El tren avanzaba entre la bruma de la madrugada cuando Natalia lo vio. Alejandro estaba ahí, unas filas adelante, absorto en sus pensamientos, sin sospechar que ella lo observaba. Su corazón se aceleró al reconocerlo, una mezcla de recuerdos y emociones olvidadas invadió su mente. Había sido su gran amor, el que marcó su juventud con promesas que nunca se cumplieron. Se preguntó si era el destino quien los reunía o una cruel casualidad. Dudó en acercarse, pero cuando Alejandro giró la cabeza y sus miradas se encontraron, supo que el pasado no se había extinguido del todo. Había fuego aún en las cenizas.
El reencuentro fue tan inesperado como inevitable. Sin pensarlo demasiado, descendieron juntos en la siguiente estación y caminaron por calles adoquinadas que alguna vez habían recorrido de la mano. Hablaron de sus vidas, de las vueltas que había dado el mundo desde su separación. Rieron con melancolía, intercambiando miradas que decían más que sus palabras. Alejandro habló de su matrimonio, Natalia mencionó su compromiso, pero ninguno pudo ignorar la tensión que se formaba entre ellos. Cuando sus dedos se rozaron por accidente, la ciudad entera pareció callar. El tiempo se detuvo. Y, en un parpadeo, dejaron de estar allí.
Se encontraron en una vasta habitación oscura, rodeados de hilos dorados suspendidos en el aire, vibrantes como si tuvieran vida propia. Tres figuras femeninas emergieron de las sombras. Eran las Moiras, las tejedoras del destino. Cloto, la que hila la vida, sujetó un hilo y lo examinó con curiosidad. “El amor que se pierde no siempre muere”, musitó. Láquesis, la que mide el tiempo, deslizó sus dedos por la hebra. “Toda decisión deja huella en lo que ha de venir”, sentenció. Finalmente, Átropos, la que corta el destino, levantó sus tijeras y observó a Natalia con frialdad. “¿Segura de desafiar lo que ya ha sido escrito?” preguntó. Natalia sintió un nudo en la garganta. Quiso hablar, pero antes de que su voz pudiera salir, el brillo acerado descendió y el hilo se partió en dos.
De pronto, todo desapareció. Natalia despertó con un sobresalto en su asiento del tren. Miró a su alrededor, sintiendo el pulso acelerado y el sudor frío en la frente. Alejandro había desaparecido. Su asiento permanecía vacío, como si nunca hubiera estado allí. Miró su teléfono. El número de él seguía guardado, al alcance de un mensaje. Solo le hacía falta a Natalia un toque de pantalla para cambiar el rumbo de su vida. Pero la imagen de las tijeras brillando en la oscuridad la paralizó. Había sido una advertencia. El destino ya había hablado.
Cuando el tren llegó a su destino, Natalia bajó con pasos lentos y el corazón encogido. Se quedó unos segundos inmóvil, esperando tal vez una señal que contradijera su decisión. Pero solo encontró el frío de la mañana y el sonido lejano de una ciudad despertando. Guardó el teléfono en su bolso y tomó aire. Esta vez, el pasado quedaría donde pertenecía. Dio media vuelta y comenzó a caminar en la dirección opuesta. No miró atrás.