Cronomicón

Cuento de la Sogem

El viaje

Esa noche la vivacidad de su mirada había desaparecido. El dispensador de alimento colocado en el corto pasillo que comunica a las habitaciones de la planta alta permanecía intacto; había perdido el apetito. La milanesa cocinada unas horas antes no le despertó el hambre de otras ocasiones. Su cuerpo cubierto por un pelaje bicolor anhelaba el cosquilleo que precede al juego de atrapar las cuerdas y pelotas, en esos momentos sus objetos de entretenimiento permanecían en modo de espera.

Le inquietaba ver esa maleta con sobres gigantes encima, cuando ella viajaba él se afligía y ella estaba feliz; hoy a los dos los opaca la tristeza. No entendía por qué́ esa noche ella se acostó más temprano y antes de hacerlo prolongó sus oraciones. Al dormirse ella, él se acurrucó a su lado como todas las noches.

Cuento de la Sogem

El sueño parecía haber borrado su preocupación cuando antes del amanecer, la insistencia del reloj lo despertó́ y de nuevo apareció la angustia, ya que ella solía dejar la cama rozando el mediodía. Esa mañana se vistió con ropa deportiva, aunque no tenía por costumbre ejercitarse. Advirtió la ausencia del perfume que ella usaba, ese que a él le irritaba los ojos y la nariz. Su reloj de caucho y la cadena dorada con medalla de luna habían quedado reposando sobre la cómoda. Ella salió de su habitación con él en brazos, le dijo unas palabras en las que él percibió pesadumbre. Alguien cargó su maleta, ella, los sobres gigantes, su acompañante tenía un semblante serio. Él se inquietó; esa fractura en la rutina encerraba algo desagradable. Antes de que ella saliera se restregó en sus piernas, le ronroneó, era su benefactora madre desde hacía ocho años cuando ella lo prohijó como un miembro más de su manada.

Al escuchar el crujir de la vieja puerta, el ánimo abandonó su vida, la desesperanza lo cubrió; ella se había ido. A él le faltaban los medios para explicar la simbiosis que había entre ellos, un vínculo de amor único. Se comunicaban con sus miradas, él sabía que ella era incapaz de abandonarlo, pero hoy temió que de forma involuntaria lo hiciera. Algo pasaba en ese corazón que tanto lo amaba. Se enroscó bajo la silla preferida de ella y ningún llamado a comer lo sacó de ahí, no se acicaló, ¿para qué?, quien lo acariciaba se había marchado, no escuchaba esa voz que le hablaba como a un niño. Él se olvidó de vivir y de comer.

Continuaba abandonado en su tristeza, ella seguía lejos de casa. Un día le pusieron una pantalla rectangular de la que salió casi un murmullo, un sonido apenas audible, pese a eso reconoció a su madre humana. Ahí estaba al menos su débil susurro y él no podía hablarle, decirle que volviera, que se portaría bien, que el arenero seria su único baño, que evitaría molestarla cuando ella tomara sus alimentos, no le haría pequeños rasguños con sus garritas, ni entraría al refrigerador cuando ella lo abriera, respetaría su sueño por las noches, dejándole intacto el largo pelo castaño que tanto le atraía. Le quería decir muchas cosas, pero carecía de habla, ella entendía su mirada, aunque en ese momento los ojos de ambos no se encontraran.

La débil voz de ella encendió su corazón que se apagaba como vela a la que se le acaba la mecha, él tenía que vivir porque ella estaba viva. Se levantó, comió, y se encaminó hacia la ventana, ahí esperó su regreso y un día la vio descender de un auto. Era ayudada, casi la cargaban, con su caminar lento llegó hasta la puerta. Los ojos de él brillaron y su cielo felino resplandeció. Él ignoraba que era corto el tiempo terrenal que ella habitaría a su lado.

Lo más relevante en México