Cronomicón

Cuentos SOGEM

Flores de betún rosa, lila y azul

Flores de betún

Aquel día era mi cumpleaños número siete. Caro y yo jugábamos mientras llegaba la hora de mi pequeñísima celebración. Hacían unos 27 grados, no hacía tanto calor en marzo, pero persistía la humedad de la costa.

Vivíamos en la casa que compró mamá con su trabajo en el banco, que luego tuvo que vender en la crisis del 94. Esa casa estaba a espaldas de la casa de Tita, nuestra abuela materna.

Siempre que paso por ahí me gusta buscarla, adivinar cuál es, pues es ya muy distinta a como la recuerdo.

Temprano ese día, después de la escuela, Raúl pasó a sorprenderme con un regalo precioso: un enorme oso de peluche, mismo que yo había estado pidiendo días antes. Me parece que fue el único regalo de cumpleaños que recibí aquel año.

—Te invito a partir mi pastel —le dije. Raúl aceptó la invitación y acordó regresar por la noche.

Ya había puesto mi mamá la mesa. Solo estábamos ella, mi hermana, aquel pastel de cumpleaños y yo. Tomé la espátula para rebanar aquella tarta de vainilla con relleno de compota de fresa y betún blanco, de claras, sabor alimonado; adornado con flores hechas del mismo betún, en colores rosa, lila y azul.

Corté la primera rebanada y la serví. Antes de cortar la siguiente, mi madre dice que olvidó comprar leche, pero que regresaba enseguida, que no tardaba, que no le abriera la puerta a nadie, que iba a dejar la llave pero que no le abriera a nadie, aunque lo conociera, a nadie.

—Si, mami.

Salió de la casa rumbo a la tienda y cerró la puerta tras de sí. Tras ver a mamá marcharse, Caro y yo nos quedamos cerca de la puerta. La casa era pequeña. Tomamos un par de juguetes que quedaron por ahí.

No habíamos ni empezado a jugar cuando tocaron la puerta. –-¿Quién es?

—Raúl — escuché.

—¿Raúl?... ¡ah!, es Raúl –-le dije a Caro, quien me miraba con sus hermosos ojos curiosos de niña de cinco años. Si yo no sabía que estaba pasando, ella menos.

Me estiré para alcanzar la perilla de la puerta.

–-Pásale —le dije a Raúl. Lo tomé de la mano y lo dirigí hasta la mesa.

Quizá si mamá me hubiera dicho “ni siquiera le abras a Raúl” posiblemente la cosa no hubiera pasado así de mal. O sí, no sé.

A partir de ahí todo pasó muy rápido.

—¿Te sirvo un pedazo? —le pregunté, mientras cortaba una rebanada.

Ahora que recuerdo, Raúl estaba tenso y preguntaba por mi mamá. Yo insistí. Puse el plato frente a él, sobre la mesa. Su rebanada tenía una de esas enormes rosas hechas de betún. Creo que preguntó otra vez por mi mamá.

—¿Fue a la tienda?, ¿salió hace mucho?

No sabía en realidad hacía cuánto, pero fue el tiempo suficiente para que el Julio llegara y se encontrara con Raúl en la casa. Mientras mamá no estaba. Con las niñas a solas.

LLegó papá Julio. No tocó la puerta de herrería que daba a la calle, solo la abrió y atravesó el porche. Tocó la puerta principal, para anunciarse solamente, porque estaba abierta de par en par. No dio un paso dentro de la casa.

Mientras sacaba un cigarro de la cajetilla en la bolsa trasera de su pantalón, preguntó por mi mamá. Expliqué lo mismo de antes: sí, mamá fue a la tienda; no, no sé hace cuánto; no, no tiene mucho.

Le insistí en pasar, pero dijo que esperaría afuera. Mientras tanto, mi amigo, novio de mi mamá, seguía sentado en la mesa, pero ya no comía; no tenía la cuchara en las manos. Apoyaba sus antebrazos en la mesa.

Yo no entendía por qué mi papá no quiso pastel, ni por qué de pronto Raúl tampoco quiso seguir con su rebanada. Papá siguió fumando en el porche.

A partir de ahí sospeché que los adultos estaban molestos, aunque sabía que no conmigo; era mi cumpleaños y ese día me porté bien.

