Hace apenas 30 años, para poder conseguir ropa o zapatos de importación era necesario visitar el tianguis del domingo de Santa Tere.
Un tianguis algo grande —no como el Baratillo, cabe mencionar—, pero sí de varias cuadras y, además, fácil de llegar.
A los que les gustaba el rock tenían que tener unas botas que “nunca se acaban”. Son inglesas. Las hicieron, las crearon para los obreros ingleses en los sesenta y setenta, y luego los amantes del ska y del punk las adoptaron como un básico en su vestimenta.
Aquí en Guanatos solo era necesario el gusto por el grunge: unas bermudas, una playera desgastada, una camisa de manga larga amarrada a la cintura, chamarra de piel y tus Dr. Martens.

¿Y dónde se consiguen?
—Hay un vato que las trae desde Inglaterra. Si no trae tu número, se las encargas y en un mes ya las tienes.
Rojas —o más bien tintas— con las costuras amarillas: esas están perras. Hay verdes, blancas del Santo, el Enmascarado de Plata; amarillas, moradas, plateadas, de flores para morras. Hay de varios modelos, dos tipos de suela: choclo, media bota, bota larga.
La cosa era trabajar hasta juntar para tus Dr. Martens.
Al principio era ponértelas los domingos, tus botas pa’ dominguera, a huevo, junto con una nueva camisa comprada en Paloma, en Obregón, por el Templo de la Concha.
Bueno, bueno… la cosa primero era tener tus botas interminables, como aquellos bostoniamos CANADA que te compraba tu jefa para la escuela y que, de verdad, nunca se acabaron, pero estaban feos.
—Domingo, vamos a Santa Tere.
Ahí llegábamos primero al mercado con las morras que te trataban bien chido.
Te decían:
—Hola, guapo, ¿qué se te antoja? A ver, mi rey, ¿de qué tienes ganas? Pásale, güerito hermoso, tenemos lo que te gusta… y un largo etcétera.
Conocidas como Las Titas, te atendían bien chingón, te levantaban la moral pues. Se decía que ellas habían inventado los biónicos. Una guayaba arriba, desbordando lechera, era una de sus características. Tenían todo tipo de licuados para toda ocasión: vuelve a la vida, quita cruda, refrescante, delirante pop.
Después del licuado ibas a los tacos, o una torta ahogada, o gorditas, quesadillas.
Listo. ¡Vamos por mis botas!
No recuerdo el nombre del vatillo. Era una familia que traía ropa, zapatos y accesorios importados.
—Vengo por unas botas rojas, media bota, del nueve y medio, a este nombre.
—Sí, claro que sí, espera unos minutos.
Te las entregaban en una bolsa que decía Dr. Martens.
Esa bolsa la guardabas como trofeo.
Listo, sigamos nuestro camino.
—¿Un agua de coco?
—¿Un tejuino?
—Yo ya no tengo lana, me gasté todo en las botas. Es más, me tienen que prestar pa’l camión de regreso.
—No hay bronca, yo te lo pago. Y si quieres un tejuinazo también, luego te reportas. ¡Ya vas!
Ese dominguirri saliste en la tarde-noche estrenando tus botas nuevas.
—¡Aaaaaa perrrooooo!
—¡Qué perraaaas!
—¡Sí, a huevo!
Ah, cómo calaban esas madres recién nuevas… pero lo bailado, ¿quién te lo quita?
«El éxito es obtener lo que quieres; la felicidad es querer lo que obtienes». —W. P. Kinsella.