Jalisco

Un ejemplo real es el de Irlanda en el siglo XIX. Cuando las papas se encarecieron, la gente pobre compró más porque ya no podía comprar otros alimentos, y eran lo único que mantenía a la familia en pie

Finanzas para todos: ¿Si el precio sube, compras más?

Si el café sube, se toma menos o se cambia por té. Si la gasolina sube, se reduce el uso del coche o se recorta en otra parte. Esa es la lógica cotidiana de la microeconomía, y por eso la ley de la demanda suena tan natural. El precio sube y la cantidad que la gente compra, en general, baja. Eso es una reacción humana cuando el dinero tiene límites.

Justo por eso llama tanto la atención un caso raro, donde parece ocurrir lo contrario: sube el precio y, en vez de comprar menos, la gente compra más. Ese fenómeno existe y se conoce como “bien de Giffen”, pero lo importante es lo que implica. No es solo un término académico, sino una imagen de pobreza. En el fondo, lo que revela es que hay momentos en los que el mercado deja de ser un espacio de elección y se vuelve un espacio de supervivencia.

Para entenderlo no hace falta microeconomía, basta con imaginar una compra semanal con el presupuesto muy apretado. Una familia tiene dos tipos de alimentos: uno barato y llenador, y otro más caro pero mejor. El barato puede ser arroz, pan o papas. El caro puede ser carne, leche, huevos, lo que sea que da variedad y nutrición, pero cuesta más. La familia no compra el alimento básico porque sea su favorito; lo compra porque le permite llegar a fin de semana sin pasar hambre. Y compra un poco de lo otro cuando el dinero alcanza.

Ahora imagine que el alimento básico sube de precio. La reacción normal sería comprar menos, como dice la ley de la demanda. Sin embargo, aquí aparece un efecto distinto: cuando sube el precio de lo básico, la familia se vuelve más pobre de golpe; en términos académicos, baja su poder adquisitivo. Con el mismo dinero, compra menos comida total. Y cuando baja el poder adquisitivo, se recorta lo “mejor” y se incrementa lo básico. Deja de comprar carne, deja de comprar leche, deja de comprar lo que hacía la vida más digna, porque ya no alcanza. Y entonces ocurre la paradoja: para poder comer lo suficiente, termina comprando todavía más del alimento barato, aunque haya subido. No porque le convenga, sino porque es lo único que todavía llena.

Ahí está el punto clave del bien de Giffen. No es que la gente “quiera” comprar más cuando el precio sube. Es que la subida del precio la empuja a una vida más estrecha. Es la misma bolsa del supermercado, pero con menos libertad dentro. En ese punto, el alimento básico deja de ser una opción entre muchas y se vuelve el último refugio. Y por eso el precio puede subir y la cantidad comprada también. Es un comportamiento que sólo aparece cuando la pobreza es tan fuerte que el golpe del precio se come la posibilidad de elegir.

Uno de los ejemplos reales más conocidos es el de Irlanda y las papas, en el siglo XIX. La idea popular es sencilla. Se dice que cuando las papas se encarecieron, la gente pobre compró más papas porque ya no podía comprar otros alimentos, y las papas eran lo único que mantenía a la familia en pie. Es una historia que se entiende rápido y que, por eso mismo, se repite en libros y clases. El problema es que la historia real de Irlanda, en el periodo de la hambruna, es más compleja de lo que una curva puede capturar. Ahí no sólo cambió el precio; también hubo una enfermedad del cultivo, escasez brutal, cambios en disponibilidad y un colapso social que hace difícil separar qué fue “demanda” y qué fue “no había otra cosa”. Por eso, muchos economistas advierten que Irlanda funciona mejor como relato didáctico que como prueba limpia del fenómeno.

Y eso no le quita fuerza al concepto. Al contrario, lo pone en su lugar. Los bienes de Giffen no son comunes porque requieren condiciones extremas: un alimento que sea absolutamente central en el presupuesto, una población con muy poco margen, pocas alternativas igual de baratas y una caída real del poder de compra tan grande que obligue a sustituir hacia lo básico aunque haya subido. No basta con que algo sea “barato” o “inferior”. Tiene que ser lo que sostiene todo el mes. Por eso, cuando se han encontrado evidencias más claras de este comportamiento, suele ser en contextos contemporáneos muy específicos y muy medidos, donde se observa a hogares que viven al límite y donde el alimento básico representa una porción enorme de su gasto.

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Lo verdaderamente importante, entonces, no es conocer sólo el fenómeno. Es entender lo que revela sobre la economía cotidiana. La ley de la demanda describe un mundo donde, ante un precio más alto, la gente puede ajustar con cierta libertad. El bien de Giffen describe un mundo donde esa libertad se encoge tanto que el ajuste se vuelve dañino. Cuando el ingreso es bajo, el precio no sólo cambia la compra; también cambia el estilo de vida que se puede sostener.

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Por eso este tema, que parece técnico, termina siendo muy humano. Hay una diferencia enorme entre elegir menos café porque subió y comprar más arroz porque ya no alcanza para nada más. En el primer caso, el consumidor decide. En el segundo, el consumidor es obligado a hacerlo. A veces, cuando el precio sube, no baja la demanda porque la gente sea irracional, sino porque la economía dejó de ser un espacio de preferencias y se convirtió en un espacio de necesidad. Cuando eso ocurre, la curva no es lo importante. Lo importante es lo que la curva está diciendo sobre la libertad de estilo de vida en la sociedad.

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