Cronomicón

“Mausoleo” una obra que incómoda y lleva al espectador a replantearse lo onírico

Poner la mirada en lo ominoso

Para quienes consumen teatro de manera esporádica, suele existir la expectativa de que toda puesta en escena cuente una historia clara, con una línea narrativa definida y un mensaje fácilmente identificable. Se espera salir del teatro con una idea concreta: “ah, la obra trataba sobre esto”, y poder articular un discurso interpretativo relativamente ordenado. Sin embargo, hay propuestas escénicas que desafían frontalmente esta lógica, y Mausoleo es una de ellas. Aquí, nada parece tener un sentido evidente y, lejos de resultar confuso por descuido, esta ausencia de certeza se convierte en el núcleo mismo de la experiencia.

Mausoleo (Valeria González)

Mausoleo se vive como un “sueño febril”: un espacio donde las imágenes, los sonidos y los cuerpos no buscan narrar, sino provocar. Los personajes carecen de nombres y de una identidad definida; su presencia es más simbólica que dramática. No están ahí para representar individuos concretos, sino para activar sensaciones. En particular, la obra construye una atmósfera marcada por lo ominoso, ese territorio ambiguo donde lo familiar se vuelve inquietante y lo cotidiano adquiere una resonancia perturbadora. Según la RAE, lo ominoso es aquello “de mal agüero, azaroso, abominable o que presagia un futuro desdichado”, y esta definición encuentra en la puesta en escena un correlato sensible: todo parece estar al borde de algo terrible, aunque nunca se explicite del todo.

Una de las escenas más potentes muestra un desnudo que se disuelve lentamente para dar paso a una guardia de seguridad, quien, de manera súbita, sufre una convulsión y parece morir. Sin embargo, en Mausoleo nada es completamente seguro: la muerte no es un punto final, sino una transformación ambigua. La guardia parece trasladarse a una dimensión alterna, un “más allá” desde donde continúa comunicándose a través de su radio. Este objeto, convertido en puente entre mundos, es escuchado por el nuevo guardia, quien poco a poco va perdiendo la cordura, atrapado en una escucha que lo conduce al extravío.

El espacio escénico, concebido como un museo, refuerza la sensación de distanciamiento y extrañeza. Tres turistas recorren el lugar, graban con sus dispositivos y señalan insistentemente algo que el espectador no alcanza a ver. Este gesto introduce una capa adicional de inquietud: la sospecha constante de que hay algo fundamental que se nos está negando. Así, la mirada se vuelve incompleta, fragmentaria, siempre en falta. La rutina —encarnada en los recorridos turísticos, en la vigilancia, en la repetición de acciones— se funde con lo extraño, generando una simbiosis perturbadora que desestabiliza cualquier intento de comodidad.

Mausoleo (Valeria González)

A lo largo de la obra, la frontera entre lo real y lo irreal, entre el sueño y la vigilia, se vuelve cada vez más porosa. Al inicio, estas dimensiones parecen claramente separadas, como si entráramos y saliéramos de un sueño. Pero conforme avanza la puesta, ambas se mezclan hasta volverse indistinguibles, atrapando al espectador en un estado de incertidumbre constante. Mausoleo no busca ofrecer certezas ni resoluciones; por el contrario, insiste en la ambigüedad, en la incomodidad y en la imposibilidad de una lectura única.

Partiendo de la premisa de Georges Didi-Huberman, según la cual aquello que miramos nos devuelve siempre una imagen en espejo, la obra reflexiona sobre la ausencia. No como un vacío limpio o un simple hueco, sino como una presencia insistente que retorna, que se niega a desaparecer. A través de atmósferas que dialogan con el silencio, la quietud y la penumbra, se abre un territorio donde lo simbólico y lo siniestro se filtran de manera persistente, obligando al espectador a confrontar aquello que normalmente prefiere mantener al margen.

Mausoleo (Valeria González)

En este proceso, el espacio museístico comienza a descomponerse, revelando su verdad orgánica y sus tensiones internas. Se delimita así un lado A y un lado B: un umbral frágil donde lo vivo y lo muerto, lo visible y lo invisible, se entrelazan. En ese intersticio —casi imperceptible, como una luz tenue o un hilo de arena suspendido en el aire— emerge un espacio para la contemplación. Un lugar incómodo, pero profundamente sugerente, que invita a sostener la mirada justo allí donde lo familiar se vuelve extraño.

Mausoleo no es una obra para sentirse cómodo. No ofrece respuestas claras ni un relato tranquilizador. Su potencia reside, precisamente, en la inquietud que provoca, en la persistencia de sus imágenes y en la sensación de desasosiego que acompaña al espectador incluso después de abandonar la sala. Es una experiencia escénica que interpela, perturba y exige una disposición abierta, capaz de aceptar la incertidumbre como forma legítima de conocimiento.

Créditos

Mausoleo (Valeria González)

Concepto y dirección: Natasha Barhedia

Concepto y performance: Alejandro Mendicuti, Héctor Jiménez Castillo, Roberto Cárdenas, Sophia Barba Heredia, Natalia Martínez Mejía y Natalia Gómez

Concepto y diseño de iluminación: Nano Cano

Diseño de vestuario: Héctor Jiménez

Diseño sonoro y composición: Janine Jop

Composiciones vocales: Natalia Gómez

Voz en off: Roberto Cárdenas y Erick Guillén Torres

Investigación textual: Sophia B. Heredia

Escritura: Roberto Cárdenas y Sophia B. Heredia

Grabación y operación de sonido: Kenji Kishi

Video: Roberto Cárdenas y Natalia Martínez Mejía

Producción: Daniela López – Boreal Productora Artística

Diseño gráfico: Soluciones Visuales de Occidente

Registro fotográfico: Danaé Kotsiras

Imagen: Seven Scenes from the Legend of St. Stephen, Martino di Bartolomeo. Städel Museum, Frankfurt am Main. Dominio público.

Mausoleo forma parte del proyecto DOPPEL DOPPEL GANGER GANGER y ha sido posible gracias al apoyo del programa Habita la Escena 2025 de la Secretaría de Cultura de Jalisco, en la modalidad Residencias Técnicas.

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