Opinión

Assange, libre: mucho alivio… y muucha hipocresía

Julián Assange es un hombre oficialmente libre, después de 12 años huyendo de las garras de Estados Unidos (7 años encerrado en la embajada de Ecuador en Londres y cinco años en una cárcel en la capital británica), por haber publicado en su portal Wikileaks cientos de miles de documentos que prueban los crímenes que cometieron los soldados invasores estadounidenses contra afganos e iraquíes.

El fundador de Wikileaks eligió ser juzgado en el punto de la jurisdicción estadounidense más cercano a su natal Australia —las islas Marianas, en el Pacífico sur—, lo que revela su lógico miedo a pisar el territorio continental de un país que aplica a discreción la pena de muerte, si el fiscal o el juez tienen un mal día.

Recobrada la libertad, Assange podría visitar sin problemas EU (país que no permite juzgar de nuevo un caso juzgado); pero, que nadie se lleve a engaño: Assange no fue indultado por el presidente Joe Biden, como sí hizo Barack Obama con Chelsea Manning, la soldado que pasó cientos de miles de documentos secretos precisamente a Wikileaks.

Lo que hizo Biden (en lo que parece un guiño electoral al sector izquierdista del Partido Demócrata, enojado por su entreguismo con Israel) fue pedir al Departamento de Justicia de EU que aplicara la interpretación más suave de la ley, de manera que, en caso de declararse culpable, los cinco años que ha pasado Assange en la cárcel británica sea la pena que se le aplique, para que así quede automáticamente libre.

Y esto fue lo que ocurrió: Assange se declaró culpable y recobró la libertad; la libertad personal, porque la mala noticia es que, al haber admitido su culpabilidad, el periodismo de investigación seguirá amenazado por los países poderosos que perseguirán penalmente a quienes denuncien sus crímenes de Estado.

En cualquier caso, a Assange podría haberle ido mucho peor; podría haber sido presidente Donald Trump y acabaría envejeciendo en una cárcel de EU (anuque no en la silla eléctrica por su obligación de cumplir el acuerdo de extradición con Gran Bretaña, que prohíbe la pena capital).

En su breve intervención ante la juez de las remotas Islas Marianas, Assange no se declaró exactamente culpable de violar la Ley de Espionaje, sino “culpable de obtener información de Defensa”, como si, en un último acto de venganza oculta a sus perseguidores de tantos años, quisiera que el resto del mundo complete la frase que él no podía darse el lujo de decir: “culpable de pasar a prestigiosos medios internacionales información de Defensa de EU sobre los crímenes que cometieron sus tropas y que trató de ocultar al mundo... hasta que el las filtró al mundo”.

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Porque esto es lo que realmente está detrás del caso Assange: como el gobierno de Estados Unidos no pudo perseguir a los periódicos que publicaron los documentos que robó Manning cuando trabajaba en el Pentágono (los medios están amparados por la Primera Enmienda y su derecho a la libertad de prensa), se vengó con saña del mensajero más débil, al que negó su condición de periodista y acusó de ser un hacker (un espía contemporáneo). 

Pero la opinión pública no se debe dejarse engañar: Assange nunca tenía que haber sido perseguido por espionaje y mucho menos acabar en la cárcel porque no es un espía que vendió secretos al enemigo, sino un mensajero que destapó una megaverdad incómoda. Su liberación es un alivio, pero, reitero, el derecho a informar libremente sigue amenazado en todo el mundo; en demasiados países los periodistas son intimidados, encarcelados o asesinados impunemente (México es el mejor ejemplo de ello).

Por eso resulta de una hipocresía monumental que, el mismo día que EU dejó en paz a Assange, después de perseguirlo por infiormar sobre los crímenes de sus soldados, la Casa Blanca condenase a Putin por censurar a 81 medios europeos “para que los rusos no sepan la verdad de los crímenes de las tropas rusas en Ucrania”. Dijo el comal a la olla: no te acerques que me tiznas.

Como bien dijo Rafael Correa, el expresidente ecuatoriano que concedió asilo Assange y le permitió que se refugiara en la embajada de Ecuador en Londres, “si Assange hubiese denunciado los crímenes de China o Rusia, tendría un monumento en Washington”.

Y hablando de hipocresía pura, la de los líderes de Cuba y Venezuela, Miguel Díaz-Canel y Nicolás Maduro, que despotrican del “imperialismo” por la “cruel persecución” de Assange, mientras mandan a sus cárceles a decenas de periodistas, blogueros e internautas, por haber pedido al mundo auxilio contra los crímenes de sus regímenes o simplemente para que los ayude a lograr ser libres y vivir en democracia.

Pero estos “pequeños Assanges” no interesan ¿verdad AMLO?

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