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El adiós a José José y la tentación del melodrama

Al difundirse la noticia de la muerte de José Rómulo Sosa, fueron miles quienes dejaron de llamarlo José José, como lo habían hecho durante décadas. Tampoco se refirieron a él por el sobrenombre acuñado cuando alcanzó la cima de la fama y se convirtió en un ídolo consagrado, El Príncipe de la Canción. A ese muerto que tanto dolía lo llamaron simplemente El Príncipe, sin lugar a duda o confusión. La urgencia de la despedida reveló ácidas historias familiares y creó nuevos personajes para agregar al catálogo de villanos nacionales.

El funeral de la Reina Isabel II
El funeral de la Reina Isabel II El funeral de la Reina Isabel II (La Crónica de Hoy)

Como en el caso de Juan Gabriel, era fin de semana. Sábado 28 de septiembre de 2019. De Miami surge la noticia: José José, El Príncipe de la Canción, ha muerto. Hasta cierto punto, la noticia no sorprende, pero sí duele. Desde 2017, se sabe que el cantante, ídolo del México urbanizado de la segunda mitad del siglo XX, padece cáncer de páncreas. Y aunque todas las versiones oficiales del periodismo de espectáculos aseguran que José José se restablece poco a poco, su voz casi inexistente, su delgadez, su fragilidad, sugieren otra cosa.

Está muerto. El Príncipe está muerto. Las estaciones de radio comienza a reprogramar sus contenidos; las televisoras, machaconas, repiten una y otra vez los dos gramos de información que poseen en las primeras horas. Se desata una catarata de condolencias que encuentra su cauce en la televisión y en las redes sociales. De 2016, año de la muerte de Juan Gabriel, a 2019, el uso y el poder de las redes se ha incrementado y es campo de batalla cotidiano donde los sentimientos colectivos y las ocurrencias de la cultura popular compiten por el Trending Topic, y las agresiones masivas y los linchamientos virtuales están a la orden del día. Esos rasgos de la vida digital de los mexicanos se verán exacerbados en los días que dure el luto por la muerte de José José.

HISTORIAS DE FAMA, ALCOHOL Y EXTRAVÍO. Para nadie en México es un secreto que José José había librado, a lo largo de décadas, una dura pelea por sobreponerse a su alcoholismo, a la par que grababa discos que se volvieron clásicos modernos. El joven del barrio capitalino de Clavería, de ser el nuevo talento que asombra al país entero en el Festival OTI de 1970 al cantar El Triste, evoluciona a convertirse en un ídolo en toda la extensión de la palabra. Sus canciones son el referente sentimental de los mexicanos del último tercio del siglo XX; sus letras acompañan la euforia del enamoramiento, el dolor del abandono, la debacle de la soledad. José José, en los días de su muerte, ha recibido homenajes que van desde un peculiar álbum de covers, grabado por las figuras del rock nacional, hasta un libro donde la crónica de las glorias del cantante se entrevera con el sentimentalismo nacional y el surgimiento de los ídolos populares del fin de siglo.

No es sólo la batalla para tener a raya al alcoholismo. Son muchos los males que José José padece a lo largo de los años: enfisema, diabetes, gastritis. Es el estrés, la vida enloquecida, el caer y volver a levantarse. En esa pelea personal contra sí mismo y contra las consecuencias de años de descuido, El Príncipe de la Canción tiene siempre junto a sus leales admiradores. Como en el pasado ocurrió con otros ídolos, sus flaquezas humanas, humanísimas, se le perdonan. Ni su tormentoso divorcio de la actriz Kiki Herrera, ni su matrimonio con la modelo y actriz Anel, de quien años después se divorciará de manera también ruidosa, le quitan puntos ante sus fanáticos. Como a Pedro Infante, como a José Alfredo, como a Javier Solís, todo mundo le dispensa lo mujeriego, las etapas de irresponsabilidad, los días de alcohol y declive. ¿Cómo se puede juzgar con dureza a este personaje, que tan bien retrata, con las canciones que interpreta, los altibajos emocionales de los mexicanos?

En esas horas inmediatas a la difusión de la noticia de la muerte del cantante, los mexicanos se mueven, buscan que su duelo circule por todo el mundo; que las imágenes de su dolor lleguen hasta Miami, donde les dicen que está el cuerpo de su agotado ídolo. En las redes aparece un video impactante: en uno de tantos microbuses que circulan en la ciudad, los viajantes se arrancan a cantar El Triste. No se conocen entre ellos, nadie sabe de las íntimas tragedias del pasajero de junto. Pero en esos minutos en que desgranan la letra de la canción, intentando, con inocencia, igualar el timbre y la potencia de su José José, son parientes, son amigos. La tristeza los iguala y los hace solidarios.

EL MELODRAMA Y LAS NUEVAS VILLANAS DE MÉXICO. Mientras en la televisión mexicana y en Twitter se suceden las condolencias de los famosos y de los menos famosos; mientras la clase política no quiere quedarse atrás y también agregan su granito de arena al sentimiento colectivo, la gente sencilla empieza a movilizarse. Lo mismo habla para los medios Christian Castro que Carlos Rivera; Aleks Syntek que Emmanuel. Se entristecen ante las cámaras Carmen Salinas, Gloria Trevi, Manoella Torres y Maribel Guardia. El expresidente Felipe Calderón no se queda atrás, y, desde luego, el presidente Andrés Manuel López Obrador dice lo suyo, lo que de él se espera, como mandatario que es.

