La música se escuchaba desde antes de cruzar la puerta y las luces de colores anunciaban que, dentro de Iglesia Primitiva, la noche estaba tomando otro ritmo. No era una inauguración tradicional ni una fiesta común: era una experiencia donde el arte, la música y la cultura popular se encontraron para desdibujar fronteras.

En el marco de Art WKND, Guadalajara volvió a convertirse en un punto de encuentro para artistas, galerías y públicos diversos. Durante varios días, la ciudad se transforma en un circuito vivo donde el arte sale del formato convencional y se mezcla con el recorrido urbano, la música, la conversación y la celebración colectiva. Art WKND no solo abre puertas, también provoca cruces inesperados.
Uno de esos cruces fue La Pulguita, el proyecto de Georgina Treviño y Luis Alonso Sánchez, inspirado en La Pulga, uno de los bares más icónicos de Tijuana. La propuesta partió de un gesto claro: traer el espíritu norteño al occidente del país y construir, aunque fuera por una noche, una extensión simbólica de ese espacio fronterizo en Guadalajara.

El concepto se desplegó como una experiencia total. La barra libre ofrecía bebidas con nombres provocadores y cargados de humor, como “Culo de buchona”, que rápidamente se convirtieron en tema de conversación. El lenguaje, la estética y la actitud apelaban a lo popular, a lo cotidiano, a ese imaginario norteño.

Iglesia Primitiva se transformó en un espacio híbrido. El arte estaba distribuido por todo el lugar, iluminado por luces de colores que cambiaban constantemente el ambiente. La noche comenzó con un DJ que marcó un ritmo constante mientras la gente recorría el espacio, observaba las piezas, conversaba y se apropiaba del lugar. Poco a poco, el volumen subió y la expectativa creció.
Cuando la música norteña tomó el relevo, el ambiente cambió por completo. Había gente joven, bailando sin reservas, grabando videos, riendo entre amigos. Y también había personas mayores, observando con atención, marcando el ritmo con los pies, algunas animándose a bailar, otras simplemente disfrutando del sonido que les resultaba familiar.

La convivencia generacional fue uno de los momentos más potentes de la noche. El norteño funcionó como un punto de encuentro: un lenguaje común que cruzó edades, estilos y trayectorias. Mientras unos recorrían el arte con curiosidad, otros se quedaban frente al grupo musical, y muchos iban y venían, sin necesidad de elegir entre una cosa u otra.
Las luces, la música y el movimiento construyeron un ambiente vibrante. El arte dejó de ser un elemento estático y se volvió parte del flujo: se miraba, se comentaba, se atravesaba. La fiesta no canceló la contemplación; la transformó. La experiencia se volvió corporal, compartida, profundamente viva.
La Pulguita logró trasladar algo más que un bar: llevó a Guadalajara una forma de habitar el espacio, de entender la fiesta y de relacionarse con el arte desde lo popular. En el contexto de Art WKND, la propuesta demostró que el arte también puede sonar fuerte, bailar, mezclar generaciones y apropiarse de la noche.
Por unas horas, Guadalajara se dejó llevar por el son norteño y confirmó que, cuando el arte se vive en comunidad, las fronteras —geográficas, generacionales o culturales— se vuelven irrelevantes.