Cronomicón

Más que una moda decorativa, la tendencia recupera la nostalgia por espacios que se sienten vividos, personales y familiares

De la casa de la abuela a TikTok: ¿por qué volvieron las cosas “de abuelita”?

Hubo un momento en el que tener la casa llena de muebles antiguos, flores estampadas, porcelana, tejidos y manteles de plástico podía ser visto como todo menos moderno. La estética dominante durante años apostó por espacios minimalistas, colores neutros, líneas rectas y superficies despejadas: menos objetos, menos colores y, sobre todo, menos señales de que alguien había vivido ahí.

Pero algo cambió.

En TikTok, Instagram y Pinterest comenzaron a aparecer nuevamente las casas que parecen salidas de la sala, cocina o comedor de una abuela: sillones tapizados, vajillas que parecen heredadas, manteles florales, muebles de madera, lámparas antiguas, bordados, porcelanas, cuadros, cortinas estampadas y cocinas llenas de objetos.

Lo que antes parecía viejo ahora puede llamarse vintage. Lo que parecía anticuado ahora es grandmillennial. Y lo que recuerda directamente a la casa de la abuela tiene incluso un nombre más reciente: grandmacore.

Cuando lo viejo dejó de ser viejo

El llamado estilo grandmillennial —una combinación de “grandma” y “millennial”— recupera elementos tradicionalmente asociados con las casas de los abuelos y los mezcla con piezas contemporáneas. Entre sus características aparecen los estampados, las texturas, los muebles heredados, los bordados y los objetos decorativos con historia.

La tendencia no es completamente nueva. Desde hace varios años, diseñadores y medios especializados han hablado del regreso de los interiores tradicionales como una respuesta al dominio del minimalismo y del llamado estilo moderno de mediados de siglo.

Sin embargo, el fenómeno ha adquirido nuevas formas en redes sociales. A finales de 2025, publicaciones sobre grandmacore comenzaron a presentar directamente la casa de la abuela como inspiración para decorar, con énfasis en piezas antiguas, texturas acogedoras y objetos retro.

Y quizá ahí está la clave: no se trata solamente de que regresen determinados objetos, sino de que regresó una manera de entender el hogar.

De la casa perfecta a la casa vivida

Durante años, buena parte de la estética de interiores que dominó las redes sociales estuvo relacionada con la limpieza visual: paredes blancas, muebles sencillos, colores beige, cocinas sin demasiados objetos y espacios cuidadosamente ordenados.

El estilo grandmillennial propone prácticamente lo contrario.

Aquí caben los cojines con estampados, las flores, las vajillas guardadas en vitrinas, las fotografías familiares, las lámparas con pantallas decorativas y los muebles que podrían haber pertenecido a otra generación.

De acuerdo con especialistas citados por medios de diseño, una de las características del estilo es precisamente la incorporación de objetos personales y familiares, incluidos muebles heredados y piezas con valor sentimental.

Es decir, una casa ya no tiene que parecer un catálogo de muebles para ser considerada bonita. Puede parecer una casa.

La nostalgia también se decora

Pero ¿por qué precisamente ahora?

Una explicación posible está en la nostalgia. Para muchas personas jóvenes, los objetos que están regresando no son simplemente piezas decorativas: son elementos asociados con la infancia.

Una vajilla puede recordar las comidas familiares de los domingos. Un mantel puede remitir a la cocina de los abuelos. Un mueble de madera puede recordar una casa en la que se pasó parte de la infancia. Una receta escrita a mano puede tener un valor que ninguna pieza nueva puede reproducir.

Por eso, recuperar estos objetos también puede ser una forma de recuperar una sensación.

La propia lógica del grandmillennial está relacionada con esa búsqueda de espacios cálidos, personalizados y con memoria, frente a interiores que pueden sentirse impersonales.

Y hay algo particularmente interesante en ello: la generación que convirtió la nostalgia de los años 90 y 2000 en una estética ahora está empezando a mirar hacia décadas anteriores.