Pero en el barrio de Clavería, sin hacer mucho escándalo, primero son unas pocas decenas de personas las que se concentran en el llamado Parque de la China, y se ponen a cantar las clásicas del Príncipe. Horas después, ya no son unas pocas decenas, ya suman varios cientos. Empiezan a cerrar la calle, llegan las cámaras de televisión. El duelo por el ídolo va cobrando forma, y se empieza a generar una petición generalizada: que lo traigan, que vengan sus restos a México, que permitan a su gente despedirse de él, como quien lo haría con el mejor amigo o con el familiar cercano.

Y la solicitud, que muy pronto se vuelve reclamo, se ventila en los medios de comunicación masiva porque José José vivía, desde 1995, en Miami, casado con Sara Salazar, su tercera esposa. A ella y a Sarita, la hija más joven del Príncipe, se dirige la petición desde México: que venga, que lo traigan, que nos dejen despedirnos de él.

Al dolor colectivo por la muerte del ídolo va a agregársele una telenovela con argumento mexico-estadunidense, que convertirá a “las Saras”, y en especial a Sarita Sosa, en villanas odiadísimas en México.

LA DISPUTA POR UN CADAVER. Al día siguiente de la muerte de José José, sus hijos mayores, Marisol y José Joel, parten a Miami, a despedirse de su padre. Llevan la encomienda de los mexicanos en general y de su madre, Anel, en particular de conseguir que el cuerpo del ídolo sea traído a México para homenajearlo y para darle sepultura junto a la tumba de su madre, como él había manifestado en vida.

Pero cuando los hijos mayores se apersonan en Miami, el melodrama adquiere tintes de tragedia shakespeareana: nadie les dice en qué funeraria se encuentra el cuerpo de su padre. Sarita, su medio hermana, no les contesta el teléfono. En el hospital hay hermetismo. En cambio, la tercera hija del Príncipe aparece en la televisión, dando una entrevista que, se especula, ha vendido a la televisión de Miami. La furia empieza a brotar entre los admiradores mexicanos.

Espoleados por una muy lacrimógena transmisión televisiva del popular programa “Ventaneando”, los ánimos se caldean. Se afirma sin empacho que “las Saras” ocultan el cuerpo de José José y que les niegan a los otros hijos una despedida final y el traslado del cadáver para una despedia y un homenaje en México. Se especula sobre la causa real de la muerte del ídolo; los hijos mayores afirman que Sarita se les esconde. Desde México surgen HTs violentísimos en contra de Sarita Sosa, de su ausencia de lágrimas ante las cámaras, de insinuar que le prometió a su padre moribundo que “seguiría con su carrera” de cantante, se entiende. Las redes responden con rechiflas e insultos.

La bronca sube de punto. Los hijos mayores amenazan con recurrir a un abogado, cosa que concretan. Acuden a un conocido antiguo de su padre que actúa como mediador. Se genera la percepción de que a Sarita, que a estas alturas ya es más odiada que el padre de Luis Miguel —villanísimo de la serie biográfica sobre El Sol— le han torcido la mano para que se reúna con sus hermanos y acceda al homenaje en México. Después de la forzada reunión, todos salen a dejarse fotografiar por la prensa, hablando de lo mucho que se quieren y de que todo ha sido un acelere, fruto de la inexperiencia de “la Niña”, a la que medio México detesta ya con todo el corazón y pretende atacar boicoteando las descargas de las canciones de José José en todas las plataformas, para que no le caiga ni un centavo de regalías, pues en el jaloneo ha salido a la luz que Sarita es quien posee las facultades legales para manejar esas ganancias.

EPÍLOGO ACCIDENTADO. Se llega a un acuerdo. Accidentado, pero acuerdo: José José será incinerado. Se le traslada al crematorio en un ataúd cerrado, chapado en oro. La mitad de las cenizas se quedan en Miami, la otra mitad se llevan a depositar a México, previo duelo y homenaje. Los hijos mayores no quedan muy conformes, y de este lado de la frontera se ejerce el derecho de pataleo. Pero es lo que hay, y en un avión de la Fuerza Aérea, y con la asistencia de la Secretaría de Relaciones Exteriores, José Joel, Marisol y las cenizas de su padre llegan a México.

Y entonces se remonta la furia de las redes; se apaciguan los ánimos para despedir al ídolo. El ataúd dorado con la urna de cenizas pasa por Bellas Artes, por Clavería. Lo escoltan patrullas y los jóvenes comentaristas de televisión, ¡inocentes! que nunca han visto las imágenes de la capital enloquecida por Pedro Infante, aseguran que la Ciudad de México no ha visto algo parecido.

El homenaje en el parque de Clavería es intenso, con todos los presentes cantando, aunque José Joel no alcance la tesitura de su padre. Sólo entonces, mientras el ataúd dorado se va al Panteón Francés, la tristeza colectiva se apacigua: han logrado despedirse de su ídolo, de su Príncipe.

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