
La colonia Escuadrón 201, barrio proletario de Iztapalapa fundado por comunistas, henriquistas y “paracaidistas” en el cenit del Siglo XX, le dio su primer revés de campaña a Xóchitl Gálvez en las elecciones presidenciales de 2024: la corrieron a gritos y empellones, porque tal vez ahí jamás gobernará el PAN. Es algo cultural. Dos años después, aquí no importan las reglas de la FIFA, el ambiente mundialista se siente más intenso que en las calles de la Roma Norte, con niños que intercambian estampitas y las madres que compran playeras de la Selección para toda la familia, incluido el perro, a precios 10 veces menores que los de Adidas y las tiendas departamentales, pero con una calidad similar, pues es probable que provengan de la misma fábrica de China o el Sudeste Asiático, sitios donde se ha mudado la mayor parte de la producción industrial global, lo que hace que Trump se empequeñezca ante Xi Jinping.
“Las tengo a 300, pero son de la más alta calidad″, refiere un comerciante que vende clones de jerseys del conjunto mexicano, verdes, blancos y negros, en el tianguis que se pone los fines de semana desde hace varias décadas, junto al mercado y la primaria Juana Pavón de Morelos, en ese vecindario de la capital mexicana. En Liverpool, Martí o Palacio de Hierro cuestan 2 mil pesos, mientras que en este lugar se pueden obtener desde los 100 a 200 pesos, sin que uno note, a simple vista, tal vez sólo en el tacto, grandes diferencias con las prendas oficiales de la firma deportiva alemana fundada por Adolf Dassler, cuyo hermano, Rudolf Dassler, también erigió otra importante marca deportiva, Puma, la cual, no es cacofonía, vestirá a los subcampeones Pumas de la UNAM durante el siguiente torneo.
Los burgueses le pusieron reglas al futbol... pero los obreros le dieron vida
El primer partido de futbol que se jugó en México aconteció en el patio de una mina, la de Dolores, que ahora devino estacionamiento, con apenas una discreta placa que da conocer que aquel lugar en Real del Monte es, desde hace más de 100 años, la cuna de este deporte en el país: fueron mineros ingleses, la mayoría de ellos provenientes de Cornwall, porque en todos los agujeros del planeta, en esos años, había un córnico excavando la epidermis de la tierra en busca de riquezas minerales, quienes lo trajeron a este territorio en el Siglo XIX.
Los británicos le dejaron a los hidalguenses el futbol y los pastes, también algunos niños con ojos claros, para luego llevarse la plata, la cual, se alega, era la de mejor calidad entre todas las naciones del orbe: tanto que en Turquía exigían que los lingotes provinieran de “pachocha”, ante su incapacidad de pronunciar Pachuca, término que, luego de exportar, importamos para referirnos coloquialmente al dinero, “tengo pachocha, no tengo pachocha”, o al menos eso dictaban hace 20 años los libros de la materia de tercero de secundaria Hidalgo joya cultura de México en 2004, asignatura exclusiva para las escuelas de la entidad.
Eran ingleses, pero también eran obreros, los que trajeron ese deporte a México: la propia dialéctica que ha acompañado al balompié desde sus inicios, incluso hasta ahora, que la FIFA anhela un Mundial 2026 de ricos, no de pobres, a los cuales intenta ocultar, por no decir borrar, con la propia complicidad de las autoridades mexicanas.

A pesar de que distintas culturas, incluidas las mesoamericanas, practicaban juegos de pelota, fueron los aristócratas victorianos los que, hace casi dos siglos, le pusieron reglas a una de las múltiples formas de jugar con un esférico: le llamaron futbol asociación y de manera posterior lo extendieron, junto a su imperio, a lo largo de todos los mares y de todos los territorios. De oriente a occidente; de norte a sur; de Hong Kong a Belice. De Sudáfrica a Gibraltar. Etcétera, etcétera.
