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El propósito más planteado

En el mundo occidental, en la noche de año nuevo es frecuente hacer una lista de propósitos. Entre los más comunes están los financieros, los viajes y sobre todo la mejora de hábitos de salud. En el caso de las mujeres, este último se traduce en bajar de peso.

Los excesos propios de las fiestas nos invitan a deshacernos del “equipaje extra” que adquirimos durante el maratón Guadalupe-Reyes. Sin embargo, una cuestión mucho más compleja se esconde detrás de ese propósito tan común.

Diferentes estudios demuestran que alrededor de 60 por ciento de las mujeres mexicanas se sienten insatisfechas respecto de su talla y peso. Aquellas que tienen un Índice de Masa Corporal (IMC) más alto sienten mayor insatisfacción, pero esto también sucede con mujeres dentro de los parámetros de IMC normales.

Al mismo tiempo, México es uno de los países con mayor sobrepeso registrado en su población adulta, alrededor del 70 por ciento, siendo de hasta 75 por ciento en mujeres.

Cuerpos delgados

Así, el propósito de bajar de peso se constituye como expresión de dos situaciones enfrentadas; por un lado, el grave problema de salud pública que es la epidemia de obesidad, y por otro la insatisfacción corporal que angustia a las mujeres y provoca depresión, culpa y autorrechazo. Y es que las mujeres tenemos una presión mucho mayor por encajar en estándares de belleza que se utilizan como baremos para juzgar nuestros cuerpos, pero, curiosamente, también nuestra calidad moral.

A las personas con sobrepeso, percibido o real, se las asocia con falta de voluntad, dejadez, enfermedad, gula, pereza, mala alimentación y todo tipo de defectos de carácter; a pesar de que, en el peso y la composición corporal, confluyen factores genéticos, endocrinológicos, sociales y económicos que no tienen nada que ver con la voluntad o los hábitos de una persona.

En la actualidad, los cuerpos esbeltos se equiparan con belleza y salud. La delgadez femenina se asocia a un mayor control del cuerpo, con una mujer que se cuida, que gestiona bien, que tiene orden y disciplina, que se preocupa por gustar y complacer. Así, su disciplina “interior” también es señal de disciplina a las demandas culturales-patriarcales respecto de su cuerpo.

Por otro lado, las normas y los estereotipos respecto de los cuerpos de las mujeres no se establecen en relación con la salud y el bienestar basados en evidencias científicas, sino con estándares ficcionales e inalcanzables para la mayoría.

No importa que seas una mujer con una talla y peso perfectamente normal para alguien de tu edad, de tu cultura y genética, que está en buenas condiciones de salud; igualmente te sientes inconforme, interpelada por la avalancha de mensajes con la que te bombardean redes sociales, imágenes y todo tipo de medios.

Basta el ejemplo de Venus Williams: una atleta cuyo entrenamiento, alimentación e índice de masa corporal fueron siempre óptimos y cuyo cuerpo, robusto y musculado, la llevó a la cima del tenis mundial. Sin embargo, ahora luce espiritifláutica gracias a un nuevo fármaco que ella misma publicita.

Y es que la industria farmacéutica, de las dietas y suplementos, ven incrementar sus ganancias en enero, cuando las mujeres nos sentimos más culpables. La obesidad es un problema, sí. Pero es un problema que debe ser determinado y tratado clínicamente con un objetivo de salud. Esta situación no debe ligarse a objetivos estéticos: estar fuera del estereotipo no significa estar mal, ni insana, ni ser moralmente reprobable.

Las mujeres somos diversas porque lo son nuestras historias, nuestras condiciones de vida y nuestra genética. Tal vez el propósito, para ese año que comienza, no deba ser adelgazar, sino cuidarnos con agradecimiento hacia nuestros cuerpos, que tanto nos sostienen y nos aguantan.

Mariana Espeleta Olivera y María de la Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte

*Por Mariana Espeleta Olivera y Concepción Sánchez Domínguez Guilarte, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO

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