
El teatro guiñol Petul que implementó en Chiapas durante los años cincuenta del siglo pasado el entonces Instituto Nacional Indigenista y en el que participaron la escritora Rosario Castellanos, el fotógrafo Carlos Jurado, el director escénico Marco Antonio Montero y el artista Adolfo Mexiac, sobrevive en el siglo XXI: hubo funciones en 2014 en escuelas chiapanecas y en el 2000, la Secretaría de Salud desempolvó los títeres para dar consejos de salud reproductiva.
Así lo señala Susana Ayala Reyes, investigadora del Instituto Politécnico Nacional (IPN), quien recupera la historia de ese teatro y quien comenta que, desafortunadamente, los cientos de títeres que se usaron durante toda la mitad del siglo pasado, se encuentran perdidos, ya que nadie sabe con precisión qué institución los resguarda.
“Hice un trabajo de archivo, investigué en el Museo Nacional del Títere (Huamantla, Tlaxcala), en la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y en el archivo de San Cristóbal de las Casas. Al principio pensé, como la mayoría, que el Teatro Petul había terminado en los años 60 o 70, pero encontré testimonios de funciones durante este siglo. El mismo personal de los archivos me fue enlazando con las personas que aún hacen títeres en Chiapas y con los que fueron espectadores, para armar las secuelas de ese teatro”, relata.
La etnóloga y lingüista comenta que el Centro Coordinador Indigenista Tzeltal-Tzotzil durante los 50 fue el crisol del Instituto Nacional Indigenista (INI) para incidir en los Altos de Chiapas, primero en aspectos de entretenimiento y después, con laborales educativas.
“¿Para qué querían el Teatro Petul? Para el INI, el teatro de títeres fue una alternativa de entretenimiento, en realidad no lo pensaban como un proyecto educativo. Pero en 1951, cuando se fundó el Centro Coordinador Indigenista, empezaron a trabajar con promotores indígenas para integrar a la población indígena a la sociedad nacional, y para combatir epidemias de salud como piojos, tifoidea y muertes por cólera”.
A finales de 1953, añade, una compañía de teatro de títeres llegó a San Cristóbal de las Casas y a partir de eso, el Centro Indigenista pidió que el Instituto Nacional de Bellas Artes les enviara un titiritero para capacitar a cuatro personas hablantes de tzotzil: dos hombres y dos mujeres. El enviado fue José Nuñez, quien les enseñó a hacer un guión, bambalinas y títeres con molde de yeso.
La función que presentaron fue Caperucita Roja, pero para los indígenas la historia no tenía sentido, por eso los cuatro titiriteros se organizaron para crear una nueva obra y modificar a los personajes: los hicieron parecidos —físicamente y en su atuendo— a los tzeltales, tzotziles y zinacantecos.
“En 1954 llegó Marco Antonio Montero, él era director de teatro escénico del INBA y fue discípulo de Seki Sano, entonces su metodología fue platicar con la gente e investigar qué conflictos había entre los habitantes. Así los cuatro promotores y titiriteros, enterados de los conflictos, los representaban (a veces con posibles soluciones) y entonces la gente se sentía aludida”.
De esa manera surgió Petul (que en tzotzil quiere decir Pedro), uno de los personajes del teatro guiñol, quien siempre dialogaba con otro personaje: Xun. Ambos representaban situaciones reales, por ejemplo, si los indígenas no querían escuchar las recomendaciones del médico de ser rociados con DDT para aplacar la plaga de piojos, Petul y Xun visitaban la comunidad para demostrar que no pasaba nada si se dejaban rociar DDT (práctica de salubridad común en esa época).
En palabras de Ayala Reyes, “la gente tenía una interacción real con los titiriteros, les preguntaban cosas, se peleaban con ellos, le preguntaban a Petul si conocía a sus abuelos, si él había creado el mundo, si podía curar a su esposa… pareciera que los títeres se convirtieron en seres místicos y mágicos. Pero más allá de ese pensamiento, en mi investigación resalto que hubo otro proceso: el Teatro Petul se construyó colectivamente, hubo una apropiación de ser espectador y de ser titiritero”.
SECUELAS. Al día de hoy en Chiapas, decir Petul-Xun es sinónimo de teatro, comenta Ayala Reyes. “Después de los años 70, el Teatro Petul ya no tuvo la misma fuerza, pero hoy está muy presente en la memoria de la gente. Este teatro empezó a decaer por los cambios políticos porque el INI tuvo una crisis económica y de logística”.
—¿Aún se realizan funciones del Teatro Petul?
—En los 80 se presentaban en las escuelas, pero iba toda la comunidad. De los 90 al 2000 hubo un revuelo grande del Teatro Petul a través de la Secretaria de Salud, sobre todo en campañas del papanicolau, cáncer cervocouterino y salud reproductiva en general. Contrataron agentes médicos comunitarios y a un titiritero: Manuel. También la SEP hasta 2014 estuvo haciendo funciones de Petul-Xun en las escuelas, pero eran funciones muy cerradas.
—¿Se conservan los títeres de Petul, Xun y de los demás personajes?
—Los títeres que estaban en el Centro Coordinador, suponemos que los tiraron a la basura, no sabemos qué paso con ellos. Hay informes de 1962 que dicen que se habían creado 120 personajes, es una producción enorme, e incluso encontré en las fotografías de archivos y que conservan algunos titiriteros que había títeres de Petul niño, Petul viejito, Petul maestro, Petul ingeniero, Petul como anciano de la comunidad, pero no he visto ni uno solo de esos.
“El ahora director del Archivo Histórico de San Cristóbal de las Casas me decía que entró a los 80 a trabajar en el INI y que cuando los corrieron del Centro Coordinador, sacaron del taller a los títeres y que después encontraron en un río cajas con títeres”.
Sin que se pueda corroborar, aclara Ayala Reyes, se sabe que el Museo de Culturas Populares tiene un títere de cada personaje, y en cuanto a los títeres de las campañas de los años 80, los resguarda el titiritero chiapaneco Manuel por ser parte de su producción artística.
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