Vi cuando mamá entró al porche. Regresaba de la tienda cargando un galoncito de leche La Suprema. Fui hacia ella y recogí el envase.

—Métete a la casa —dijo con firmeza. No parecía enojada. Y pues, me metí a la casa.

Puse la leche en la mesa. El envase tenía un logotipo de vaquita sonriente, muy mono. Leí la etiqueta en voz alta.

— “Leche-la Su-prema, lác-teos de Ma-za-tlán”.

Mamá se estaba tardando afuera con mi papá. Raúl y yo seguíamos sentados en el comedor. Caro jugaba en el sofá. Raúl ahora tenía los ojos bien abiertos, no parpadeaba. Miraba hacia la puerta. Movía uno de sus talones rápido. Cada vez más rápido.

Desde el comedor veía a mamá, entre sombras, porque la luz del porche estaba apagada. Solo llegaba la luz tenue del alumbrado público.

De pronto escuché un aplauso. Raúl brincó de su silla y salió corriendo, pero no avanzó, se resbaló en el vitropiso. Dio dos o tres grandes zancadas en su lugar hasta llegar trastabillando al porche. Luego escuché la voz de mi mamá. Estaba gritando, aunque en Sinaloa se acostumbra a hablar un poco a gritos, entonces sonaba casi normal. Casi.

Me acerqué a la puerta, pero me obstruyeron abruptamente el paso. Cayeron frente a mí dos costales que parecían un montón de ropa tirada en el umbral, en medio de la oscuridad del porche y la luz interior de la casa; entre esos dos extremos.

Cuando finalmente enfoqué, sentí terror por lo que vi ante mis pies. Reconocía los torsos pese a que, de la cintura para abajo estaban sumergidos en las sombras. Reconocí las caras enrojecidas, las sienes palpitantes, las patadas en la oscuridad, las palabras ahogadas entre quijadas apretadas. Los vi trenzados en el suelo.

Me paralicé. Las manos de Raúl estiraban el cabello de por sí ya lacio de mi papá. El Julio tomó a Raúl del cuello; estaba fúrico, parecía no respirar; como cuando se traban los bebés del llanto.

Me pregunté si estaban matando a papá. ¿Por qué Raúl? ¿se podía morir Raúl?

Así lo viví: vi mi mundo derrumbarse ante mis pies. En mi cumpleaños, papá y nuestro próximo-a-ser padrastro se agarraron a golpes. Vimos todo, pero entendimos poco.

Recuerdo ver la batalla, sentir el frío del vitropiso bajo mis piececitos descalzos.

Comencé a ver borroso. Es que se me llenaron los ojos de lágrimas de tanta angustia que ya no podía sostener en un cuerpo tan pequeño. Seguía aterrorizada cuando llegó nuestra vecina, Doña Rosenda, a la casa. Nos hizo entrar a nuestro cuarto a la Caro y a mí, y nos dio instrucciones de quedarnos ahí. Estuvimos un rato solas, chille y chille, hasta que llegó la tía Pita a calmarnos, pero en seguida nos dejó solas ella también. Nuevamente escuchamos un alboroto en la sala y, en esa ocasión, desobedecimos y salimos del cuarto. Tita le gritaba, enojada, a Raúl; él se encogía de hombros y mostraba sus palmas. Caro y yo llorábamos. Nos llevaron de regreso al cuarto. Nos dormimos después de un rato, pues todo el borlote comenzó por ahí de las 7 p. m. Para ese entonces, ya se había hecho de noche.

La cosa no acabó ahí. Luego del conflicto, la familia le dio la espalda a mi mamá. Las tías la criticaron hasta el cansancio y no hubo una que no intentara convencer a mi mamá de que el divorcio era un error. No querían a Raúl. No les importó que él defendiera a mi mamá o que su sobrina hubiera sido golpeada. La juzgaron, porque aquella noche del altercado, mi papá corrió a casa de Tita y acusó a Raúl de un abuso por haberlo encontrado con nosotras, solas, en la casa.

Ese día perdí la única posibilidad de tener una figura paterna amorosa. Tiempo después, vi que a partir de ese día, Raúl se convirtió en otro, distante y frío. Caro y yo pagamos los platos rotos de muchas maneras, como los hijos de otros divorcios.

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