
En esta ciudad todos cargamos con un crimen. O al menos deberíamos, pues nadie vive ajeno a un deseo urgente de venganza. Yo cargo con el mío y no me voy a tomar la molestia de confesar sus motivos. La bruma de los remordimientos, temores y recelos se espesa con recuerdos igual de confusos.
* * *
No puedo recordar qué ocurrió. Al menos buena parte de ello. No quiero. Vengo ensangrentado y no soy capaz de explicarme por qué. Viajo revisándome la ropa y los zapatos; exploro a tientas mi cuerpo y no encuentro una sola herida. No hay dolor o rastros de lucha. A no ser por los lamparones de sangre reseca en mis manos y en la camisa, y el desaliño en el cabello, luzco presentable, diría yo. De mis ojos irritados se podría culpar al aire contaminado que respiro.
Recuerdo las botellas, los recorridos en coche y a pie por la ciudad. Las drogas y las discusiones, las risas desafiantes y mi enojo intermitente, bravero, contra lo que sea. Pero nada más. Recuerdos: verdugos del tiempo y los años.
¿En qué momento decidí seguir mi camino solo? ¿De quién es la sangre que llevo embarrada? No se debe a un pleito. Podría ser de un perro. Puede que sea mía. Pude haber sido yo. Pudo haber sido cualquier cosa.
No tengo tiempo de pensar mucho en aquello, ya soy demasiado notorio para los demás pasajeros del vagón del metro, que me ven con disimulo. Como perros enjaulados en una camioneta del antirrábico. Me cuido de su agresividad soterrada y de pronto tengo que enfrentarlos con la mirada para que volteen hacia otra parte. Quiero convencerme de que la sangre no es mía y que con eso bastará para tranquilizarme.
Todo es posible en esta ciudad.
Me llevará un rato aplacar mis temores. Distraerlos. Repartirlos en esto y aquello. Tonterías. Mantener la cordura y justificar con ilusiones y sentimientos falsos mi presencia en esta vida. Amo a mi mujer, quiero trabajar y forjarme un futuro; mi tarjeta de presentación cotidiana. Una máscara. Digna de un gran mentiroso.
Cada vez hay menos eventos que me conmuevan. No podría ser de otro modo. No guardo rencores ni me interesa que algo cambie. ¿Para qué? Simplemente deseo dormir tranquilo luego de una buena cogida, algo de dinero al despertar por las mañanas y tiempo para mí.
Todos deberíamos tener derecho a eso. ¿A qué más puedo aspirar? Ingrid está de acuerdo y eso ayuda. Significa un día más sin pleitos inútiles. Y ese es el problema. Que apenas tenemos lo indispensable para evitarlos. Sacamos adelante los gastos haciendo toda clase de maniobras. A veces no aguanto más. ¿De dónde chingados salió esta sangre?
Aprendí otro idioma durante el tiempo que viví en otro país trabajando como bracero. Ingrid me ayudó en todo, es más capaz y obstinada que yo. Con nuestros ahorros regresamos a esta ciudad dispuestos a intentarlo de nuevo. Lo primero que hicimos luego de conseguir un departamento fue viajar a la playa. Ingrid tenía muchos años sin ir y yo no conocía el mar. Nos divertimos entre filigrana folclórica de segunda mano. Mientras tanto, yo mentía y ella lo aceptaba. Será fácil, Ingrid. No soy un tonto cualquiera. Ya verás, pronto conseguiremos trabajo, no hay de qué preocuparse. Venga, pide más comida y bebida.
Nos quemamos la lana yendo de aquí para allá, casi siempre buscando trabajo inútilmente, y cada vez pasábamos más tiempo en silencio, evitándonos. Aplastados por una inocencia imperdonable. Y todavía hay quien ama esta ciudad donde no se puede vivir si no es transando, sometido, cayendo muy bajo, traicionando, matando. Mintiendo. Me harta confrontar esta verdad en la mirada del populacho pañoso y hambriento.
Meses después, a duras penas conseguí un empleo en uno de esos institutos chafas de idiomas que prometen resultados inmediatos. Asesoramiento personalizado, ofrecían a oficinistas de bajo perfil. Les vendían casetes para memorizar oraciones y un cuadernillo con ejercicios. Una vez aprendida la lección los estudiantes sacaban cita para que un instructor “altamente capacitado” revisara las lecciones y aclarara dudas dentro de pequeños cubículos en un edificio de negocios pequeño y discreto. Yo revisaba las tareas de los alumnos. Han pasado más de dos años desde que renuncié. Obtuve el puesto luego de una prueba oral donde resultó que yo hablaba con mayor fluidez que el director del instituto. Mi vocabulario es amplio pero confundo los tiempos verbales, aunque ni se notó en la entrevista. Me presenté diciendo que había estudiado en una universidad del extranjero y el fulano, un mercachifle ignorante, para ya no exhibir sus limitaciones, fingió tener prisa y nunca verificó mi ridículum y las cartas de recomendación falsas. Iba dos veces por semana. Pagaban una mierda y eso mismo es lo que yo daba a cambio. Ni siquiera tenía que corregir la pronunciación porque casi nadie pasaba las primeras lecciones. A los más empeñosos los hacía repetir oraciones en voz alta hasta que se hartaban. Pobres ilusos: se esforzaban para conseguir un hueso menos roído. Nos entendíamos en ese punto y luego de unos meses cobré mi cheque y ya no regresé.
Desde que nos conocimos, Ingrid se dio cuenta de que no tenía grandes aspiraciones, pero no le importó. Es mestiza como yo. Mitad terca y mitad le vale madre. La mayoría de la gente no entiende las diferencias entre ser pobre aquí y ser pobre en el extranjero. Ella sí.
Estamos hartos de todo, incluido este clima traicionero que no deja ganas de otra cosa que de echarle la bronca al pendejo de al lado. Flemas, los pulmones quemándose como bombones a las brasas, dispepsia.
El metro frenó de improviso a mitad del túnel, me agarró malparado y fui a dar al suelo atropellado por una masa compacta de carne sudorosa. Antes de que entendiera qué ocurría, recibí una tunda de rodillazos y codazos; barrigas y manos se restregaban contra mí para levantarse. El vagón quedó a oscuras y luego de algunos quejidos y maldiciones, los pasajeros regresaron a su silencio como si nada hubiera pasado. Lentamente me escurrí a empujones hacia la puerta.
Me revisé los bolsillos del pantalón. Me habían robado la cartera. Encontrar al ratero entre la oscuridad y los gestos de idéntica frustración era imposible. Alguien más podría estarme viendo con las mismas sospechas. Nada que lamentar, sólo traía cincuenta pesos, dos boletos de metro y una tarjeta de ahorros con la cuenta en ceros.
Escuchaba con claridad las respiraciones sofocadas. Estaba muy cerca de mi domicilio, a dos calles de la próxima estación. Vivo en el centro, casi al final de la línea que une en sus dos extremos los barrios más duros de la ciudad. En medio está el campo de batalla. No hay una sola estación en toda la ruta donde salir a la calle y caminar tranquilo. De todas maneras, me arrepentí de no haber seguido mi trayecto a pie. Luego del último trasbordo, la lentitud del servicio y el amontonamiento elevaron la temperatura a niveles insoportables.
La resignación generalizada parece desafiar al sadismo de los gobernantes. Tenemos una deuda enorme con nuestro amor propio.
** Fragmento tomado de la novela Al final del vacío.
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