
Nació con la lengua inmóvil, como sin vida. Incapaz de pronunciar palabra alguna, centró su atención en su oído. Desde niña escuchaba atentamente los sonidos del habla, los del viento, los ruidos de las calles que recorría día a día en busca de algo que supliera su silencio. O que lo dejara intacto sobre el mar. Un día fue al mar. La llevó la familia de una vecina. Al mar escandaloso, brutal; el mar en movimiento como el viento, pero más, mucho más estentórea su voz. Y dulce la oscuridad de sus cimientos. Así lo sintió. Como un cielo que arde o un infierno que se apaga. Esa imagen del mar se le quedó adentro por años. Dormida o despierta, el olor del mar gritándole en su lengua muda. Sin ninguna misericordia.
No le dolía su silencio, aunque en ocasiones llegó a detestarlo. La impotencia de abandonar el desierto que le tendía el silencio; de abrirle las puertas. Salir o dejar que alguien entrara. Algo. Un gemido quizá, tan solo un gemido que la pronunciara persona, ser humano, mujer. Un día pensó que el silencio le impedía entrar al mundo de los sabios. Y al de los placeres. Fue cuando tomó la decisión de dejar sus paseos por la ciudad, sus viajes sin rumbo en metro, sus mañanas enteras parada en la esquina más contaminada, en la más ruidosa, atiborrada de gente que no mira. Dejar todo para tenerlo todo. Y en silencio aprendió que hay palabras que existen aunque no se pronuncien, palabras escritas. Las que nacen como ella, mudas, y entran por la puerta de los ojos directo al pensamiento. O al alma, según la forma que adquieran mientras van ocupando el espacio en blanco. Mientras van arrancando con sus movimientos la etiqueta impuesta por la historia. Por una historia mal enunciada.
Tardó menos de un año en aprender a escribir. Dos más en leer todo lo que caía en sus manos. Apenas comía, apenas dormía. El tiempo era suyo, lo único que en realidad poseía. Y lo había utilizado siempre a su antojo. Leer era su único placer. Se iba de una biblioteca a otra, de un libro a otro. Un viejo que vivía en la calle le reveló el secreto que guardan las casas a medio derruir. Y dedicó horas a buscar bajo los escombros los libros que hoy guarda como su mayor tesoro. Los libros heridos que recuperó su mano inquieta.
A partir de ese momento no dejó de escribir. Volvió a la calle, pero esta vez con una bolsa llena de cuadernos y un estuche de lápices y gomas de borrar. Le gustaba escribir a lápiz. Después dibujaba lo que escribía. Escribía en el metro, en los parques, en las iglesias, en las noches. Escribía y de vez en cuando le entregaba lo escrito a alguien. El vecino, el pasajero de al lado, los novios del parque, el vendedor de elotes o a algún sordo que pasaba por ahí. Por ahí donde ella fue derramando su voz de papel.
Cuando la conocí arrancó al azar una hoja de su cuaderno y me la entregó. La había escrito uno o dos días antes de ese primer encuentro que tuvo conmigo. Leí al infierno. Un infierno distinto, pero infierno. Vi su escritura enrojecida de fuego. Ardiente. Con los ojos en llamas, aunque arrojada por ella misma a los brazos de un ángel. Alguien que protege a los que voluntariamente aprenden a escribir. Que arropa de palabras mudas y concede el placer de sentir las venturas del paraíso. Pero que al mismo tiempo obliga a abandonar el mundo, aparta, encierra tras las rejas de la incertidumbre que produce el encuentro entre uno y sus sueños. La confusión de soñar el infierno y despertar con llagas en la frente. O peor aún, con un colibrí en la mano.
El abismo expectante, nada causa más pavor.
Ignoro cuánto tiempo pasó, perdí la cuenta de las ocasiones en que nos dimos encuentro en un parque tan sólo para hacer hablar a la palabra muda. Para mudarla. Transformarla en escritura. Hacerla reír a carcajadas. Reímos mucho para espantar a los fantasmas que ella imaginaba saltando en su mundo mágico. A veces nos daba por asesinarlos. Por hacer que cobraran vida en este mundo. En el mundo irreal en el que nacimos. El mundo de los objetos vacíos. Pero un día comenzó a llorar. Que ella recordara, no había llorado nunca. Tal vez de pequeña, una herida en la rodilla, un golpe de columpio, un tropezón de escaleras. Pero nada más. Su palabra escrita se vació con ella. Nada había que pudiera detener su llanto. La nostalgia de estar donde nadie ha estado. Ni ella. El universo de los sentidos se arrojó sobre ella. Y estuvo a punto de ser asesinada.
La última vez que la vi fue en el psiquiátrico. Ya no lloraba tanto, pero lloraba. No entendía las causas de su encierro. Estaba convencida de que había cometido algún delito, pero ignoraba cuál. Parecía resignada y al mismo tiempo dispuesta a levantar un ejército de textos en contra de la muerte y lo hizo. Siguió buscando la vida en los sonidos, en el movimiento, en el infierno, en las palabras que nunca consiguió pronunciar, pero que fueron más suyas que de aquéllos que les apuñalan a gritos su sonido.
Nunca supe su nombre. Su verdadero nombre. Cuando se lo pregunté me dijo que no tenía. Sin nombre, escribió en su cuaderno y luego dibujó un volcán de palabras mudas que un día estallaron al centro de su mirada de niña inventada por la urgencia de sentir, hablar, crear y reír, de otra mujer que de vez en cuando también llora y regresa del infierno con un colibrí en la mano.
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