Burgués de inicio, nacido en las escuelas privadas (aseguran en la serie Ted Lasso que para evitar la excesiva masturbación de los jóvenes estudiantes), el futbol pronto fue adoptado por las masas proletarias, que abandonaban masivamente el campo para trabajar en las fábricas en las ciudades. El balompié, sí, es una consecuencia de la Revolución Industrial. Se trató de un deporte proletario durante gran parte del siglo XX. Quizá de una de las piedras angulares de la identidad de la clase obrera y de los barrios populares de todo el mundo, como la colonia Escuadrón 201, donde incluso hoy en día existen múltiples canchas, cada vez menos, porque lo público sucumbe ante lo privado, en contraste con las colonias de las clases altas, donde proliferan los clubes exclusivos, en los que, paradójicamente, surgieron los primeros equipos de futbol, para luego devenir en un deporte de masas.
El Mundial 2026 sí es un mundial que pretende ser del despojo, aunque quizá no lo logre, pues dar por hecho que lo logrará es limitar la propia potencialidad de la clase trabajadora. Tras el final del fordismo y el advenimiento del neoliberalismo, que como todos los zombies, entre más muerto lo dan, más peligroso se vuelve (se puede argumentar que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue tan neoliberal que, incluso, aniquiló la política, de ahí que ya no existan la oposición ni el oficialismo, pues ya no hay frontera ideológica, moral ni ética, entre Maru Campos y Rubén Rocha), el futbol le fue arrebatado a la clase obrera por la propia burguesía que potenció su concepción.
Qué mayor paradoja para ejemplificar los postulados de Marx. La burguesía, de inicio revolucionaria, se volvió reaccionaria al impedir la inmanente socialización (cuando se habla de inmanencia se habla de Spinoza) a la que nos lleva el capitalismo.

¿Mundial del despojo? Precios exhorbitantes, gentrificación y obras improvisadas
No todos los grandes eventos deportivos han sido sinónimo de despojo: los Juegos Olímpicos de 1968 trajeron consigo grandes obras de infraestructura social, pese a las propias contradicciones que derivaron en la masacre estudiantil. Se construyeron unidades habitacionales para la clase trabajadora, instalaciones deportivas públicas, como la Alberca Olímpica, e incluso el Metro, inaugurado hasta 1969, fue parte de ese proyecto. El Mundial de 1986, en tanto, todavía supuso un intento de llevar el evento a la periferia, por ejemplo, el Estadio Neza 86, actualmente en el abandono, como todo lo público, al cual acudió como espectador Rod Stewart, en el ápice de su carrera, a un partido entre Escocia y Uruguay.
Actualmente, en el posfordismo, es decir, el neoliberalismo, los grandes eventos deportivos ya no buscan los grandes proyectos sociales, sino su privatización, ergo, individualización. Las obras planeadas por las autoridades capitalinas ya no están orientadas en el bienestar social, sino en beneficiar a privados, hoteleros, mafias inmobiliarias, televisoras, etcétera.
La ciclovía de Tlalpan, por ejemplo, ha afectado a las trabajadoras sexuales; mientras que las rentas se han disparado en la Ciudad de México (tendencia que se ha acelerado desde la pandemia de COVID-19) y los conjuntos de departamentos han desalojado a sus inquilinos para, en su lugar, rentar los inmuebles en plataformas como Airbnb.
Los últimos boletos liberados oficialmente el pasado 28 de mayo por la FIFA para el partido inaugural del Mundial 2026, el cual enfrentará a México contra Sudáfrica, tuvieron un precio de 55 mil 815 pesos, pese a que el salario mínimo en el centro de país es de 9 mil 451 pesos mensuales.
De acuerdo a Sports Illustrated, en 1986, en promedio, cada entrada para un juego costaba 625 pesos, menos de la mitad del salario mínimo diario de mil 474 pesos, ajustando el valor de la moneda, de aquellos años.

El futbol se le intenta arrebatar a las clases populares, que se resisten al despojo
A menos de dos semanas del arranque de la Copa Mundial de la FIFA 2026, el torneo más grande en la historia del futbol ya se vive en México.
Sin embargo, la emoción de millones de aficionados contrasta con los precios oficiales de boletos a partidos, así como de las playeras y productos oficiales del torneo, entre ellos, el álbum de estampas de Panini.