Ya no solamente se recuperan reproductores de música, cámaras digitales o ropa de segunda mano. También regresan los objetos que pertenecieron a generaciones anteriores.

El mantel de plástico también puede ser bonito

En México, además, la conversación adquiere una dimensión particular.

Hay objetos que durante décadas fueron parte de la vida cotidiana de millones de familias y que difícilmente fueron considerados “diseño”: manteles de plástico con flores, servilletas bordadas, vajillas que se utilizaban solamente en ocasiones especiales, vasos de colores, frascos reutilizados, muebles de madera, macetas, figuritas de porcelana o tejidos hechos a mano.

No necesariamente son objetos antiguos ni piezas de colección, son objetos cotidianos, y justamente ahí puede estar parte de su atractivo actual.

En lugar de comprar una reproducción que imite lo antiguo, algunas personas están recuperando objetos reales que ya existían en sus familias o buscando piezas similares en mercados, bazares, tiendas de segunda mano y casas de antigüedades.

La tendencia también coincide con un mayor interés por piezas vintage que, según especialistas en diseño, pueden aportar carácter, historia y una sensación de permanencia que no siempre tienen los muebles producidos en masa.

La casa de la abuela se volvió contenido

Como ocurre con muchas tendencias contemporáneas, las redes sociales ayudaron a convertir una preferencia estética en una categoría reconocible.

En TikTok y Pinterest, una habitación puede dejar de ser simplemente una habitación llena de muebles viejos y convertirse en grandmacore. Una vajilla puede ser presentada como una colección vintage. Un bordado puede aparecer como parte de una estética nostálgica.

El algoritmo ayuda a ponerle nombre a cosas que antes simplemente formaban parte de la vida cotidiana.

Y una vez que existe un nombre, existe también una comunidad.

Eso permite que personas que jamás habían considerado atractiva la decoración de sus abuelos encuentren inspiración en ella y descubran que aquello que durante años parecía anticuado ahora puede formar parte de una estética deseable.

¿Estamos recuperando la memoria o convirtiéndola en tendencia?

Aquí aparece la parte más interesante del fenómeno.

Porque una cosa es recuperar la vajilla de la abuela porque tiene una historia familiar y otra muy distinta comprar una reproducción de esa vajilla porque aparece constantemente en TikTok.

La tendencia plantea una pregunta sobre la manera en que consumimos nostalgia.

¿Queremos recuperar objetos porque nos conectan con nuestra historia o porque las redes sociales nos enseñaron que esa historia ahora es estética?

Probablemente ambas cosas ocurren al mismo tiempo.

La nostalgia siempre ha tenido una dimensión comercial. Lo nuevo es la velocidad con la que las plataformas pueden convertir un recuerdo colectivo en una tendencia global.

Lo que ayer era “la casa de mi abuela” hoy puede tener un nombre, un hashtag, millones de reproducciones y hasta productos diseñados específicamente para recrearlo.

Volver a una casa que se sienta como casa

Quizá el regreso de estos objetos no tenga tanto que ver con querer vivir en el pasado como con una reacción a espacios cada vez más uniformes.

Después de años de interiores blancos, beige y minimalistas, una casa llena de flores, fotografías, porcelana, madera y textiles puede sentirse casi radical.

No porque sea nueva, sino porque tiene historia.

Y esa podría ser la verdadera razón por la que las cosas “de abuelita” volvieron a gustarnos: no solamente porque sean bonitas, sino porque representan algo que el diseño contemporáneo no siempre puede comprar. La sensación de que alguien vivió ahí, de que una mesa fue utilizada durante años, de que una taza perteneció a alguien, de que un mantel fue bordado por una persona y no fabricado por una máquina, de que una casa puede ser imperfecta, colorida, acumulativa y, aun así, sentirse profundamente propia.

Tal vez por eso la casa de la abuela dejó de ser aquello de lo que queríamos escapar y se convirtió, décadas después, en el lugar al que queremos volver.

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