alguien, que por ejemplo piensa que nuestro planeta tiene una antigüedad de 10,000 años, es mucho más suave que llamarlo estúpido, loco y tal vez malvado, términos que pudieran emplearse en lugar de ignorante.

Hacia el final del artículo, Dawkins señala dos cosas de interés. Cuenta que en fecha reciente tuvo una conversación televisada con un ex ministro de Tecnología británico, en quien percibió que no tenía ningún interés en la realidad (verdad) de sus propias creencias y lo que le interesaba era su “moralidad”. Objetaba que la ciencia no diera pautas morales, a pesar de que se le explicó que ese no era el objetivo de la ciencia. Según Dawkins es un ejemplo clásico de un síndrome que el filósofo Daniel Denntt, a quien no conocía ni de nombre, ha denominado “creer en creer”. El otro asunto, digno de conocer, es el que hay personas que piensan que la verdad de las creencias religiosas son menos importantes que su capacidad de reconfortar a la gente y darle un propósito en la vida. Los autores señalan que resulta aceptable una creencia que haga sentir bien a la gente y además lo convierta en una persona de bien, pero yo agregaría que además debe ir acompañado de una actitud de tolerancia hacia otros que puedan creer cosas di-

ferentes. Lo que me inquieta, y es algo crítico de tomar en cuenta, es que si la verdad de una creencia, por ejemplo que la Tierra es el centro de nuestro Universo no tiene mayor importancia, la idea de contrastar creencias religiosas con “la verdad”, que es lo que intentamos los científicos, resulta inútil, pues sería poco relevante.

Huachicaña amarga
Huachicaña amarga
Por: Pepe GrilloMarch 30, 2026

Volviendo a nuestro país, se desconoce lo que muestras representativas de la población piensan de muchos asuntos, aun cuando sobre temas como el aborto inducido hay bastantes datos publicados. En relación al dictamen que deberá hacer en fecha cercana la Suprema Corte de Justicia, sobre la constitucionalidad de la ley que permite el aborto antes de la semana 12 del embarazo en el DF, sin ningún otro requisito que la solicitud de la madre, es interesante y positivo que el ministro encargado de llevar el asunto, incluyera en la lista de peritos que deberán opinar por escrito sobre el asunto, a un miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República, que es en la actualidad vicepresidente del Colegio de Bioética AC, grupo de naturaleza laica, lo que me sugiere que, como es deseable, se hará una consulta amplia que incluya personas con puntos de vista diversos.

*Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República (CCC)

*Investigador Emérito de la UNAM

*Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

consejo_consultivo_de_ciencias@ccc.gob.mx

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