“A Cristiano y a Messi los damos a 150 pesos, mucho más baratos que en otros puestos; estamos vendiendo muchos paquetes de estampas al día, ya no tenemos sobres”, asegura la señora Nancy, quien atiende un puesto que vende souvenirs del Mundial, además de stickers del álbum del Mundial, lo cual atrae a niñas, niños y jóvenes aficionados.
El anterior fenómeno se vive en colonias como Escuadrón 201, nombrada en honor de los pilotos mexicanos que combatieron contra Japón en la Segunda Guerra Mundial y la cual fue fundada a finales de los años 40 y principios de los 50 por migrantes del interior de la república, madres solteras, comunistas (liderados por María Trinidad “La Güera” Riquelme, investigada por la Dirección Federal de Seguridad y señalada como amante de Valentín Campa), además de seguidores del general Miguel Henríquez Guzmán, candidato presidencial en 1952, cuyos simpatizantes fueron masacrados en La Alameda tras alegar fraude por parte del candidato priista Adolfo Ruiz Cortines.
En contraste, en las colonias de mayor poder adquisitivo de la capital mexicana, como la Roma, Polanco y la Condesa, hay una indiferencia generalizada respecto al evento deportivo. A menos de dos semanas de la gesta, Televisiones transmiten el México contra Australia, donde triunfó el conjunto nacional con una solitaria anotación de Johan Vásquez, en medio de indiferencia colectiva, como pudo constatar un recorrido realizado por CRÓNICA.

La escasez de los sobres de Panini en todas las tiendas de conveniencia y puestos de revistas de esos barrios, en parte por la presencia de coleccionistas de colonias aledañas, parece ser el único testimonio en esos barrios de que en este año se disputa la competencia en México.
La FIFA ha defendido durante los últimos meses un modelo comercial basado en boletos de alto valor, precios dinámicos y exclusivos paquetes de hospitalidad: la organización, por ejemplo, incluso ha promovido experiencias VIP para quienes buscan acceso preferencial a los estadios sede del torneo.
Al mismo tiempo, distintos organismos de protección al consumidor en Estados Unidos han abierto investigaciones sobre el encarecimiento de entradas y posibles prácticas de escasez artificial en la venta de boletos.
Mientras tanto, en los vecindarios populares de México la realidad es distinta: la expectativa por el Mundial ha generado una auténtica fiebre de consumo popular.
En los tianguis, puestos ambulantes y mercados de barrios populares proliferan playeras, gorras, banderas, vasos, llaveros y todo tipo de artículos alusivos a la Copa del Mundo, con precios mucho menores que el de marcas oficiales.
“Es fetichización de la mercancía, alienación y, sobre todo, marketing. Como todo evento es una oportunidad comercial, la dichosa creación de necesidades de consumo que decía Marx del capitalismo”, indica Yareni Monteón, maestra y doctorante en Filosofía por parte de la Universidad Iberoamericana.
La mercancía parece poseer el valor por sí misma, como una propiedad natural, casi mágica. Para Marx, ahí aparece el fetiche: el objeto es percibido como si tuviera un valor inherente y autónomo, cuando en realidad ese valor proviene de relaciones sociales, trabajo humano y condiciones históricas concretas.
Ese fenómeno de piratería ha encendido las alertas de la FIFA y de las autoridades mexicanas: como parte de los compromisos adquiridos rumbo al Mundial, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) ha realizado diversos operativos contra la comercialización de productos apócrifos relacionados con el torneo.
Uno de los golpes más importantes ocurrió en Tepito, donde fueron intervenidas cuatro bodegas y quince locales que comercializaban mercancía presuntamente pirata vinculada con la Copa del Mundo.
Las autoridades informaron, en su momento, que los operativos formaron parte de un acuerdo de colaboración con la FIFA para proteger los derechos de propiedad intelectual durante el torneo.
Semanas después, otro operativo en el Centro Histórico de la Ciudad de México derivó en el aseguramiento de más de 19 mil productos falsificados relacionados con el Mundial 2026: entre la mercancía decomisada había playeras, tenis, accesorios deportivos y artículos con logotipos del torneo y de marcas patrocinadoras.
Paradójicamente, mientras endurece su postura contra la piratería, a la FIFA se le olvida que el futbol siempre fue un deporte para la clase obrera y para los barrios populares como la colonia Escuadrón 201.