
El reciente filme de Todd Field, "Tár", que narra el drama de la directora de orquesta Lydia Tár, en el clímax de su carrera, magistralmente interpretada por Cate Blanchett, ha despertado no solo interés, sino airadas polémicas que han provocado, desde mi punto de vista, aquello que precisamente critica: la polarización moralizante de los juicios que provienen de los discursos identitarios de nuestros tiempos y que marcan la agenda de lo políticamente correcto.
Esta polarización no es más que la gran perversión de la ética como el desarrollo de una vida buena, porque alza como criterio absoluto e indiscutible el carácter de una identidad en especial -dígase identidad de género, identidad histórica, identidad racial, identidad preferencial, identidad política- abstrayéndose de la condición misma de ser humano cuya característica es la ambigüedad, la fragilidad, la vulnerabilidad.
Por lo que no hay un ser humano que pueda ser ejemplo absoluto de moralidad sino, como ya lo decían los pensadores medievales, somos Homo Viator, seres humanos en vías de devenir; o, como Nietzsche mencionaba, haciendo alusión al Evangelio, cada uno es “humano demasiado humano”.
En este sentido, el filme logra poner en entredicho cinematográficamente toda esta pretendida ola de “buenas conciencias” que, como dice el mentor del personaje de Lydia Tár, les basta acusar para condenar, para cancelar, y ponerse en el pedestal de la supuesta superioridad moral, regodeándose de aniquilar a las malas personas del mundo; característica, por cierto, del fascismo, multiplicado hoy en microfascismos, en parte, gracias a las redes sociales digitales.
El filme merece ser analizado exhaustivamente, ya que posee múltiples capas de reflexión y de composición, pero para no desviar la atención del argumento planteado me centraré en la secuencia cuando Lydia imparte una masterclass en la prestigiosa Julliard School de Nueva York. Esa escena tiene un fuerte efecto dramático porque, a partir de ello, vemos el enfrentamiento de la ambigüedad humana con dos formas de relacionarse con el poder: el poder del mérito y el poder de la mediocridad; la primera con sus justificaciones y sus tentaciones, la segunda siempre destructora.
Para resumir el momento central de esta secuencia, el alumno de la clase de dirección orquestal, a quien Lydia le ofrece una lección sobre la intencionalidad del compositor y el intérprete, se niega a siquiera escuchar, a leer o a estar dispuesto a entender a Bach, porque va en contra de su identificación como pangénero, y no puede tolerar a un hombre blanco, misógino y cisgénero, que tuvo más de 12 hijos. Ante ello, Lydia le demuestra que si pretende ser músico debe ir más allá de su identidad; por lo cual, el alumno, al sentirse ofendido, abandona la clase.
En esta escena, aunque algunos consideran que Lydia humilló al alumno, considero que le dio una lección, ya que el alumno representa el uso del discurso identitario para impedir el aprendizaje musical en este caso y, con ello, privarse de la madurez, y así justificar su propia mediocridad. La lección es que la obra no puede descalificarse por la persona, que el valor de la música trasciende las identidades, y que permanecer en esa actitud, por una identidad, es una forma de clausura ante la realidad por pretender una superioridad moral. Esto es una falsa identidad, porque la verdadera se relaciona con el devenir de madurez que cada persona emprende y que es singular. El problema es que el alumno utiliza el discurso identitario para hacerse la víctima, cuando no es víctima de nada, y para hacer que la maestra, al tener autoridad y conocimiento sobre el tema, sea un agresor, porque ejerce el poder de la educación.
Más adelante en el filme, la escena de la clase es editada y viralizada en las redes sociales, en el momento en que Lydia es acusada e interrogada sobre la supuesta relación de abuso sexual con una de sus becarias, quien termina suicidándose. La situación es devastadora, porque destruye la posibilidad de discernimiento moral, paradójicamente por una intención moral: primero, impide toda presunción de inocencia de Lydia acerca de la acusación de abuso y de la responsabilidad sobre el suicidio de su becaria; segundo, hace equivalente el sentido de la víctima de abuso, real o no, con el de haberse hecho la víctima del alumno, con la consecuencia contradictoria de que o todos somos víctimas o no hay víctima alguna; y, tercero, destruye toda posibilidad de vínculos morales, porque impide la disponibilidad que debe existir en los procesos de iniciación y de aprendizaje de un joven ante la autoridad meritoria de un maestro. Esto acaba literalmente con la carrera de Lydia, su matrimonio lésbico, y con la potestad de su hija adoptiva, quedando exiliada para siempre del ámbito consagrado a la interpretación musical.
La ambigüedad humana con la que Lydia Tár ejerció el poder se convirtió en la fuente de la condenación gracias al juicio sumario de las redes sociales, que no diferencian entre hacerse la víctima y serlo de verdad. La ambigüedad consiste en que, por un lado, Lydia se ha ganado por su talento y trabajo el poder legítimo del maestro y de directora de orquesta y, por otro, se ve tentada a utilizarlo para otros fines, en su caso, como se sugiere de forma sutil, para obtener ciertos favores de mujeres jóvenes. Ambigüedad que el filme problematiza, porque nunca queda claro que las relaciones de las que se le acusa fueron por el ejercicio de su poder o porque las acusadoras se aprovecharon de esa debilidad del poder, se da la ambigüedad con la pregunta: ¿dónde se demarca la delgada línea de que, en las relaciones, que ahí se denotan, se suceden porque la pretendida víctima también lo provocó o se convirtió en víctima porque esperaba demasiado de su relación personal? En el caso de la becaria, al parecer, presentaba una conducta compulsiva obsesiva que desató la tragedia, y como también pasa con su asistente personal, cuando no le ofrece el puesto de asistente de directora vacante que cree que lo merece por la misma relación. La pregunta incómoda es ¿Hasta qué punto son víctimas de verdad o se hacen las víctimas?
La ambigüedad aparece con más énfasis en dos ocasiones del filme: primero, cuando Lydia le da la oportunidad a la joven chelista rusa Olga Metkina, al parecer porque se siente atraída por ella, para interpretar el concierto de complemento en lugar de la chelista de tradición. Sin embargo, no impone su decisión, sino que la propia orquesta reconoce el talento de la joven. Y segundo, cuando defiende a su hija adoptiva del bullying que sufre por otras niñas que la desprecian por el color de su piel. Así nos preguntamos ¿Puede ser abusadora aquella persona que defiende a otras de abuso? No quiero decir no haya víctimas reales del abuso que puede ejercerse desde un poder legítimamente adquirido, sino quiero resaltar que el filme nos hace reflexionar de cómo en nuestros tiempos nos dejamos llevar fácil y rápidamente por los cantos de las sirenas identitarias, perdiendo de vista a las personas y su propia complejidad o su condición de ambigüedad, que es lo que nos hace comunes como seres humanos. Por lo mismo, me parece que los ruidos que Lydia escucha por las noches, las imágenes oníricas que la atormentan y, al final, su regreso a la casa paterna con la indiferencia y desprecio de su hermano, indican también que, como todo ser humano, en el camino de ser sí mismo y que ha tenido en sus manos el ejercicio del poder, ha luchado consigo misma, con sus demonios, remordimientos, arrepentimientos, malas y buenas decisiones, al final del día "Tár" es, humana demasiado humana.
* Universidad del Claustro de Sor Juana
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